*** Esta investigación se realiza en alianza con Mongabay Latam
Pablo recuesta su cabeza sobre una mochila, cruza las manos por debajo de la nuca y pone una pierna sobre la otra. Después de la caminata de nueve horas continuas que acaba de realizar, de cruzar una innumerable cantidad de quebradas, de trepar como un gato montés los abruptos farallones del parque nacional Amboró, el descanso es bienvenido. No es la primera vez que hace esta caminata, tampoco es la más larga, se conoce esta área protegida que provee el 35% de agua a la ciudad de Santa Cruz como a la palma de su mano.
—La primera vez que vine no tenía idea de que esto era un parque. Me dijeron que era una comunidad con la que compartiría las ganancias por cortar mara y que hasta podía acceder a un pedazo de tierra, pero ese día por un pelito me agarran los ‘parcas’.
En la jerga de los madereros, los ‘parcas’ son los guardaparques. Pablo ya tenía experiencia en el negocio de la madera cuando, en 2015, llegó de su natal La Paz al norte de Santa Cruz. Aquel día de junio, recuerda, que a diferencia de los demás, lo que hizo fue saltar a un lado del camino (que más que caminos son sendas) y ocultarse. Quedarse quieto. Ahora, las cosas son muy diferentes, ya no trabaja en el parque como maderero sino como guía, y es lo que hace desde 2017 cuando por sacar un cargamento de mara terminó en prisión. No olvida que quien ‘lo vendió’ ante las autoridades fue otro maderero.
El Amboró -donde convergen los bosques húmedos de la Amazonía con las pampas de los Andes y los chaparrales secos del Chaco-es simplemente una obra ecológica que anida un registro de 289 especies de mariposas, 109 de peces, 105 de reptiles, 820 de aves, 127 de mamíferos y casi 3000 de plantas. Este ecosistema único de Bolivia, sin embargo, está siendo diezmado por el crimen organizado liderado por madereros y narcotraficantes. Por ahora, el Estado y los nueve municipios que lo comparten no hacen mucho para revertir esta situación. Solo basta revisar un dato clave: 9 guardaparques tienen a cargo el cuidado de 636.000 hectáreas que tiene de superficie.
Un riachuelo en el parque nacional Amboró | Foto: Nelfi Fernandez ReyesEs “humanamente imposible”, decía en el 2015 el entonces viceministro de Defensa Social, Felipe Cáceres, sobre la tarea de vigilar cada movimiento en el Ichilo, provincia donde tres (Yapacaní, San Carlos y Buena Vista) de sus cuatro municipios albergan una porción del parque nacional creado en 1995 para proteger su biodiversidad. “Hay miles de desvíos, si no es por los caminos es por los ríos. De noche trasladan coca sin ningún tipo de autorización”, afirmaba en aquel entonces Cáceres, y eso incluía al área protegida.
Por el lado de la provincia de Ichilo, el Amboró se aproxima a los linderos del trópico de Cochabamba donde está enclavado otro parque, el Carrasco, uno de los más afectados por el narcotráfico. Ahí, en 2018, la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) contabilizó 96 hectáreas de cultivos de coca, mientras que en el Amboró, 19.
El Amboró “se encuentra plagado de sembradíos de la hoja de coca”, dice el excomandante de la Policía de Santa Cruz, Juan Carlos Ramos. Y donde este producto esté presente, prosigue, se encontrará la cadena del narcotráfico como es el caso del transporte, la fabricación y comercialización de la cocaína.
Actualmente, ingresar a este parque y a otros donde operan las mafias, es una tarea reservada para valientes. Si alguien ajeno a la zona trata de hacerlo, hay comunarios encargados de advertirle que allí no es bienvenido y de alertar a la organización criminal que hay visita no deseada en el lugar. También hay comunarios -que sobreviven en este escenario violento- que denuncian las actividades ilegales y piden “que se haga algo”.Estos testimonios fueron recogidos por un equipo periodístico de EL DEBER y Mongabay Latam que ingresó al Parque Nacional Amboró, por el sector del municipio de Yapacaní. Algunos de los nombres se mantendrán en reserva por seguridad, como el caso de nuestro guía Pablo*, para evitar poner en peligro su vida.
El equipo periodístico de EL DEBER y Mongabay Latam ingresando al parque Amboró | Foto: Nelfi Fernandez ReyesCoca ilegal
El objetivo era corroborar lo que manifestaron quienes pidieron el anonimato: actividades relacionadas con el narcotráfico, cacería ilegal y tala de árboles maderables dentro del parque.
No se había avanzado ni media hora desde que se abandonó la carretera que conecta a Santa Cruz con Cochabamba, cuando apareció el primer puesto de control que funciona más para saber quién entra y sale del parque —nos cuenta Pablo, nuestro guía en este recorrido— que para detener la ilegalidad.
