Orlando Saucedo-Vaca
En Bolivia solemos mirar con recelo la economía de nuestros vecinos. A veces con superioridad, otras con envidia. Hoy toca lo segundo. Mientras en casa sufrimos por la falta de dólares, un mercado cambiario que se ha vuelto caótico y precios que no dan tregua, el sol peruano brilla como nunca. No exagero: en lo que va de 2025 se apreció casi un 5% frente al dólar y mantiene la inflación en apenas 1,65%. Un contraste brutal si pensamos que nuestro índice es del 18,09%.
Vale recordar que la fortaleza del sol no apareció de la nada. No fue un milagro ni una coincidencia feliz. Es la consecuencia de un giro radical en los años 90, cuando Perú decidió darle verdadera independencia a su Banco Central. A partir de ahí, el BCR dejó de ser una caja registradora del gobierno de turno y se transformó en una institución con técnicos de carrera, reglas claras y un mandato simple: cuidar la moneda. Pese a los escándalos, la inestabilidad política y hasta presidentes en prisión, esa institución se mantuvo firme. Y los resultados están a la vista.
El mapa inflacionario de la región confirma el contraste. Venezuela sigue siendo un infierno económico con más del 170% anual. Argentina ya no vive la pesadilla hiperinflacionaria de hace unos años, pero todavía carga un 33,6% interanual en agosto. Bolivia marca 18,09%, cifra que no es para enorgullecerse. En cambio, Colombia, Chile y México se mueven en el rango del 3% al 5%, mientras Estados Unidos apenas roza el 2,3%. Y al fondo de la tabla, Perú, con el envidiable 1,65%.
¿Dónde estamos nosotros? En la orilla equivocada. Nuestro Banco Central se ha convertido en bombero improvisado: imprime dinero para financiar déficits, trata de sostener un tipo de cambio fijo sin respaldo y pierde reservas internacionales a un ritmo preocupante. En regiones de frontera, sobre todo en los puntos limítrofes con Perú, muchos comerciantes bolivianos ya aceptan el sol peruano como medio de pago. No es un fenómeno masivo a nivel nacional, pero sí un síntoma revelador: frente a la escasez de dólares y la desconfianza en el boliviano, los agentes económicos buscan refugio en una moneda vecina que transmite estabilidad.
El caso peruano ofrece lecciones claras. Primero, blindar la independencia del Banco Central. Si la política puede meter la mano en la caja, la moneda pierde credibilidad. Segundo, acumular reservas como seguro frente a crisis externas: el BCR tiene un colchón que equivale al 25% de su PIB, unos 80 mil millones de dólares. Tercero, disciplina fiscal: en pandemia no gastaron lo que no tenían y por eso no dispararon la inflación como sí ocurrió en otros países.
Bolivia, en cambio, ha hecho exactamente lo contrario. Gastamos más de lo que ingresa, las reservas se diluyen y la confianza en el boliviano se evapora. Si no cambiamos el rumbo, nuestra moneda seguirá retrocediendo mientras los vecinos nos marcan el camino.
Y aquí aparece el contexto político que no podemos obviar. El domingo 19 de octubre habrá segunda vuelta. Ya tenemos un Parlamento elegido en la primera ronda y ningún candidato cuenta con mayoría propia. Eso significa que el próximo gobierno tendrá que aprender a negociar. Será inevitable pactar, ceder y acordar. Y justamente por esa fragilidad política es vital garantizar que el Banco Central no se convierta en moneda de cambio en las negociaciones. La estabilidad monetaria debe ser un pacto de Estado, no un botín partidario.
El sol peruano no es fuerte por casualidad: se construyó sobre instituciones capaces de resistir gobiernos, crisis y escándalos. Bolivia necesita esa misma receta, pero en serio: blindar la independencia del BCB, imponer disciplina fiscal y reconstruir reservas. El camino está trazado, lo que falta es voluntad política para hacerlo.