Soy Ph.D. en economía, con más de cuarenta años de experiencia profesional en organismos internacionales e instituciones nacionales, y a lo largo de mi carrera me ha tocado construir, interpretar y aplicar numerosos modelos econométricos en varios países de la región. La estadística no es un adorno en este campo: es el corazón que permite distinguir entre simple opinión y evidencia fundada. Esa formación me da autoridad para abordar el tema de las encuestas electorales, particularmente los resultados difundidos recientemente por Unitel a partir del estudio de Ipsos-Ciesmori sobre la segunda vuelta presidencial en Bolivia. Lo hago con un solo objetivo: poner claridad en un debate que a menudo se distorsiona por falta de comprensión técnica y que, en esa confusión, puede desinformar a la ciudadanía.
La encuesta nacional —con 2.500 entrevistas presenciales, cobertura en los nueve departamentos, márgenes de error nacionales de alrededor de ±2,2% y nivel de confianza del 95%— arroja una fotografía nítida del escenario actual. Según sus datos, Jorge “Tuto” Quiroga se ubica con una intención de voto cercana al 47%, mientras Rodrigo Paz alcanza aproximadamente el 39%.
El resto se distribuye en un 13 a 14% de votos blancos, nulos o indecisos. Estos números, aunque sujetos al margen de error, señalan con claridad que la competencia se inclina hacia Quiroga, pero no está resuelta: ese bloque de indecisos será determinante en el desenlace final.
Los cortes por segmentos sociales refuerzan la coherencia del estudio. Entre universitarios y personas con educación superior, Quiroga llega al 65% contra 24% de Paz. En cambio, entre quienes solo tienen primaria o menos, Paz lidera con 54% contra 31%. En ingresos medios-altos, Quiroga se afirma con 55% frente a 36%, mientras en los sectores de menores ingresos Paz se impone con 47% contra 37%.
También se observa un patrón etario: los jóvenes de 18 a 28 años favorecen a Quiroga con un 50% frente al 36% de Paz, pero en el segmento de 45 a 60 años es Paz quien toma ventaja con 44% frente a 42%. Estas variaciones no son inconsistencias, son precisamente lo que se espera de una encuesta bien hecha: reflejar cómo distintas realidades sociales se expresan en la preferencia política.
¿Por qué entonces tantos analistas y comentaristas políticos se apresuran a descalificar los sondeos? En gran parte por desconocimiento de conceptos básicos de la estadística. Confunden margen de error con error absoluto, suponen que una encuesta equivale a una predicción fija e ignoran que los resultados describen tendencias en un momento determinado. Otros desatienden que, en submuestras más pequeñas, la variabilidad aumenta, lo que exige prudencia al interpretar datos demasiado finos. Al no manejar estas nociones elementales, terminan transmitiendo a la ciudadanía la idea de que las encuestas “siempre se equivocan”, cuando en realidad lo que ocurre es que ellos no saben leerlas.
El peligro de esta mala interpretación es real y profundo. La ciudadanía depende de los medios de comunicación para entender el pulso electoral. Si los comentaristas desinforman, generan desconfianza hacia instrumentos científicos que, con sus limitaciones, cumplen una función indispensable en democracia: dar a conocer de manera objetiva cómo piensa y se comporta el electorado en un momento dado.
El descrédito injustificado de las encuestas erosiona la confianza pública en el debate político, refuerza rumores y percepciones infundadas, y debilita la capacidad de los ciudadanos de tomar decisiones informadas.
Lo correcto no es descartar las encuestas, sino aprender a leerlas. Unitel, Red Uno y El Deber han puesto a disposición no solo los resultados, sino también las fichas técnicas, que permiten evaluar la seriedad del trabajo. Eso es lo que debe exigirse: transparencia metodológica y responsabilidad en la interpretación.
El periodismo y la opinión pública necesitan incorporar con urgencia una alfabetización estadística mínima para no confundir a la gente ni erosionar la credibilidad de instrumentos de medición que son indispensables en cualquier sistema democrático moderno.
La conclusión es clara: la última encuesta de Ipsos-Ciesmori difundida por Unitel es válida, seria y coherente. Quienes tenemos formación técnica debemos insistir en que no se trata de adivinación, sino de una fotografía científica con márgenes de incertidumbre conocidos. La crítica superficial no enriquece el debate, lo empobrece.
Es hora de que la discusión política en Bolivia se eleve al nivel que la ciudadanía merece: basado en datos, con conciencia de sus alcances y límites, y con la responsabilidad de no confundir, sino de informar.
* Carlos A. Ibáñez Meier, Ph.D en economía