En un momento de su vida marcado por la exposición pública y la presión de la perfección, Fernanda Pavisic, ex Miss Bolivia, decidió detenerse, mirarse con honestidad y reconstruirse desde adentro. Hoy, después de un proceso profundo de sanación y autoconocimiento, habla con madurez y valentía sobre salud mental, autocuidado y el verdadero valor personal más allá de una corona. Con una mirada renovada, Fernanda comparte su historia para acompañar, inspirar y recordar que pedir ayuda también es un acto de fuerza.
¿Te gustaría continuar en los medios, la moda o explorar nuevos rumbos?
Sí, pero desde un lugar más honesto y emocional. Quiero que cualquier cosa que haga esté alineada conmigo, que tenga un mensaje. No me interesa solo “estar” en los medios, sino ser una voz que sume, que acompañe, que inspire.
Cambiando de tema, ¿qué te llevó a reconocer que necesitabas ayuda con tu salud mental y tu relación con la comida?
Fue mirarme al espejo y no reconocerme. Y no me refiero solo a lo físico, sino a lo emocional. Había una parte de mí que ya no brillaba, que estaba apagada, desconectada. Me di cuenta de que estaba viviendo para cumplir expectativas ajenas, olvidándome por completo de lo que yo realmente sentía, necesitaba o deseaba.
Hubo un momento en el que simplemente me detuve y pensé: “Esto no soy yo”. Y ahí entendí que no podía seguir ignorando lo que pasaba dentro mío. Fue desde ese lugar —doloroso, pero muy real— que decidí pedir ayuda. Y fue una de las decisiones más valientes que tomé.
¿Cuál fue el punto de inflexión que te hizo decir: “tengo que cuidarme”?
Una noche, después de uno de esos días donde todo pesa más de lo que debería, me senté en silencio y por dentro sentí un vacío que ya no podía ignorar. Pensé: “Esto no es vivir. Esto es sobrevivir”.
Ese fue mi punto de quiebre y también de despertar. Entendí que merecía sentirme bien, en paz, conmigo misma, con mi cuerpo, con mi mente. Que merecía dejar de exigirme tanto y empezar a abrazarme más.
Fue un momento silencioso, pero definitivo. A veces no es un grito el que te cambia la vida, es una verdad que te susurra bajito: “Cuídate, por favor”. Y por primera vez, me escuché de verdad.
¿Cómo ha sido tu proceso de recuperación y qué herramientas te han ayudado más?
Mi proceso de recuperación ha sido un camino con subidas y bajadas, pero profundamente transformador. No ha sido lineal, pero sí ha sido valiente.
La terapia ha sido mi refugio y mi espacio seguro desde hace más de tres años. Ahí aprendí a mirarme con más compasión, a cuestionar mis creencias y a reconstruir la relación con mi cuerpo y conmigo misma desde un lugar de amor, no de castigo.
También me ha ayudado muchísimo rodearme de personas que me quieren sin exigencias, que no me piden perfección, sino que me acompañan incluso en mis días más oscuros. Mi familia y mis amigos han sido un pilar fundamental, incluso cuando yo no tenía palabras para explicar lo que me pasaba.
Y algo muy importante: hablar. Compartir lo que vivo, dejar de ocultarlo, romper el silencio.
¿Qué mensaje te gustaría dar a quienes están pasando por algo similar y no se animan a pedir ayuda?
Que pedir ayuda no te hace débil, te hace valiente. Que merecés sentirte bien, aunque hoy no lo creas. Que no estás sola. Y que siempre, siempre se puede volver a empezar, no importa cuántas veces lo tengas que hacer. Que cada pasito cuenta y que la luz no se apaga: a veces solo se esconde un ratito.
¿Cómo ha cambiado tu forma de verte a vos misma en los últimos años?
Antes me veía como un conjunto de exigencias. Hoy me veo con más compasión. Ya no quiero ser perfecta, quiero ser libre. Hoy me abrazo, incluso en mis días más raros.
¿Qué papel jugaron tu familia, tus amigos o tu entorno en este proceso de sanación?
Fundamentales. Su amor silencioso, su paciencia y su compañía fueron medicina para mi alma. Me sostuvieron cuando ni yo sabía cómo sostenerme. No me curaron, pero me acompañaron mientras me curaba. Y eso vale oro.
Mirando atrás, ¿cómo describirías tu experiencia como Miss?
Fue una experiencia intensa, llena de matices. Ser Miss fue un sueño hecho realidad, pero también una prueba emocional muy fuerte. Viví momentos hermosos, sentí el cariño de mucha gente y aprendí a desenvolverme en espacios que antes me intimidaban. Me llenó de orgullo representar a mi país y fue una etapa que, sin duda, marcó mi vida.
Pero también enfrenté situaciones muy dolorosas. El juicio público y el hate en redes sociales fueron momentos difíciles; sin embargo, en medio de ese caos, encontré una fuerza en mí que no conocía.
Si tuvieras que contarle algo a las chicas que hoy sueñan con ese camino, ¿qué sería?
Que sueñen con fuerza, pero que jamás permitan que alguien ni una situación, ni una banda, ni un podio las haga olvidar su verdadero valor. Ese valor no depende de un título, sino de quiénes son cuando nadie las ve, de lo que llevan en el corazón, de su esencia.
Que se escuchen con amor, que se cuiden sin culpa, que no se comparen con nadie y, sobre todo, que no apaguen su luz por encajar en una vitrina. Y si algo no está bien, que no tengan miedo de alzar la voz. Porque defender tus ideales, incluso cuando tiemble la voz, también es un acto de realeza.