En los Yungas, una región marcada por la humedad y la vegetación, se desarrolla una de las actividades económicas más representativas de Bolivia. La provincia de Caranavi, reconocida como la capital cafetalera del país, concentra cerca del 90 % de la producción nacional de café. Entre caminos de tierra y fincas familiares, los productores sostienen un proceso que combina tradición, identidad y mercado internacional.
“La mayor parte de los productores estamos organizados en cooperativas y asociaciones”, explica Elías Choquenapi, representante de la Red Café CNCJB, una articulación que forma parte de la Coordinadora de Precio Justo Bolivia.
En total, son 15 organizaciones dedicadas exclusivamente a la producción de café orgánico, aunque aún persiste un número significativo de productores independientes que trabajan fuera de estas estructuras.
En estas tierras se cultivan diversas variedades, pero la predominante para exportación es la Catuai, valorada por su rendimiento y calidad constante. Junto a ella, variedades más exóticas como Geisha, Pacamara y Castilla ocupan un lugar especial: se producen en menor volumen, pero alcanzan precios más altos en el mercado internacional gracias a sus perfiles aromáticos, florales y notas que evocan chocolate, con acidez marcada y buen cuerpo.
El café boliviano ha logrado posicionarse entre los diez mejores del mundo, aunque —como reconocen los propios productores— otros países cuentan con estrategias de marketing más agresivas.
Así, desde el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), con datos preliminares del Instituto Nacional de Estadística (INE), ya hacían notar que hasta abril de 2025 Bolivia exportó 655.773 kilogramos de café por un valor total de $us 5 millones. La variedad más demandada fue el café sin tostar y sin descafeinar, que representó el 99,6% del volumen exportado.
Sin embargo, al cierre de la gestión pasada los números fueron contundentes pues, las exportaciones superaron los $us 18 millones, con envíos que alcanzan más de 70 contenedores anuales.
En 2025, el café boliviano llegó a 24 países. Estados Unidos fue el principal comprador, concentrando el 27% del valor total exportado, seguido de Bélgica (26%) y Francia (14%). Otros mercados relevantes fueron Chile (6%) y Dinamarca (4%), lo que refleja la creciente demanda en Europa y América del Norte por cafés de origen diferenciados y de alta calidad. También se han abierto mercados en Asia, como Japón, Corea del Sur y China.
No todo es bonanza
En su época de mayor auge, Bolivia producía más de 150.000 sacos de café de 60 kilos; hoy, la cifra ronda apenas los 50.000. La degradación de los suelos, el incremento de los costos de producción y la falta histórica de políticas estatales claras —especialmente tributarias— han pasado factura al sector.
“No tuvimos apoyo del Estado; el desarrollo fue una iniciativa de los propios productores”, señala Choquenapi, miembro de la tercera generación de caficultores.
Paradójicamente, la devaluación de la moneda impulsó el consumo interno. Antes, el mercado local privilegiaba el café importado; hoy, el café boliviano gana espacio en las tazas nacionales, fortaleciendo la identidad y el orgullo por un producto que nace en los Yungas y llega a las mesas del mundo.
Entre desafíos estructurales y nuevas oportunidades, el café boliviano sigue latiendo. Su aroma no solo habla de calidad, sino también de una lucha silenciosa por mantenerse vigente en un mercado global cada vez más exigente.