En el área natural de manejo integrado (ANMI) —que también forma parte del área protegida y donde están establecidas comunidades indígenas y campesinas—, en el sindicato San Salvador, se encontró un pueblo fantasma, con casas abandonadas, incluida la escuela y la iglesia. Solo el rastro de lo que en otros tiempos fueron plantaciones frutales o cultivos y una que otra casa con acabado más elaborado.
Con el tiempo, explica un comunario, por el mal estado de los caminos y el difícil acceso a los mercados para vender su producción, la gran mayoría de los colonos, que llegó a ese lugar a partir de la década de los 80, se vio obligada a vender sus terrenos o abandonarlos e irse a vivir a las ciudades capitales más cercanas. San Salvador no es el único sindicato que está asentado en la zona ANMI del Amboró.
Después de tres horas y medias de recorrido, el equipo se divide en dos: uno se queda a hacer guardia en el vehículo y el otro ingresa al parque. Una vez que se cruza la línea roja —donde la ley manda que solo se realicen actividades para la investigación, ecoturismo y monitoreo de procesos ecológicos— se encuentra todo un circuito de sendas con cartuchos de bala regados por el suelo, latas de cerveza, cajetillas de cigarrillos y plásticos.
Latas de cervezas en el parque nacional Amboró | Foto: Nelfi Fernandez ReyesY una hora después, aparece el primer cultivo de coca, a 200 metros de la cuenca alta del río Yapacaní. El extécnico del Servicio Nacional de Áreas Protegidas (Sernap), Román Vitrón, que se ha unido al recorrido, calcula que los aproximadamente dos catos de coca (un cato abarca 1.600 metros cuadrado) que acaban de aparecer en medio del trayecto tienen tres meses de vida.
De ser así, esto significa que el desmonte y posterior quema se realizaron en la temporada de los incendios que arrasaron, a fines del 2019, con más de seis millones de hectáreas de bosques en Bolivia.
Desde el primer cocal y luego de dos horas de subir y bajar por la ondulada topografía, el GPS conduce a otros dos cultivos de la hoja milenaria de, aproximadamente, una hectárea cada uno. Ya habían sido abandonados, pero “el daño ya está hecho”, reflexiona Vitrón, que desde 2013 ha hecho frente a madereros y cultivadores del arbusto base para la elaboración de la cocaína. Incluso, explica, insistir que se intervenga con operativos le costó su puesto en el Sernap, en septiembre de 2019.
El ingeniero ambiental se detiene, mira la escena y lamenta la tala de árboles que tienen decenas de años de vida. Sabe que al cortarlos se daña el ecosistema, que debería estar protegido por formar parte de un parque nacional.
Una planta de coca dentro de un cultivo encontrado en el parque nacional Amboró | Foto: Nelfi Fernandez Reyes
Quienes talaron el Amboró para sembrar coca abandonaron los dos chacos, pero no su intención de volverlo a hacer. A pocos metros de distancia del primer barbecho, en una especie de campamento improvisado y liadas con carpas, se encontraron máquinas sembradoras, herramientas para el desmonte, fumigadores y productos químicos.
Lo que está pasando en el Amboró no es ignorado por las autoridades.
—La coca que se siembra en estos parques no está destinada al acullico ¿cierto?
—Ninguna parte de la coca excedentaria, llamada coca ilegal, va al acullico.
Quien responde es el actual viceministro de Defensa Social, Jaime Zamora. La autoridad, antes de que la enfermedad del Covid-19 sea declarada pandemia, decía que la prioridad del Gobierno de Jeanine Áñez eran los parques, pero hasta principios de marzo, cuando se le realizó la entrevista, no habían comenzado las tareas de erradicación, pese a que un mes antes habían sido anunciadas con bombos platillos por el ministro de Gobierno, Arturo Murillo.
—Desde el anuncio de que se iban a recuperar los parques, ¿cuánto se ha avanzado?
—Se están realizando tareas de Inteligencia primero para identificar varias cosas porque lo otro es hacer rastrillaje y en el tema operativo, al ser los parques tan extensos, no nos da.
El Gobierno de transición incluso acusó al gobierno de Evo Morales de haber fomentado el narcotráfico. En lo relacionado a los parques, el ministro de Gobierno fue directo y dijo que recibieron áreas protegidas “plagadas” de coca ilegal.
El Informe de Monitoreo de Cultivos de Coca 2018 de la UNODCC, presentado en agosto de 2019, encontró que de las 23.100 hectáreas de coca que hay en Bolivia, 224 están en seis de los 22 parques nacionales. Además que la coca desviada al narcotráfico bordeó las 331 toneladas métricas.