La serie ‘Emergencia Radiactiva’ que se estrenó en Netflix me llevó a 1987, año en que empezaba mis estudios universitarios en Goiania (Brasil), donde viví una experiencia casi de horror. En septiembre de esa gestión ocurrió un accidente radiológico de gran magnitud, cuando dos hombres encontraron un equipo de plomo en un centro de radioterapia abandonado en la ciudad. Pensaron que ganarían buen dinero con la venta del equipo, pero lo que no sabían era que la cápsula contenía Cesio- 137 en polvo, un peligroso isótopo radiactivo.
El equipo fue vendido y abierto en un taller, y días después todos los que habían tenido contacto con el polvo azul radiactivo empezaron a padecer de náuseas, vómitos, diarrea y quemaduras en la piel. Una de las víctimas puso en un saco el material, tomó un autobús y lo llevó hasta un centro de vigilancia estatal porque sospechaba que aquel polvo brillante estaba enfermándolos.
Así fue como el mundo conoció uno de los más graves accidentes radiactivos. En Goiania todo era confusión y la desinformación aumentó el caos. Las autoridades decían que todo estaba bajo control y llamaban a la calma, pero las noticias que salían al exterior eran distintas. Se especulaba que el agua e incluso el dinero estaban contaminados. Cerraron barrios enteros y derribaron casas contaminadas. También hubo discriminación. Para salir de la ciudad, la gente debía someterse a una medición de radiación y obtener el certificado de ‘no contaminado’.
Al final, cuatro personas que tuvieron contacto, directo con el Cesio 137 murieron, y otra decena pereció por males atribuidos a la fuga radiactiva. A casi 40 años de ese incidente solo puedo decir: ¡Nunca más un accidente radiactivo!
(*) La autora es periodista