Un accidente en moto le cambió la vida. Perdió a su padre hace ocho años. En ese momento, el dolor de José Ernesto García Flores (20) fue tan grande, que de forma desesperada buscó una manera de evadir la realidad.
Encontró una terapia en la construcción de diminutos robots hechos con materiales reciclados. En eso puso toda su energía durante tres años, con tal intensidad, que fue su prioridad. El colegio quedó relegado, se aplazó tres veces. Es la explicación que da cuando le preguntan en qué curso está y qué edad tiene.
“Estaba perdido, no entendía lo que pasaba, yo era muy apegado a mi padre. Construir era la mejor forma de salir del mundo real, donde todo era triste”, justifica.
El amor devoto por su padre le salta por los poros, y los ocho años transcurridos no lo atenuaron. “Él era un sueño de papá, el mejor, tan bueno, guapo y trabajador. Siempre me pregunto qué pasaría si me viera construir todo esto, creo que estaría contento”, suspira.
José Ernesto nació en Yacuiba, pero creció en Villa Montes, donde vive actualmente. Está en la promoción, quiere estudiar Ingeniería Mecatrónica.
Es el mayor de tres hermanos. Ha trabajado en el mercado, como ayudante en un puesto de venta de mochilas, también colaborando a su madre en la atención del baño del mercado. Fue técnico de teléfonos celulares, radios y televisores, y también hizo servicio de entrega a domicilio o ‘delivery’.
En el último tiempo, se propuso vender las piezas que había fabricado, recorrió calles y ventas de barrio para ofrecerlas, pero con más malas caras que éxito.
Se cansó de eso y apostó por las redes sociales. Hace aproximadamente un par de meses abrió su cuenta de Tiktok (@elchicorobotico), donde ya suma casi cinco mil seguidores, y eso que apenas ha subido una decena de publicaciones.
Ha vendido algunas de sus piezas, pero no las suficientes como para escalar velozmente hacia su sueño, estudiar Mecatrónica y dedicarse a eso por siempre.
“No me creo lo mejor, pero no he visto a alguien que haga lo que yo. A veces me pregunto qué pasaría si no se me presenta una oportunidad, pero luego me concentro en que nada detiene a alguien que desea mucho las cosas”, se sincera.
Basura que vale oro
En su red social, deja claro que la basura de algunas personas es el tesoro de otros.
Es que José Ernesto construye sus piezas con lo que otros desechan, como celulares viejos, DVD, radios, auriculares inalámbricos, Cd, etc.
Sin embargo, reconoce que los bolivianos tienen la cultura ‘cachivachera’ que le dificulta un poco conseguir sus insumos, aunque no sean tan exigentes.
Gracias a su cuenta de Tiktok, hay gente de Santa Cruz que le ha mandado, por flota, cosas útiles para su labor. Esto lo conmueve mucho.
“Es gente que no conozco. Se siente bonito que exista gente con la bondad suficiente para ayudarme”, dice con humildad.
La escasez de piezas se interpone entre José Ernesto y una cantidad mayor de creaciones propias. Por eso aprovecha la entrevista para insistir. Lo ayuda mucho que la gente colabore con juntar equipos que ya no utilizan.
Ansía una beca
José Ernesto sabe que no es candidato ideal para beneficiarse con una beca de estudios porque reprobó tres años en la escuela. Y confiesa que la situación de la familia es precaria, tanto que ni siquiera podría cubrir el 50% de la carrera, en caso de conseguir media beca.
“Hay gente que me dice que lo hago bien y que me iría bien en otro país”, relata el joven.
José Ernesto ha mandado sus videos a profesores de universidades, que le aseguraron mostrarían sus trabajos, pero que no le han vuelto a responder.
“Mi profesor me dice siempre que no muestre mis secretos en mis publicaciones porque podrían plagiarme”, dice.
Ya lo han contactado algunas personas. Desde medios televisivos de Santa Cruz, que lo invitaron a la capital cruceña a darse a conocer, hasta animalistas que le solicitan prótesis para un ñandú con la pata dañada, hasta grupos de artesanos y un circo, para que muestre sus inventos.
A Santa Cruz de la Sierra no ha podido llegar por falta de recursos y porque no conoce la ciudad. Quiere ayudar a los animalistas, pero le faltan insumos.
Sin embargo, nada de eso se acerca a lo que sueña. Cree que quizás, si mejora sus proyectos, alguien “importante” se interese en su trabajo.
“Quisiera conseguir mejores materiales. Mi meta es ahorrar y comprarme herramientas, las que tengo ahora las heredé de mi papá. Quizás algún día pueda estudiar en un lugar donde logre ser alguien importante”, suspira.
Entre las creaciones de José Ernesto hay una cucaracha diminuta que ha logrado poner a andar, además de un brazo de robot, y hasta un picaflor que ya va por su tercer prototipo. El último aletea, igual que los colibríes que rondan las flores.
Este reciente invento lo inspiró en un proyecto estadounidense, que dice costó cuatro millones de dólares. “Usé engranajes de DVD, imanes, motor pequeño, etc.”, cuenta.
Inventar y construir cosas es lo que mejor hace José Ernesto. Dice que esta actividad le enseñó a no rendirse, ya que requiere de mucha paciencia, pues no solo se le han arruinado piezas importantes, sino que además se ha quemado.
Lo que más lo motiva es que siente que ha evolucionado y que cada vez construye mejores cosas, imitando grandes y caros proyectos de otros países. Asimismo, tiene las redes sociales como aliadas, por encima de la venta callejera.
Solo le falta la oportunidad que lo catapulte a sus sueños. Lo consuela el recuerdo de que su papá vio su primera pieza, un auto con ligas, construido cuando tenía diez años, y que su mamá, a pesar de las limitaciones económicas, aplaude esta distracción que se hizo don.