La Ley del Régimen Electoral en su Art. 11, inciso a), estipula que las listas para todas las autoridades electivas (titulares y suplentes) deben respetar la paridad y alternancia de género, de tal manera que una candidata titular mujer estará seguida por un candidato titular varón. Entonces paridad significa igual número de ambos géneros y con alternancia (orden secuencial).
Observamos el uso del término “género” (masculino y femenino) en vez de varón y mujer (aspecto sexual). Una persona transgénero, muy respetable, por cierto, ¿se ajustará bien al Art. 11?
Intentaremos estructurar un paralelo entre los dos conceptos del título de este artículo. Veamos: la equidad descansa en la justicia buscando un trato imparcial. Por la equidad se otorga a cada uno lo que le corresponde según sus necesidades, circunstancias o méritos, garantizando que todos tengan acceso a derechos y oportunidades que le brinda la sociedad, sin discriminar con prejuicios o estereotipos para favorecer a unos en desmedro de otros.
La paridad de género se refiere únicamente a factores numéricos. No es otra cosa que la absoluta equivalencia cuantitativa entre el conjunto varón y el conjunto mujer que, traducidos estos conceptos al tema que tratamos, serían masculinos y femeninos.
Con estos antecedentes tenemos que preguntar cuál es más favorable a la calidad del servicio social, sean estos senadores, diputados y autoridades en general. Una vez precisados los términos paridad y equidad, debemos, ahora, aclarar qué se entiende por género y qué por calidad.
Género son las características socialmente construidas desde edades tempranas para que los seres humanos adopten los ideales concretos de lo femenino o de lo masculino, incluyendo elementos psicológicos, sociales y culturales.
La calidad es un valor, es una categoría del ser humano exhibida permanentemente a los demás. No es sólo excelencia del intelecto, sino es la manifestación de su curiosidad, de su creatividad. El sujeto se mostrará reflexivo, crítico, fiel servidor a la ley y a su patria. Una autoridad debe ser equilibrada emocionalmente para aportar a un verdadero cambio.
No será de buena calidad un celular que no funcione bien, si sus materiales no son resistentes y sus actualizaciones son lentas y malas. Un mediocre, elegido como autoridad, destilará odio generado en su ambiente de reptiles. Amenazará eufórico con expresiones infantiles, mostrando a los demás su predominante actividad límbica en un radiante fanatismo político y luciendo su inmadurez. Estos tipejos pertenecen al grupo que busca éxitos con las masas en vez de valores.
Lo ideal sería elegir a los ciudadanos más capacitados para que escudriñen el bien común y no intereses personales o de su partido político. ¿Esto es expectativa o utopía boliviana?