¿Quién no ha sentido dolor e indignación al conocer la trágica noticia de la niña Yuvinka? ¿Quién no se ha pronunciado en sus redes sociales pidiendo justicia y castigo para el violador y asesino? ¿Quién no desplegado toda su rabia e indignación contra las autoridades municipales, policiales y judiciales por este nuevo infanticidio y violación a una niña? ¿Quién no llorado algunas lágrimas con dolor sincero, porque nos afectó y conmovió de sobremanera?
Pues, lo hemos hecho todos, pero casi nadie se preguntó: ¿Y cuál es mi responsabilidad en este caso como en muchos en los que las víctimas son niñas violadas, niños maltratados, mujeres vejadas y agredidas?
Difícil que lo hagamos, porque es mejor lanzar la piedra para los otros, para esos que están lejos de nosotros y que miramos de palco lo que está sucediendo en esta sociedad enferma y de doble moral. Sí, una sociedad enferma hasta los tuétanos, y no solo de cáncer, diabetes, riñones, presión arterial, resfríos, sino de otras que se convierten en pandemias: de intolerancia, de violencia, de apatía y de descargar en los otros la rabia y la ira.
Si bien nos conmovió e indignó el atroz caso de Yuvinka, un angelito que hoy está en los cielos, nos debe dejar claras enseñanzas, de las cuales hay que aprender. Porque no se trata solo de enojarse y decirle que el alcalde de La Guardia, que la Defensoría de la Niñez, que la Policía son los directos responsables, aunque, claro, tienen sus cuotas de negligencia. Un detalle: la madre pidió al alcalde que limpie los lotes baldíos del barrio Divino Niño, pero que no movió un dedo para ello, y en uno de esos lotes estaba el cuerpecito de Yuvinka inerte y golpeado.
Si somos corresponsables de una situación cruel, es nuestro reto mirarnos por dentro y que cada uno asuma un compromiso de convertirse en un guardián, en un cuidante y en defensor de cada niño y niña de Santa Cruz.
El escritor, periodista y anarquista español Rafael Barret nos lanza una advertencia: "Niños que sufren y mueren sin haber vivido, niños indefensos que no deberíamos decir que mueren, sino que los hacemos morir. Se mueren porque somos malos. Porque no somos dignos de que nos acompañen los ángeles”.
Eso le sucede en la realidad a nuestra niñez y adolescencia: los hacemos sufrir y morir por diferentes circunstancias. No es que uno sea el asesino o el violador. Es una cuestión de compromiso social y humano. De solidaridad. De conciencia colectiva.
Cuando el papa Francisco dio su discurso en el altar de El Cristo, con lleno total, nos dejó una recomendación especial: “Dejen que los niños vivan su niñez y sean felices…Dejen que cada niño y niña reciba el abrazo protector de todos ustedes…” Sí, mi estimado lector, esa es la gran lección que nos debe dejar el llanto, el sufrimiento, la agonía y el asesinato de la niña Yuvinka, que al ver el rostro de su agresor sexual, vio al demonio convertido en ser humano.
No se trata de que cada vez que existan casos de tal magnitud y desgracia, la gente empiece a pedir fiscales y policías en cada barrio. Se trata de que cumplamos entre todos lo que manda la Constitución Política: los niños es la tarea prioritaria del Estado Plurinacional, pero que a la vez ese Estado debe desplegar todas sus fuerzas, recursos, voluntades y capacidades en autoridades, personal capacitado y recursos para atender a tiempo a toda esta población vulnerable, que hoy más que nunca está expuesta y acosada por los peligros del acoso sexual, violencia escolar, violaciones, trata y tráfico, raptos, adicciones a las drogas, al alcohol o al mal uso de las tecnologías.
Por ello, impera que cada padre y madre dialogue sin miedo, sin tapujos, sin maquillajes sobre estos problemas que ya son parte del diario vivir de la gente y que no podemos contarles la leyenda de la cigüeña que traerá al hermanito; de la Caperucita Roja, del Chapulín Colorado, sino decirles a cada hijo e hija que está al frente de muchos problemas, que si es bien formado no sucumbirá ni será arrastrado.
El abuelito le dice al nieto: Cada uno tiene en su interior dos lobos. Uno es malo, injusto, violento. El otro es bueno, libre, justo y trabajador. El nieto le pregunta ¿Cuál de los dos triunfa? El abuelo le responde: Depende a cuál de los dos alimentes cada día. Es una de las rutas para forjar hombres y mujeres justos, libres, bondadosos y valientes. Alimentar de forma conjunta con valores, derechos, principios a nuestros hijos e hijas para que afronten los problemas que se les presenten a lo largo de su proceso de desarrollo y formación.