Semana Santa llega con su llamado al recogimiento, pero en los mercados cruceños la realidad es menos espiritual y más terrenal: pescado caro, demanda alta y bolsillos apretados. La tradición se mantiene, pero cada año cuesta más sostenerla. La fe no sube de precio, pero el tambaquí y el pacú sí.
La Alcaldía hace lo suyo: publica listas, anuncia controles, despliega funcionarios. Todo correcto en el papel. Pero en la práctica, los precios “oficiales” conviven con la lógica real del mercado, esa que no entiende de resoluciones ni de comunicados. El resultado es el de siempre: el ciudadano camina entre carteles y dudas, preguntándose cuál precio es el verdadero. Porque aquí hay una verdad incómoda: controlar no es lo mismo que incidir. Se vigila, pero no necesariamente se corrige. Y mientras tanto, la tradición se adapta —o se reduce— según el ingreso de cada familia. Lo que antes era costumbre compartida empieza a convertirse en decisión calculada.
La paradoja es evidente. En días que invitan a la austeridad espiritual, el consumo se vuelve más exigente. No por gusto, sino por presión cultural. Nadie quiere quedarse fuera de la tradición, pero no todos pueden pagar el precio de pertenecer a ella.
Y así, entre fe y mercado, la ciudad negocia consigo misma. Cumple, pero ajusta. Participa, pero calcula. Porque cuando una tradición necesita control estatal para no desbordarse y aun así sigue encareciéndose, el problema ya no es el pescado. Es que incluso lo más esencial empieza a depender de cuánto hay en el bolsillo.
(*) El autor es editor