Hoy, Luis Fernando Camacho retoma el mando de la Gobernación cruceña. El retorno, precedido por jornadas de tensión política y de épicas imágenes de respaldo ciudadano, no puede quedar en la anécdota de la resistencia ni en la narrativa del mártir. Gobernar exige gestión, no solo símbolo. Camacho debe rodearse de gente idónea, porque antes de su detención ya pesaban cuestionamientos sobre su administración: denuncias de improvisación, dudas sobre contratos y proyectos. El tiempo no está para ajustes políticos, sino para resultados claros.
Uno de los temas urgentes es la remodelación del estadio Tahuichi Aguilera. La cuenta regresiva para cumplir con estándares internacionales avanza y perder la sede de la Copa Sudamericana sería un golpe a la imagen de Santa Cruz. No basta alegar que durante su ausencia no hubo mando directo; el liderazgo implica asumir responsabilidades y garantizar que la obra avance. La ciudadanía espera compromisos firmes y soluciones técnicas, no excusas.
En paralelo, la segunda vuelta electoral marca la agenda nacional. El calendario corre, las campañas se intensifican y los votantes exigen definiciones. La democracia no tolera discursos tibios en tiempos de crisis económica y polarización política. Camacho, como autoridad y figura política, debe mostrar coherencia entre lo que representa y lo que ejecuta. No hay espacio para medias tintas: la coyuntura reclama valentía, gestión eficaz y claridad de rumbo.