Antonio Soruco Villanueva
Afirmaba el filósofo Ortega y Gasset, que el más cruel de los trabajos forzados es “hacer tiempo” es decir, no hacer nada, invernar, estar inactivo, en reposo permanente o larvario, especialmente cuando se alcanza la vejez, la ansiada jubilación o lo que modernamente se llama “ tercera edad”, como si ya se hubiera cumplido el mandato de la vida, y solo resta esperar su desenlace final.
El gran desafío del ser humano, cuando deja la rutina oficinesca o un quehacer diario obligatorio, llámense estudios, trabajo, crianza de los hijos, viudez etc, que absorbía toda su atención y llenaba la vida existencial, es darle sentido y utilidad al tiempo libre, tiempo de jubilación, tiempo de la tercera edad o tiempo “sobrante” y llenarlo con “algo”, qué además de la eterna rutina, tenga sentido e importancia, un interés que nos sostenga y motive a seguir activos y motivados, reto o desafío del que dependerá como concluyamos la vida.
La vida nos fue dada, pero no nos es dada hecha, lo que nos obliga a llenarla, a darle sentido, finalidad y utilidad a nuestra existencia. Nacemos libres, pero estamos obligados a decidir en cada instante, en que nos convertiremos y en especial, como soñamos dejar la vida que nos fue dada. Somos en otras palabras, los artífices de nuestro propio futuro, los secretos directores de lo que nos proponemos llegar a ser, el personaje que añoramos convertirnos.
Contradictoriamente, es más fácil vivir trabajando ocupado en las labores oficinescas que concentran la atención en rendimientos profesionales y económicos y que además, nos hacen sentir importantes y necesarios, que vivir sin trabajar, que nos obliga a pensar y reflexionar sobre temas trascendentales, vírgenes de todo análisis y reflexión durante la vida utilitaria que los disimulaba y ocultaba. De pronto, nos sentimos desnudos de aquellos elementos que nos tenían hipnotizados, cuando mecánicamente respondíamos a las labores domésticas y utilitarias, cuya continuidad y monotonía absorbía nuestra atención y apenas nos dejaba tiempo “sobrante”, para reflexionar o analizar temas trascendentales que no tuvieran que ver con la espiral materialista.
El activismo inextinguible que demanda la sociedad de consumo, el desenfreno materialista que ha restringido la vida humana a ser un ente exclusivamente productivo, en desmedro de otras actividades filantrópicas o altruistas, considera el tiempo libre, como tiempo muerto, vacío e improductivo, olvidando qué al ocio fecundo, le debemos lo más preciado de la cultura helénica y occidental.
Hoy el ser humano se ha convertido, en uno de los tantos engranajes que mueve la productividad, la eficiencia y los excedentes económicos. Su vida y objetivos, son estrictamente y exclusivamente materiales, no tiene tiempo para dedicarse a otros menesteres que no sean los utilitarios. Como decía Unamuno ” huele a materia”. Ha regresado, en otra dimensión, al nivel primitivo de la existencia humana, en la que la escasez y sobrevivencia le exigían todas sus energías, y no tenía ni tiempo, ni motivación, para dedicarse al conocimiento humanístico. La espiral materialista, lo ha devorado, sus conocimientos se limitan al área específica que lo ayude a producir más, así ello implique, sacrificar: familia, hijos padres, patria, moral, naturaleza, honor y salud, acicateado incansablemente por la fama y fortuna, vale lo que gana o lo que tiene, como cualquier producto mercantilista.
Hoy es el futuro que tanto ansiamos alcanzar, por el cual luchamos, herimos y perdonamos y ya es tarde, para mostrar al mundo de lo que dimos o de lo que somos capaces. Envejecimos de pronto, sin darnos cuenta que tanto se vive como se desvive y que empezamos a morir apenas nacemos. Ahora nos toca revivir lo mejor de nuestra vida, puesto que siempre existirán suficientes razones para ser feliz o infeliz, agradecido o resentido, leal o desleal, y por tanto, depende de cada quien, enaltecer lo que le favoreció, o enfocar su mirada y atención, hacia lo negativo o hacia los fracasos y desilusiones. Vivimos aciertos y errores, merecimientos e injusticias, amores y desamores, donde pongamos el acento o resaltemos lo que nos hizo feliz o infeliz, dependerá el color de nuestra vejez, al final, el fiel de nuestro estado emocional, dependerá de óptica con que miremos nuestros triunfos o fracasos. Somos en otras palabras, lo que pensamos, lo que soñamos, donde va nuestra mirada va nuestro espíritu.
Valoremos “el tiempo sobrante” que aún podemos disfrutar con motivación y alegría, no dejemos que el tedio, el miedo y el negativismo nos alcance y nos mate antes de la verdadera muerte. Que esta nos sorprenda “vivos todavía”, con sueños y proyectos en curso, con apetito por hacer “más cosas”, así ello implique arriesgar la vida, versus alargarla, minimizándola a un extremo larvario preocupados por sobrevivir, una vejez incolora que nos conduzca a una muerte anticipada. Que los años o días que nos falta vivir, no sean una fotocopia del día anterior y que aun, débiles y achacosos, conservemos la alegría de rememorar el pasado sin dejar por ello de seguir soñando, como decía Esopo “es mejor morir que vivir siempre temiendo por la vida”.