La Selección boliviana está escribiendo un capítulo distinto en una historia que, seamos honestos, ha estado marcada por más frustraciones que alegrías. No es exagerado decir que el triunfo ante Brasil —que abrió la puerta del repechaje— y la victoria frente a Surinam —que nos deja a un paso del Mundial— han provocado algo más profundo que entusiasmo deportivo: han despertado una emoción colectiva que parecía dormida.
Porque cuando juega la Verde, Bolivia deja de ser una suma de tensiones y se convierte, aunque sea por noventa minutos, en un solo pulso. Se borran —al menos momentáneamente— las diferencias políticas, regionales, sociales. Se apagan los debates crispados y emerge algo más elemental: la sensación de pertenecer a un mismo lugar.
Bien lo ha dicho en más de una ocasión Paula Peña: la bolivianidad despierta cuando juega la Selección. Y luego, casi inevitablemente, vuelve a dormirse en medio de nuestras disputas cotidianas. La frase, tan repetida como certera, encierra una verdad incómoda: somos capaces de unirnos, pero no sabemos sostener esa unidad.
Ahí es donde este momento deportivo trasciende el resultado. Lo que está logrando este grupo de jóvenes no es solo acercarse a una clasificación histórica. Está mostrando, sin discursos grandilocuentes ni consignas, que la cohesión es posible cuando existe un objetivo común. Que el esfuerzo colectivo puede imponerse a la desconfianza. Que el talento, acompañado de disciplina y convicción, puede desafiar incluso las probabilidades más adversas.
No hay que idealizar el fútbol ni sobredimensionar sus alcances. La Selección no resolverá los problemas estructurales del país ni sustituirá la necesidad de acuerdos políticos, institucionales y sociales. Pero sí puede ofrecer algo igual de valioso: un espejo. Una imagen de lo que Bolivia puede ser cuando decide dejar de lado la fragmentación y apostar por un proyecto compartido.
En la cancha, estos jugadores no preguntan de qué región viene su compañero ni a qué corriente política pertenece. Corren, se sacrifican y celebran por un mismo escudo. Y ese gesto, simple en apariencia, encierra una lección poderosa para un país que muchas veces se reconoce más en sus diferencias que en sus coincidencias.
Tal vez por eso la emoción que se respira hoy no es solo euforia. Es también una forma de anhelo. El deseo de que esa unidad no sea efímera. De que la bandera no solo nos convoque en los estadios o frente a una pantalla, sino también en la vida cotidiana, en las decisiones colectivas, en la manera en que nos pensamos como sociedad.
Las lecciones están dadas, una vez más. Y vienen, como tantas veces ocurre, desde un lugar inesperado: un grupo de muchachos jóvenes que, con más convicción que recursos, están enseñando un camino. El de creer, el de insistir, el de no resignarse a la historia escrita.
Independientemente de lo que ocurra en la madrugada del miércoles frente a Irak, hay algo que ya está ganado. La certeza de que cuando Bolivia quiere, puede. Que la unidad no es una utopía inalcanzable, sino una posibilidad concreta que aparece —y reaparece— cada vez que decidimos empujar en la misma dirección.
Fuerza a la Selección. Y gracias por recordarnos, en medio de tantas diferencias, que todavía sabemos ser país.