Ese es el prontuario que ostenta -a mucha honra- María Galindo. Más bien una épica que, como tal, seduce -para bien o para mal, veremos-. Vieja perra callejera, se dice a sí misma. Y rabiosa, digo yo. Porque ¡cómo no rabiar a muerte tanta merde en un mundo de merde! A grito pelado, pues. La voz ronca, a lo Pedro Lemebel, quién no quisiera. Al fin y al cabo, tantas veces la golpearon, tantas resucitará, qué más da.
Varias veces me pregunté qué haría María Galindo, vieja perra callejera, frente a un abrazo, una caricia, un gesto amoroso. Ciertamente ladrar. Morder. (Me consta, pero ese es otro cuento). He ahí, sin embargo, la paradoja, el desquicio. Porque con las paradojas sucede un corto circuito, una contradicción de fondo que cuesta comprender. Muerde pero abraza. A su modo, claro. Grita, chilla, empuja e insulta, pero sus acciones logran lo que persigue esa vieja –perra callejera– justiciera.
Y gracias a esa misma paradoja, la imagen del abrazo con Waldo Albarracín, aquel noviembre de 2019, en las puertas del hotel Casa Grande en Calacoto, fue ciertamente extraordinaria. ¿Quién podría contener la furia de María en uno de los momentos políticos más difíciles de nuestra historia reciente? Un abrazo cualquiera, imposible. Tuvo que ser el abrazo de alguien con enorme “autoridad” amorosa sobre María. Quiero decir, autorizado por ella para el abrazo. Porque, así como las balas son a la guerra, al amor son los abrazos. En ambos casos, la condición de fragilidad, de vulnerabilidad, es extrema. Aquella vez María lo fue a pesar de sí misma. Diría yo que Waldo la tomó por sorpresa y, como hace un padre con su hija, no tuvo mejor idea que abrazarla ante el momento político crucial de esa escena. Waldo la desarmó. No, no hubo engaño ni traición, pero poco después, ella creyó que sí, y eso es suficiente para establecer la verdad absoluta.
Y desarmar a una fiera, desnudarla, mostrar su fragilidad, es pues una traición “imperdonable”, como ha dicho clara y contundentemente la propia María.
Por eso, que Waldo Albarracín se mande un insulto y salga tirando un portazo en la reciente barricada de Radio Deseo, no es lo relevante sino los gritos de María. Ese, que alguna vez tuvo “autoridad” amorosa sobre ella en un abrazo, ahora la manda a la merde. No es la presa huyendo ante la evidencia o la calumnia, no. Es la “autoridad” del abrazo que, alzando el dedo índice de la mano izquierda, le dice “yo no te permito” algo. Peor aún, la manda a rodar. Nuevamente Waldo, esta vez el padre osado que invade el territorio minado de la hija rebelde y, de paso, nos hace saber que no sólo ella tenía cuentas pendientes con él, sino que él tenía una pepa atorada que acabó arrojándosela en la despedida: “macha”.
Eso sí, Waldo, es imperdonable. Señalar la contradicción.
Porque quién podría dudar del compromiso de María Galindo con las mujeres más vulnerables, de su lucha en múltiples batallas cotidianas frente a la violencia de género, el abuso, la corrupción, la discriminación y cientos de males, además de su crítica rotunda y certera a los mecanismos del poder. Nadie. Lo que sucede, sin embargo, es que María efectivamente encarna esa contradicción que a Waldo se le escapó.
No es una cuestión de forma, a estas alturas banal, sino un asunto de fondo. Porque hace rato que comprendimos que la “masculinidad” estética de María -por muy paradoja que sea- se rebela -digamos- a la lógica impuesta de lo que entendemos por masculino o femenino. No, no va por ahí (por más que nos partamos la cabeza pensando por qué una mujer todavía tiene que “ahombrarse”, “amacharse” estéticamente para ser creíble, haciéndole el juego al patriarcado). La paradoja que Waldo señala es que María rechaza profundamente al patriarcado y sin embargo echa mano de los modos del propio patriarcado: a saber y para comenzar, el caudillismo, la imposición de una razón única, la violencia, el autoritarismo y, peor aun, el totalitarismo. Predica la sororidad y sin embargo devora sin piedad a las mujeres que no son de su agrado.
He ahí la contradicción desnudada a gritos. Una oportunidad vulgarmente desperdiciada por Albarracín -que ciertamente fue tan desnudado como ella en su intolerancia-. Y ambos, un dúo practicante del griterío y el insulto que alimenta la cultura nacional de la violencia. Ambos ostentan la defensa de los derechos humanos desde sus propias trincheras, inconsecuentes con los modos pacifistas, excepto ella, consistente con sus propios modos rabiosos y selectivos. Mientras los ciudadanos de este país nos miramos en ese espejo, sin mejor idea que atizar la brasa. Tantas veces nos golpearon, qué más da.