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Las tormentas de fuego afectaron a 32 de los 36 ecosistemas chiquitanos

Sabado, 07 de diciembre de 2019 a las 16:00

Por Redacción

Un estudio técnico constató que en la Chiquitania ardieron 3,9 millones de hectáreas, de las cuales 1,3 millones eran bosques sin intervención humana

El megaincendio forestal que, entre julio y octubre de este año, asoló la gran Chiquitania en Bolivia, fue uno de los eventos de quema extrema de mayor impacto ecológico de la última década y ha sido catalogado por expertos internacionales como “incendios de sexta generación”, que afectaron 32 de los 36 ecosistemas de Bosque Seco Chiquitano, Cerrado, Chaco y vegetación asociada a los humedales del Pantanal.

Algunos de estos incendios de sexta generación liberaron tal cantidad de energía que fueron capaces de modificar la meteorología del entorno, generando columnas de aire caliente que, al enfriarse en altas capas de la atmósfera, se desplomaron en forma de “tormentas de fuego” que multiplicaron los focos y extendieron las llamas a una gran velocidad.

Del 18 al 25 de agosto y entre el 7 y 24 de septiembre, en Roboré, en una franja situada al sureste, próxima al municipio de Charagua, se registraron, al menos, cinco tormentas de fuego que formaron pirocumulonimbus: grandes nubes de humo en la atmósfera, capaces de alterar el clima, señala un informe técnico realizado por la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano (FCBC).

Una de esas tormentas de fuego protagonizó un fenómeno nunca antes visto por estas latitudes, detectado desde el espacio exterior, vía satelital. La columna de fuego se inició al sur de Roboré y viajó a tal velocidad que en tres días llegó a Paraguay, manifestó Oswaldo Maillard, experto en sistema de información geográfica del Observatorio del Bosque Seco Chiquitano, integrante del equipo que llevó adelante el estudio.

“Fue una cosa impresionante. De hecho, un equipo internacional de científicos está analizando a qué se han debido los megaincendios de sexta generación en esta zona. Son incendios nunca antes visto a escala continental”, describió Maillard.

Infierno en la atmósfera

Este fenómeno de las tormentas de fuego tiene nombre. Se denomina pirocúmulo a la nube vertical del tamaño de un enorme edificio, formada por el aumento térmico originado por un incendio, que puede crear un pirocumulonimbus, una manifestación extrema generada por el calor que en inglés la llaman muy apropiadamente loaded gun, es decir, pistola cargada que dispara burbujas de aire muy caliente que pueden romper las capas de inversión de la atmósfera con facilidad y entonces la convección explota.

Un grupo de expertos de España, Argentina, Estados Unidos, Chile, Italia, que trabajó durante 60 días en el período de máximos incendios en la Chiquitania, publicó un reporte (Castellnou et al., 2019) que recoge la experiencia con el seguimiento tanto satelital como en terreno de estos eventos.

“El 18 de agosto atrajo nuestra atención eventos extremos en forma de varios pirocúmulos sobre Chiquitania, así como pirocumulonimbos. Después del evento de Argentina en 2018, este fue el segundo evento visto en tiempos modernos en América del Sur, aunque el grupo de expertos considera que es el tercero, con el registrado en Las Maquinas en Chile en 2017”, refiere el reporte de los expertos extranjeros.

El fenómeno puede volver

Las bajas precipitaciones y altas temperaturas durante los meses de agosto, septiembre, octubre y noviembre de este año resultaron favorables para el desarrollo de los incendios.

Estas anomalías se prevén también para los primeros meses de 2020, según el presente análisis, por lo que recomienda extremar las cautelas a la hora de utilizar el fuego en las labores del campo.

“En 2018 y 2019 se combinaron épocas secas, o sea llovió la mitad de lo que debía llover. Eso, sumado al combustible forestal almacenado por varios años, más las políticas públicas de quemas del anterior gobierno para los nuevos asentamientos, resultaron el condimento perfecto para el desastre”, expresó Javier Coímbra, encargado de la oficina de Valoración Socioeconómica de la FCBC.

Ardieron especies únicas

El diagnóstico detalla el impacto del fuego en la biodiversidad y en el capital forestal de la zona, pues ardieron 3,9 millones de hectáreas, de 17,3 millones que comprende los bosques Amazónicos, Chiquitano, Cerrado, Chaqueño y el Pantanal.

Del total de áreas quemadas, el 74% eran boscosas; el 35% eran bosques intactos; es decir, sin intervención humana y muy importantes para la conservación de la biodiversidad. El conservacionista Javier Coímbra deploró la desaparición de ese 35% de bosque no fragmentado (1,3 millones de hectáreas), pues dijo que ardieron especies de árboles sin par en el mundo.

“Hay otras zonas de la Chiquitania que se queman cada tres o cinco años, pero ese 35% de bosque no se ha visto arder nunca. Ahí, el impacto es extremo, porque no son áreas adaptadas al fuego. Se quemaron grandes manchas de morado, roble, cedro, tajibo, paquió, tipa y otras, las maderas más valiosas de Bolivia. Fue triste ver largos promontorios de ceniza blancuzca de añejos árboles en medio del negruzco paisaje quemado”, lamentó.

De 3,9 millones de hectáreas afectadas en la Chiquitania (en todo el departamento cruceño ardieron 4,2 millones de hectáreas), el 23% del área era pampas, cerrados, lajas y otros tipos de ecosistemas, como el Abayoy, por ejemplo, un bosque seco enano, único en el planeta, que llega hasta Paraguay. Asimismo, el 2,5% eran áreas de uso agropecuario.

En el área de estudio del Bosque Modelo Chiquitano (BMCH) existen 19 áreas protegidas de carácter nacional y subnacional, que también afectó el desastre. Es así que en el Área Natural de Manejo Integrado San Matías se consumieron 772.000 hectáreas.

A escala departamental, la más impactada fue la reserva de Tucabaca, con 28.000 hectáreas, y a nivel municipal, la región autónoma indígena de Charagua, Parque Ñembiguazu, donde ardieron 426.000 hectáreas.

Base para la restauración

Pamela Robolledo, bióloga y técnica de la Secretaría de Medioambiente de la Gobernación, dijo que este estudio viene a fortalecer los diagnósticos que se realizan con miras a estructurar el plan de restauración de la Chiquitania.

“El informe de la FCBC es una línea de base muy importante. Dice que se necesitan las evaluaciones de campo, y en estos momentos hay gente trabajando con fondos de la Gobernación, en las valoraciones que van a enriquecer las conclusiones y las acciones de restauración”, manifestó Rebolledo.

Respecto a la posibilidad de que los megaincendios vuelvan a corto plazo, la funcionaria aseguró que se están tomando las previsiones para tratar de impedirlo.

“Estamos llamados a mejorar los sistemas de monitoreo y de control. Seguiremos alertando sobre las sequías. Es fundamental adaptarse positivamente a las situaciones adversas. Por eso, estamos apurados en la confección del plan de restauración, porque se necesita fortalecer las capacidades de los municipios y de la Gobernación, con equipos para asegurarnos y bomberos preparados para que, ante las probabilidades de que puedan ocurrir, sea mejor manejado”, señaló Rebolledo.

Se espera que hasta marzo del año venidero esté listo el plan de restauración de la Chiquitania.

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