Cada año, cuando se acercan las fiestas de fin de año y luego el período pre-carnavalero, me hago la misma pregunta: ¿por qué seguimos sorprendidos por lo que ya sabemos que va a ocurrir?
Sabemos que en Bolivia el consumo excesivo de alcohol aumenta de manera marcada en esta época. Y sabemos también qué viene después: más accidentes, más violencia intrafamiliar, más muertes evitables, más embarazos no deseados, más agresiones sexuales. No es una opinión. Es una realidad que se repite año tras año.
A veces intentamos explicarlo como parte de la cultura, de la fiesta, de la tradición. Pero conviene decirlo con claridad: cuando el alcohol genera daños en la comunidad, deja de ser un asunto cultural y pasa a ser un problema de salud pública. Y como tal, requiere algo más que resignación o mensajes tibios.
El Carnaval no es el problema en sí. El problema es la normalización del exceso. La idea, casi automática, de que para celebrar hay que beber mucho. De que perder el control es parte de la fiesta. De que “no pasa nada”… hasta que pasa. Y pasa demasiado seguido.
Lo que no decimos con suficiente fuerza es que la prevención sí funciona. La evidencia científica es clara: reducir o suspender el consumo de alcohol, incluso por períodos cortos, mejora la salud física y mental, fortalece el autocontrol y reduce las conductas de riesgo. No hace falta ser perfecto. No hace falta “cumplir” un desafío. Intentarlo ya produce beneficios, y esos beneficios persisten más allá del tiempo de reducción.
Dicho de otro modo: parar un poco o bajar el ritmo sí cambia la relación con el alcohol. Y eso importa. Por eso creo que el Carnaval es una oportunidad para abrir una conversación adulta y honesta, liderada desde la salud pública. Una conversación que diga, sin rodeos, que menos alcohol es más salud, más seguridad y más vida.
Si esta conversación quiere ser algo más que un “saludo a la bandera”, necesita visibilidad, continuidad y coherencia. Mensajes simples, repetidos y efectivos. No grandes discursos, sino ideas claras que circulen por radio, televisión, redes sociales y espacios públicos. Mensajes que inviten a reducir, a pausar, a pensar, a volver a casa en buenas condiciones.
Mensajes que cuestionen la idea de que el exceso es inevitable o “normal”. Que recuerden que cuidarse no es ir contra la fiesta, sino cuidar la propia vida y la de los demás.
Aquí, el rol del Ministerio de Salud y Deportes y de los gobiernos municipales es clave, mediante una comunicación basada en evidencia, sostenida más allá del Carnaval y articulada con educación, seguridad vial, prevención de la violencia y salud mental. No se trata de inventar nada nuevo, sino de asumir con claridad que el consumo nocivo de alcohol es un problema que merece una respuesta pública consistente.
Celebrar no debería ponerse ni poner a otros en riesgo. Es el momento de dejar de mirar el problema solo cuando estalla en las noticias y empezar a tratar el alcohol como lo que es: un desafío de salud pública que podemos enfrentar mejor.