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465 años de Santa Cruz de la Sierra

Jueves, 26 de febrero de 2026 a las 04:00

El 26 de febrero de 1561, en nombre de Dios y del rey, el capitán extremeño Ñuflo de Chaves fundó Santa Cruz de la Sierra, a pocos kilómetros de lo que hoy es San José de Chiquitos. No fue un acto aislado ni una simple formalidad colonial. Fue el resultado de un proceso iniciado décadas antes, cuando la Corona española buscaba consolidar rutas hacia Potosí, asegurar territorios y afirmar su presencia en el corazón de Sudamérica frente al avance portugués. Santa Cruz nació como enclave estratégico, como frontera viva y como avanzada política en una geografía entonces incierta.

Distante del poder limeño y separada de Asunción, la nueva ciudad adquirió desde temprano una singularidad institucional. Con cabildo propio y prerrogativas para elegir autoridades, se configuró como una unidad político-administrativa con rasgos de autonomía temprana. Ñuflo de Chaves no solo fundó una ciudad con el nombre de su terruño extremeño; proyectó una provincia con identidad propia. En ese acto germinó la cruceñidad: una cultura mestiza que entrelazó lo indígena y lo europeo, con los pies en la tierra ancestral y la mirada abierta al horizonte continental.

La historia posterior estuvo marcada por la perseverancia. Entre 1596 y 1604 la ciudad se trasladó hacia Cotoca, y en 1622 se asentó definitivamente en San Lorenzo Real de la Frontera, junto al arroyo El Pari, fusionándose con ese pueblo sin perder su nombre. Aquellos desplazamientos no fueron señales de fragilidad, sino decisiones de supervivencia en un entorno hostil. Los primeros cruceños, enfrentados al acoso indígena y a la presión externa, sembraron sin saberlo la base territorial de lo que más tarde sería una de las regiones más extensas y decisivas al momento de la fundación de la República.

Desde su origen, Santa Cruz expresó un deseo irrefrenable de libertad. Los cabildos acompañaron cada hito trascendental. Un cabildo dio paso a la fundación; otro eligió autoridades tras la muerte de Chaves; en 1810, reunidos en la plaza de La Concordia, los cruceños decidieron rebelarse contra la Corona española, iniciando la gesta emancipadora que culminaría el 14 de febrero de 1825 con la proclamación de su independencia. Esa tradición deliberativa se mantuvo en el tiempo: cabildos por las regalías, por la integración ferroviaria, por la autonomía y, en años recientes, por un censo oportuno y transparente.

Santa Cruz no solo es hoy el motor económico de Bolivia, aunque ello no es menor. Su aporte territorial fue decisivo al nacer la República, cuando la antigua Gobernación abarcaba más del 60% del territorio nacional. En el siglo XX, desde la literatura, la política, la música y el deporte, la región enriqueció la identidad boliviana. La hospitalidad, el espíritu emprendedor y la vocación integradora convirtieron a esta tierra en destino de compatriotas que, venidos de todos los rincones, encontraron trabajo y oportunidades. Así se consolidó como crisol de la nacionalidad.

Sin embargo, no pocas veces la narrativa oficial ha tendido a minimizar o simplificar el aporte cruceño a la heredad nacional. Frente a ello, la historia exige una mirada serena y justa. Santa Cruz no ha sido periferia pasiva, sino protagonista constante en la construcción de Bolivia. Su lucha por la autonomía, por la equidad en la distribución de recursos y por un modelo de desarrollo productivo no ha buscado fragmentar al país, sino fortalecerlo desde la diversidad.

Conmemorar el 26 de febrero de 1561 no es un ejercicio nostálgico ni un ritual vacío. Es una invitación a mirarnos en el espejo de nuestra historia para proyectar el porvenir. Las ansias de libertad y dignidad que animaron a Ñuflo de Chaves siguen latiendo en millones de cambas por cuna o por elección. Hoy, Santa Cruz está llamada a ejercer no solo liderazgo económico, sino liderazgo político y moral. Porque si algo ha demostrado en 465 años es que su impulso no se agota. Cuando esta tierra decide avanzar, transforma realidades. Y esa determinación —ser libre, próspera y solidaria— no es consigna pasajera: es destino histórico.

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