Cecilia Lanza Lobo |periodista
Dice que nació entre libros, que ama la poesía (y el fútbol) y que en la librería paceña Yachaywasi hojeó y compró “libros de política, sociología, literatura, obras de Julio Verne, estudios sobre Marx, Gramsci, Savater”. -¿Literatura boliviana?, pregunté. –“Pese a que le indicaron donde estaba (el sector de) literatura boliviana y demás temas de Bolivia, no llevó ninguno”.
Será que enamorarse de Bolivia es fácil pero amarla no. Ese amor de largo aliento demanda coraje y está por demás probado que ninguno de los dos, Bolivia y Chile, hemos sido capaces de semejante cosa. Y no sé siquiera si la chilena que más quisimos, Violeta Parra, lo haya hecho finalmente a fuerza de su tormenta amorosa por el francés Gilbert Favre, “el Grigo Bandolero”, que por esos años (1966, 1967) vivía en La Paz, se había casado con una boliviana y era profundamente amado por Violeta. Ese tórrido amor estaba atado a un nombre, Bolivia. Y si Violeta escribió: “Gracias a la vida que me ha dado tanto / Me ha dado la marcha de mis pies cansados / Con ellos anduve, ciudades y charcos / Playas y desiertos, montañas y llanos / Y la casa tuya, tu calle y tu patio”, allí en la mismísima la Peña Naira de la calle Sagárnaga 161, donde vivió su amado Gilbert, por lo menos yo, me doy por satisfecha.
Gabriel Boric, el presidente chileno, eligió precisamente esa casa, esa calle, ese patio, para alojarse durante su visita para asistir a la posesión del presidente Paz Pereira y dijo cosas como esta: “Violeta es fundante. Recorrió todo el campo chileno donde la gente no sabía leer ni escribir pero sabía cantar, por tanto el arte de Violeta es realmente el arte del pueblo”.
Ya no carga la mochila de estudiante perpetuo como cuando llegó al Parlamento como diputado electo en 2014, ni la melena desordenada y el brazo tatuado de joven revoltoso en ese hermoso cambio político generacional de la política chilena. Tras cuatro años en la presidencia de su país, Chile, Gabriel Boric (39) ha hecho algunas mínimas concesiones formales -su vestimenta informal fue tema de discusión en el país más aséptico del continente- porque si algo detestaba -y al parecer lo sigue haciendo- era el protocolo, “un mecanismo de la élite para alejarse y diferenciarse el bajo pueblo”, dijo alguna vez. Nunca usó corbata durante su mandato, y ahora su mochila es, digamos, simbólica.
Me gusta imaginar a Boric cuando hace poco más de una década era Gabriel, tenía 26 años y había sido electo presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. Me gusta pensar que a sus 15 años, Gabriel era estudiante de intercambio por AFS en Francia porque algo sé de esa escuela universal que enseña lo que no se aprende en ninguna parte: multiculturalidad en carne propia. Pero, sobre todo, me gusta imaginar a Gabriel y su mochila pesada, llena de libros, andando por las calles empinadas de La Paz, cual ciudadano común, como aquella vez que un hombre grababa algo, cualquier cosa, en la puerta de su casa, cuando de pronto pasó un transeúnte, abrigo largo, las manos al bolsillo, y cruzó la calle. Era el mismísimo presidente de su país, Gabriel Boric, de ida al trabajo.
Me antojo eso.
Un servidor público en el puesto de primer mandatario, no un diosesillo. Un servidor público que vaya a su trabajo como lo hacemos todos, no en helicóptero, apenas tres kilómetros de recorrido a 40 dólares el minuto, como lo hacía aquel sujeto impresentable, el diosesillo, que construyó un museo de 7 millones de dólares para sí mismo con dinero del Estado, o un aeropuerto de 36 millones de dólares para la región cocalera del narcotráfico. Un ápice de muestra de aquel socialismo distorsionado -ignorante, déspota- que hizo jauja de la apropiación y usufructo de los bienes públicos. Cuánto desprecio por la casa, la calle, el patio común de los bolivianos.
Fueron dos décadas de vergüenza que acabaron a la altura de sus protagonistas: con las oficinas estatales literalmente vacías-vaciadas (no dejaron ni las computadoras) como símbolo del saqueo. Un saqueo económico y moral del que los ciudadanos debemos asumir responsabilidad por muy difícil que haya sido encarar a un gobierno mafioso. Ya habrá tiempo para ese balance fundamental.
Y si además de un servidor público decente tuviéramos a uno que amara la literatura, la poesía y a Violeta Parra como a Matilde Casazola, digamos, sabríamos que aún así no es suficiente pero seríamos un país que mira de frente.