El proyecto de Ley de Transparencia y Alivio Tributario impulsado por el Gobierno de Bolivia parte de un diagnóstico correcto: el sistema tributario es complejo, poco transparente y excluyente para miles de pequeños contribuyentes. La propuesta busca simplificar el cumplimiento mediante un régimen unificado con tasa reducida para micro y pequeños negocios, transparentar el IVA mostrando su alícuota real del 13%, reducir los plazos de fiscalización de ocho a cuatro años y condonar deudas antiguas. En teoría, se trata de reconstruir confianza, ampliar la base tributaria y ordenar la relación entre Estado y sector productivo..
Sin embargo, el desafío es mucho más profundo. Entre el 74% y el 80% de la fuerza laboral boliviana opera en la informalidad: de los 5,5 millones de personas económicamente activas, entre 4 y 4,5 millones trabajan fuera del sistema formal. El contrabando equivale además a cerca del 3,5% del PIB, erosionando la recaudación y distorsionando la competencia. En ese contexto, una reforma tributaria aislada difícilmente transformará la estructura económica.
Las críticas técnicas apuntan con precisión a esa limitación. La condonación masiva de deudas puede generar incentivos perversos si no se acompaña de reglas estrictas hacia adelante, con un costo fiscal estimado en miles de millones de bolivianos. Simplificar impuestos tampoco garantiza formalización si persisten costos laborales elevados, inseguridad jurídica y débil acceso al crédito. Y mientras la recaudación repose principalmente en impuestos indirectos regresivos —IVA, ICE, aranceles—, la carga seguirá concentrándose en el reducido grupo de contribuyentes formales, reforzando el círculo vicioso de evasión.
La informalidad boliviana no es solo tributaria, sino laboral e institucional. La Ley General del Trabajo, concebida en 1939, prioriza la estabilidad rígida del puesto antes que la empleabilidad. El resultado es paradójico: para evitar costos de despido inciertos y reincorporaciones obligatorias, muchas empresas prefieren no contratar formalmente. Así, la protección extrema para algunos termina excluyendo a millones. En países como Dinamarca, la seguridad laboral reside en la transición —con seguro de desempleo y capacitación activa—, no en la inmovilidad forzada. Bolivia podría adaptar esa lógica a su contexto.
La experiencia regional ofrece referencias valiosas. En Brasil, el régimen del Micro-empreendedor Individual (MEI) y el Simples Nacional permiten tributar de forma simplificada conectando la facturación electrónica con la seguridad social básica, formalizando a millones sin asfixiarlos. Chile redujo los costos de entrada a la formalidad mediante registro ágil y facturación electrónica integral. México, con su Comprobante Fiscal Digital (CFDI), convirtió la emisión de facturas en la norma universal de las transacciones. En estos países, la factura es el eje de una arquitectura digital que alimenta la inteligencia tributaria y facilita el crédito formal.
Bolivia puede aprender de estas experiencias adoptando medidas complementarias: digitalizar los trámites fiscales, eliminar barreras de registro para microempresas, ofrecer exoneraciones temporales a quienes se formalicen y crear incentivos como acceso a crédito productivo y compras públicas reservadas para PYMEs en regla. Una reforma laboral con flexibilización responsable —contratos temporales, indemnizaciones claras y seguros de desempleo tripartitos— reduciría la aversión empresarial a formalizar empleo. Vincular la formalidad con beneficios concretos —salud, pensiones y mercados exportadores— hará que incorporarse al sistema sea una decisión con retornos tangibles.
La universalización de la factura y un mercado regulado de compraventa de facturas pueden ser herramientas poderosas, pero solo si se acompañan de control tecnológico robusto y sanciones efectivas contra el fraude; sin esos elementos, se corre el riesgo de crear mecanismos que beneficien a quienes operan al margen sin estimular verdadera formalización.
Bolivia necesita una estrategia integral que vaya más allá del alivio temporal y aborde las causas estructurales de la informalidad: cultura tributaria, rigideces laborales, acceso a financiamiento, digitalización y educación empresarial. Solo así podrá transformar a millones de trabajadores informales en contribuyentes formales, ampliando la base de ingresos fiscales y promoviendo un desarrollo económico más equitativo y sostenible. Al adoptar experiencias regionales exitosas, adaptar tecnologías fiscales modernas y diseñar incentivos que realmente conecten con las necesidades de los pequeños agentes económicos, Bolivia puede dar pasos decisivos para cerrar la brecha entre la economía informal y la formalidad.