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Tan solo un destello de Siles Salinas

Domingo, 19 de octubre de 2025 a las 03:55

 


El presidente Luis Adolfo Siles Salinas (centro) junto a Amstrong (derecha) y personal diplomático de EEUU. Foto: Familia Siles

Este 19 de octubre de 2025 se cumplen veinte años de la muerte de Luis Adolfo Siles Salinas, y si la historia le hubiera permitido llegar hasta hoy, habría celebrado 100 años de vida. En el año del Bicentenario, su nombre vuelve a asomar con la calma de quien no busca ocupar un pedestal, sino recordarnos que el poder, cuando se ejerce con ética, también puede ser un acto de fe en el porvenir.

Fue vicepresidente antes que presidente, y fue demócrata antes que político. En tiempos de rupturas, cuando el mando solía confundirse con la fuerza, Siles defendió el equilibrio de los poderes, la independencia del Congreso y el imperio de la ley. Su hija, Clemencia, lo recordó hace poco como aquel hombre que dignificó la Vicepresidencia, que intervino para liberar a obreros injustamente detenidos y que soñó con una Bolivia integrada, educada y libre. Era, en suma, un dirigente que creía más en la palabra que en el decreto, más en la educación que en la represión.

Pero hay una escena que lo retrata. Agosto de 1969. Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, los tres hombres que habían pisado la luna apenas semanas antes, aterrizan esta vez en La Paz. El mundo entero los aclamaba. En el Palacio Quemado, los recibió el presidente Siles Salinas. El sociólogo que acababa de asumir la jefatura del Estado —tras la muerte trágica de Barrientos— saludó a los viajeros en nombre de un país que también soñaba con ascender.

Siles Salinas -de espaldas- junto a su hijo Hernado Siles entonces con 12 años saludan a Amstrong y al resto de la delegación de EEUU. Foto. Familia Siles.

Afuera, los paceños se volcaron a las calles; era la primera vez que Bolivia miraba tan de cerca el rostro de la luna. Dentro del Palacio, uno de los hijos del presidente, Luis Hernando, observaba con asombro cuando Armstrong le obsequió una pequeña réplica de la nave que lo había llevado al satélite. Era una insignia diminuta, casi simbólica, pero cargada del mensaje sobre el futuro que podía tocarse si se mantenía la mirada limpia y la voluntad de explorar lo desconocido.

La historia, sin embargo, fue menos generosa que la luna. Apenas un mes después, el 26 de septiembre, Siles Salinas fue derrocado por un golpe militar. Había intentado devolver al país la legalidad, rehabilitar partidos, tender puentes en lugar de trincheras. Su caída marcó el inicio de una nueva cadena de interrupciones democráticas, pero su breve gobierno quedó como un destello de dignidad en medio del caos.

Hoy, mientras Bolivia se prepara para otro cambio de ciclo, su ejemplo reaparece con el brillo de las cosas esenciales. En tiempos en que los vicepresidentes se enfrentan en debates vacíos y las instituciones parecen fatigadas, su legado invita a recordar que el poder puede ejercerse con serenidad, sin estridencias, con sentido moral.

Aquella tarde de agosto de 1969, cuando el presidente boliviano estrechó la mano de los hombres que habían pisado la luna, el país se vio reflejado por un instante en el espejo del cosmos. Cincuenta y seis años después, en el umbral del Bicentenario, quizás sea tiempo de volver a mirar esa misma luna —no como promesa de conquista, sino como símbolo de claridad— y reconocer que el mayor viaje pendiente sigue siendo hacia nosotros mismos.
 

 

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