El Banco Central de Bolivia enfrenta en la actualidad un problema concreto: tiene activos, pero no tiene liquidez. A 129 días de asumir, David Iván Espinoza administra una institución con apenas 140 millones de dólares en reservas en divisas, un nivel mínimo para sostener el sistema, frente a más de 3.500 millones en oro que no puede utilizar plenamente. Esa contradicción —riqueza sin disponibilidad— define el momento económico del país y condiciona cada decisión de política monetaria.
“Es un monto pequeño, que permite cumplir obligaciones, pero no da holgura”, admite. El diagnóstico es directo: sin dólares, el margen de acción del Banco Central es limitado y cualquier presión sobre el sistema financiero se amplifica, especialmente en un contexto de alta sensibilidad sobre la disponibilidad de divisas y expectativas cambiarias.
La crisis que expuso la fragilidad
El punto de inflexión fue el 27 de febrero. La caída de un avión Hércules C-130 en El Alto, que transportaba billetes para el sistema financiero, derivó en una escena inédita: dinero disperso, intentos de saqueo y una rápida pérdida de control. Lo que debía ser una operación logística terminó exponiendo la fragilidad operativa del sistema en un contexto de escasez.
“Estamos ante un evento que no tiene precedentes. No existe un caso en el que un accidente aéreo involucre material monetario”, señala Espinoza. La reacción fue inmediata: incinerar los billetes recuperados e inhabilitar temporalmente la serie B para evitar su circulación irregular.
“Se tomó la decisión de incineración porque evitamos derramamiento de sangre y una convulsión social mayor”, agrega.
La medida generó debate, pero permitió contener el riesgo inmediato. Durante esos días, el Banco Central dejó de operar bajo su lógica habitual y asumió un rol de contención frente a un escenario que combinaba incertidumbre financiera con tensión social.
“En el momento del siniestro no conocíamos la cantidad de billetes involucrados. Por eso se determinó inhabilitar temporalmente la serie”.
Con el paso de las semanas, el sistema comenzó a estabilizarse y el proceso de canje permitió recuperar gradualmente la confianza.
“El canje ya se desarrolla con normalidad. La confianza en el boliviano se mantiene en niveles óptimos y las disrupciones han desaparecido”.
Sin embargo, el episodio dejó una señal más profunda: en contextos de escasez, cualquier disrupción operativa puede amplificar riesgos económicos y sociales en cuestión de horas.
El oro: la llave de la liquidez
Más allá del accidente, el problema estructural es la falta de liquidez. Bolivia mantiene reservas en oro cercanas a los 3.500 millones de dólares, pero ese activo no puede convertirse de forma inmediata en divisas disponibles. La diferencia entre tener recursos y poder utilizarlos define hoy el margen real de acción del Banco Central.
“Tenemos un nivel de reservas en oro muy alto. Si se monetiza ese oro, el país tendrá la capacidad de flexibilizar el tipo de cambio y cumplir obligaciones, como devolver los dólares a los ahorristas”, sostiene.
La propuesta es concreta: habilitar, mediante una norma, la conversión de parte de esas reservas en liquidez efectiva. En términos técnicos, se trata de una práctica utilizada por bancos centrales en escenarios de restricción externa, pero en Bolivia implica una decisión política de alto impacto.
“Necesitamos liberar esas 22 toneladas de oro. Es una decisión financiera adecuada, aplicada en otros bancos centrales y que beneficiará a la población”.
El objetivo es generar dólares en el corto plazo para aliviar la presión sobre el sistema financiero, recomponer la capacidad de intervención del Banco Central y responder a una de las principales demandas: la devolución de depósitos en moneda extranjera, según explicó Espinoza.
En términos operativos, monetizar oro implica convertir ese activo en divisas mediante mecanismos financieros utilizados por bancos centrales, como ventas parciales, operaciones de crédito o swaps con entidades internacionales. No es una decisión menor: depende de condiciones de mercado, del precio internacional del oro y del momento en que se ejecute. “El beneficio es claro. Nos permitiría devolver los dólares a los ahorristas y mejorar la estabilidad del sistema financiero”, precisó la autoridad.
Además, una mayor disponibilidad de divisas permitiría reducir tensiones en el mercado cambiario, mejorar expectativas y otorgar mayor previsibilidad a los agentes económicos. En economías con restricciones externas, la liquidez no solo es un instrumento técnico, sino un factor determinante de estabilidad.
Los límites y el desafío
La situación actual también tiene raíces en decisiones acumuladas. Durante años, el Banco Central financió empresas públicas mediante créditos que superan los 50.000 millones de bolivianos, muchos de ellos destinados a proyectos con baja rentabilidad. Ese esquema condicionó su balance y redujo su capacidad de respuesta.
“La mayoría de estas empresas no son rentables. Esos créditos se otorgaron por mandato de ley. El Banco Central no tenía opción”, explica Espinoza.
La actual administración busca marcar un quiebre. “Este tipo de financiamiento no se realizará en esta gestión”, afirma, en una señal orientada a recuperar el carácter técnico del Banco Central y evitar que decisiones fiscales vuelvan a trasladarse a su balance.
En paralelo, persiste un desafío operativo: el destino de los billetes de la serie B que aún permanecen almacenados. Se trata de material monetario que costó al país 71 millones de dólares y cuya utilización debe definirse con cautela.
“No podemos desechar ese dinero. Se pondrá en circulación en el momento oportuno”.
La discusión sobre el uso del oro no solo es económica, sino también política. Requiere acuerdos en la Asamblea Legislativa y, sobre todo, una lectura compartida de la urgencia del momento. En contextos de restricción externa, las decisiones suelen postergarse; en crisis, el costo de hacerlo puede ser mayor.
El Banco Central se mueve hoy en un terreno estrecho, donde cada decisión impacta en la estabilidad y en la confianza. La gestión combina urgencia y reconstrucción institucional, en un contexto donde los márgenes son reducidos y los riesgos, elevados.Porque, en última instancia, el problema no es solo la falta de dólares. Es la capacidad del Estado para sostener credibilidad en su política económica y garantizar que esos dólares estén disponibles cuando la economía los necesita.