Este 4 de abril esconde una peculiar coincidencia que nos deja una importante enseñanza. En el mundo de la informática, el código 404 revela un error en la programación. Normalmente, este tipo de error aparece cuando no logramos conectar con una página o contenido en internet, lo que técnicamente se conoce como un enlace roto. La fecha, más allá de lo anecdótico, permite reflexionar sobre el error y el aprendizaje que surge al superarlo. Con frecuencia sostenemos la creencia de que el error debe esconderse u ocultarse para minimizar su efecto. Sin embargo, desde la academia —y también desde la informática— reconocer el error es el inicio de un proceso de rectificación o corrección, es decir, de aprendizaje.
En política, el error se paga caro. O al menos así lo marca la tradición. En un contexto tan polarizado como el que atravesamos, la equivocación de un político es aprovechada por sus rivales —ya sean políticos, mediáticos o sociales— para hacer escarnio público. Basta con “tener noción” de un desliz, sin dimensionar su gravedad, para que se desate una cascada de pedidos de renuncia, apelando a una supuesta “pureza inmaculada” que debería regir la política. Sin embargo, cuando la situación se invierte y el error proviene del lado acusador, la percepción cambia y se intenta minimizarlo para acallarlo. Viene a la memoria el caso del actual presidente de España, Pedro Sánchez, quien, al ser confrontado por uno de estos giros discursivos, apeló a una explicación tan simple como elocuente: “el presidente cambió de opinión (con el tiempo)”.
Quizá por eso, por la importancia de reconocer el error y saber mirar más allá de él, este 4 de abril, 404, es un buen momento para reconectar los “enlaces rotos”.