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Tremendo julepe

Domingo, 30 de noviembre de 2025 a las 04:00

Por Redacción

     

Cecilia Lanza Lobo |periodista

Claro que la política es sexy, si no pregúntenles a aquellos sujetos emielados que con tal motivo embadurnaron todo cuanto a su paso tocaron. Otra cosa es la política desde la vereda ciudadana y otra cosa es lo grotesco. Porque lo porno no es sexy, es más bien grotesco. Y esa es la imagen que recuerdo y que se cuela ahora como despedida de los exhuéspedes del (palacio de) gobierno, porque sucedió ahí mismo, en puertas del Palacio, hace muchos años. Tremendo julepe.
Tendría cuatro o cinco años cuando paseaba por las alfombras rojas del palacio de gobierno, maravillada. Mi papá trabajaba allí. Era edecán del Presidente y seguramente alguna vez nos llevó de visita. Recuerdo también el día en que mi hermano y yo, así de pequeñitos, esperábamos a mi papá en las afueras del Palacio, echados como sea en un auto oficial hojeando con gran entusiasmo la primera revista pornográfica de nuestras vidas que el chofer tenía escondida por ahí, hasta que apareció mi mamá, linda y terrible, agarró la revista y la lanzó cual ojiva nuclear. Era el primer gobierno de Banzer, la dictadura, y si bien la presencia de los placeres porno ciertamente no es exclusividad de nadie, tengo la impresión de que ciertos gobiernos cultivan hábitos que los hermanan. 
Desde ese 1972 habrían de pasar todavía seis años más hasta que aquel gobierno que parecía eterno -la más larga dictadura vivida hasta ese momento- finalmente se marchara. Con 20 años de gobierno del Movimiento al Socialismo, los vicios se hicieron callo. Quiero decir que si recuperarnos de una década de desbarajuste (1971, golpe de Banzer, hasta 1982, recuperación de la decencia) nos costó tanto, deshacerse de semejantes asperezas tras ¡dos décadas! de groserías no será sencillo. Y una de las lecciones de aquellos años que sería bueno recordar es lo sucedido con Lidia Gueiler en 1980, que derivó en el golpe y en el gobierno más grotesco, burdo, pornográfico, de nuestra historia: el de Luis García Meza. 
Después de la salida de Banzer y envueltos en las más entusiastas intenciones por recuperar la democracia, en 1979 el país era un río revuelto. Dos golpes de Estado después sucedidos ese mismo año, el Congreso Nacional había elegido como Presidente a Wálter Guevara con el mandato de convocar nuevamente a elecciones, pero volvió a empantanarse entre acusaciones de prorroguismo y disputas varias, y entonces llegó el golpe de Natusch (1 de noviembre). Tras éste, que duró apenas dos semanas (ya van dos golpes de Estado y cuatro gobiernos en pocos meses), como último recurso en medio de presiones políticas de todas las corrientes, el Congreso acabó eligiendo como Presidenta de la República a una mujer: Lidia Gueiler, presidenta de la Cámara de Diputados, que asumió el desafío con el único mandato de sostener semejante situación hasta llevar a cabo las tan esperadas elecciones nacionales. Valiente, Gueiler lo logró (29 de junio, 1980). Pero en el trayecto tuvo que soportar el asedio de prácticamente todos los frentes políticos (digamos, los movimientos sociales de hoy), dentro y fuera de su propio partido, del Congreso, sus alrededores y cada una de las esquinas y carreteras del país: una huelga cada día, to-dos-los-días vivió el frágil gobierno de Lidia Gueiler. Huelga tras huelga, paro tras paro, marcha tras marcha, los trabajadores hicieron de la señora Gueiler su adversario. Así, el Generalísimo, que no sólo miraba con mofa el panorama sino que lo alimentaba con entusiasmo, tuvo el camino llano para ahogar, facilito, los pataleos de aquella neonata democracia. 17 días después de las elecciones nacionales convocadas por Gueiler, julio de 1980, llegó el julepe. Tremendo julepe.
Me lo dijo Filemón Escóbar, el gran Filipo, en un épico mea culpa: “¡Nosotros somos los autores de los gobiernos de corte militar y fascista en el cono sur, compañerita!”.  
Por Filipo, por el país, por la democracia que tanto costó recuperar, no más julepes. Aprendamos de la historia. 
 

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