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El Estrecho de Ormuz: Una trampa estratégica casi perfecta

Domingo, 22 de marzo de 2026 a las 04:00

Antes de analizar la frialdad estratégica con que el régimen iraní maneja sus fichas geopolíticas, es imprescindible nombrar lo que suele quedar sepultado bajo los mapas y los análisis de inteligencia: el gobierno que amenaza hoy al mundo con paralizar el comercio global es el mismo que, desde 2019 hasta la fecha, ha asesinado a miles de sus propios ciudadanos por salir a las calles a pedir libertad. Solo en las protestas de noviembre de 2019, organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional documentaron más de 300 muertos en apenas una semana, aunque cifras extraoficiales elevan ese número a más de 1.500. Con el levantamiento de "Mujer, Vida, Libertad" en 2022, desatado por el asesinato de Mahsa Amini a manos de la policía moral, el régimen volvió a disparar contra su propio pueblo: más de 500 muertos confirmados, más de 18.000 detenidos, decenas de ejecutados en procesos judiciales que la ONU calificó de farsas. La teocracia iraní no es un actor geopolítico excéntrico o difícil; es un régimen criminal que ha hecho de la represión interna su primer instrumento de supervivencia. Tener esto presente no es moralizar: es no perder de vista quién está detrás de la estrategia que vamos a analizar.

Dicho esto, el mundo consume cada día alrededor de 100 millones de barriles de petróleo. De ese total, unos 20 millones —el equivalente a lo que consumen juntos todos los países de Europa occidental— atraviesan un canal de apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más estrecho. Se llama el Estrecho de Ormuz, y en este momento es el lugar más peligroso del planeta. No porque haya explotado una bomba nuclear, ni porque dos grandes potencias hayan chocado en batalla abierta, sino porque Irán ha entendido algo que sus adversarios tardaron décadas en reconocer: no hace falta ganar una guerra para ganarla.

La estrategia iraní es, en el fondo, brutalmente racional. Teherán sabe con precisión matemática que no puede derrotar militarmente a Estados Unidos ni a Israel en una confrontación convencional. Su presupuesto de defensa ronda los 10.000 millones de dólares anuales, frente a los más de 850.000 millones del Pentágono. La disparidad es tan abismal que intentar igualarla sería un suicidio. Entonces Irán hizo lo que hacen los actores débiles inteligentes: cambió las reglas del juego. En lugar de construir portaaviones, construyó miles de lanchas rápidas. En lugar de cazas supersónicos, acumuló entre 5.000 y 6.000 minas marinas. En lugar de buscar la victoria, apostó por hacer que la guerra le resulte demasiado costosa al adversario.

Lo más revelador de la posición iraní no es lo que ataca, sino lo que decide no atacar. Los Estados del Golfo Pérsico —Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Catar— son economías que dependen de manera existencial de sus plantas desalinizadoras. Esas instalaciones, concentradas en la franja costera, convierten el agua del mar en el recurso más básico de la vida humana para decenas de millones de personas. Son caras, visibles, difíciles de reemplazar y prácticamente indefendibles en caso de un ataque coordinado. Irán, en cambio, se abastece de acuíferos y ríos interiores que ningún misil de crucero puede destruir fácilmente. Esta asimetría de vulnerabilidades no es una curiosidad geográfica: es el corazón de toda la ecuación estratégica regional.

Y sin embargo, Irán no golpea esas plantas desalinizadoras con toda su potencia. Los ataques son calibrados, medidos, suficientemente dolorosos para enviar el mensaje pero no tan devastadores como para cruzar la línea que desataría una respuesta capaz de destruir Kharg, la isla desde la que Irán exporta aproximadamente el 90% de sus hidrocarburos. Si Kharg cae, el régimen iraní pierde su principal fuente de divisas y, con ella, buena parte de su capacidad de supervivencia. Teherán juega al borde del abismo, pero con cuidado de no caer.

El mensaje que Irán envía a los vecinos del Golfo es tan antiguo como la política de poder: ustedes no pueden ser protegidos plenamente. Cada ataque calibrado es un susurro al oído de Riad, Abu Dabi y Doha que dice: presionen a Washington para que frene esto, porque nosotros podemos seguir indefinidamente y ustedes no. El objetivo no es destruir a Arabia Saudí ni a los Emiratos; es tensar hasta el límite su alineación con Estados Unidos, crear fisuras en una alianza que Washington necesita para proyectar poder en la región.

Pero la jugada más sofisticada —y la más aterradora para la economía global— es el bloqueo psicológico del Estrecho de Ormuz. Irán no necesita cerrarlo físicamente. Basta con que dos o tres cargueros sean atacados para que las grandes aseguradoras retiren la cobertura y las navieras decidan que el riesgo no vale la pena. Maersk y MSC, dos de las mayores compañías de transporte marítimo del mundo, ya han suspendido sus tránsitos. El resultado es un bloqueo efectivo sin bloqueo formal, una parálisis sin que Irán haya disparado un solo torpedo contra una flota militar. El 84% del petróleo que pasa por Ormuz va a Asia. China, India, Japón y Corea del Sur reciben el 69% del total. Dicho de otro modo: cerrar Ormuz no apaga las luces en Houston o Chicago; las apaga en Shanghái, Tokio y Seúl. Es un arma diseñada para golpear a los aliados económicos del mundo libre sin apuntar directamente a Washington.

Esto coloca a Estados Unidos en una trampa estratégica casi perfecta. Si decide forzar militarmente el paso, se enfrenta a la "flota mosquito" iraní —miles de embarcaciones ligeras operando en enjambre en aguas poco profundas donde los portaaviones son más vulnerables que en alta mar— más submarinos de diseño optimizado para aguas someras, más un inventario de minas que los expertos calculan que llevaría varios meses retirar. Perder barcos y soldados en ese escenario tendría un coste político devastador en la opinión pública estadounidense. Si no actúa, el mundo se queda sin una quinta parte de su suministro diario de petróleo, los precios se disparan y la economía global entra en una crisis que ningún gobierno democrático puede sostener políticamente por mucho tiempo.

Ahí está la apuesta final de Teherán: que Occidente, con sus ciclos electorales cortos, su opinión pública sensible al precio de la gasolina y su memoria histórica de guerras largas y costosas, se canse antes que la República Islámica. Irán lleva más de cuatro décadas sobreviviendo bajo sanciones, aislamiento y presión constante. Ha convertido la resistencia en ideología de Estado. Conviene no olvidar, sin embargo, que esa resistencia tiene un precio que no pagan los ayatolás sino las mujeres iraníes que se quitan el velo en la calle, los estudiantes que gritan en las universidades y los ciudadanos que salen a protestar sabiendo que pueden no volver a casa. La pregunta que nadie en Washington, Bruselas o Tokio quiere responder en voz alta es si tienen la voluntad política de aguantar un pulso cuyo final nadie puede predecir, en un estrecho de 33 kilómetros donde el débil, por una vez, tiene todas las ventajas. Pero la pregunta que el mundo debería hacerse antes que esa es más simple y más urgente: hasta cuándo vamos a seguir negociando con un régimen que mata a sus propios hijos.

(*) El autor es Ph.D en Economía

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