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El sorprendente altiplano de Oruro en Bolivia

Jueves, 27 de noviembre de 2025 a las 04:00

Una camioneta roja me esperaba en una de las calles frías de la ciudad de Oruro. Aquella mañana de invierno partí a recorrer algunos lugares del campo en esa mística región occidental de cultura ancestral. Su altura alcanza aproximadamente los cuatro mil metros sobre el nivel del mar. La temperatura media es fría y seca, acompañada de un viento helado.

Como es costumbre, durante el día el sol calienta y quema la piel si no se toman las precauciones necesarias para protegerse. En la sombra, el frío se siente con toda su intensidad.
El primer día, después de muchos vaivenes en el camino, pude contemplar una gran montaña llamada el Tata Sabaya, de 5.430 metros de altura. Se trataba de un volcán dormido que se alzaba como un gigante bien plantado. Observaba todo a través de los senderos que lo rodeaban sin perderme de vista; persistente en el horizonte a pesar de los kilómetros recorridos. Se necesita un día entero de caminata para alcanzar su cima.


Después he cruzado una tierra extraña, un paisaje de piedra llamado “la ciudad encantada”: Pumiri, que se encuentra antes de llegar a Turco, un pequeño pueblo donde los viajeros se detienen a almorzar. Pumiri está formada por esculturas naturales de roca que evocan un paraje prehistórico. A medida que avanzaba, las piedras parecían transformarse, adoptando siluetas distintas -de animales, de figuras humanas-, algunas de un metro, otras de tres o más, con bordes afilados o formas suaves y redondeadas. Como si el viento y el tiempo hubieran cancelado allí los sueños de la tierra.


Mientras me alejaba después de una serie de barquinazos, el paisaje empezó a cambiar. Una llanura impecablemente blanca se extendía como una franja que separaba el cielo de la tierra. Se prolongaba hasta donde alcanzaba la vista. Era el lago salado de Coipasa, un poco más pequeño que el famoso salar de Uyuni, pero no por ello menos hermoso. Un espejo inmenso donde el silencio parecía respirar junto con la luz.


Después de unas dos horas llegué a Pampa Aullagas, epicentro de una civilización perdida hace unos once mil años. Allí, según la teoría del investigador inglés Jim Allen, debió alzarse la mítica Atlántida, tal como la describió el filósofo griego Platón. Todo esto ocurrió antes de la existencia del pueblo del Ayllu de Aullagas, cuyos descendientes aún guardan en la memoria su pasado.


El siguiente destino de mi viaje fue Curahuara de Carangas, donde se encuentra el gobierno comunal modelo rural de Bolivia, reconocido por la eficacia de su labor. Es aquí donde las autoridades locales visten su traje tradicional durante todo su mandato y toman las decisiones más importantes para su comunidad. Alrededor de esta ciudad aun se pueden encontrar vestigios legendarios llamados chullpares, tumbas de las culturas inca y pre-incaica. También se puede ver una sección del antiguo muro de la fortaleza que rodeaba la ciudad donde hoy se realizan excavaciones arqueológicas.


Luego, todavía en la zona de Curahuara de Carangas, tuve la oportunidad de contemplar lo que con justa pretensión llaman la Capilla Sixtina del Altiplano, una joya levantada con barro y paja. Esta iglesia pertenece a la parroquia del lugar y fue edificada en el siglo XVII. Su fascinante interior fue decorado en 1777 con escenas inspiradas en las Sagradas Escrituras, acompañadas de figuras geométricas y motivos del barroco propio de la región.


En el camino de regreso a la ciudad de Oruro pasé por La Joya, un lugar donde hoy se alzan grandes fundiciones de metales y minerales. Esta zona vivió su apogeo en tiempos de la colonia española y aún conserva abundantes yacimientos de estaño, cobre, plata, plomo, zinc y otros minerales. Más adelante me detuve en Todos Santos, para beber agua mineral, brillante y transparente como un cristal que caía de una pequeña cascada proveniente de un cerro.


La experiencia de visitar el altiplano de Oruro, esta tierra maravillosa que parece adormentada junto al frío y el canto seco de la paja brava movida por el viento, fue verdaderamente emocionante. Durante cuatro días, no solo recorrí lugares que cambiaban mágicamente, hermosos, misteriosos y fantásticos, sino también me deleitaban la vista animales nobles: llamas, alpacas, vicuñas, ovejas y también patos. Oruro, si bien velada por la huella de la conquista española, conserva el recuerdo de su glorioso y turbulento pasado. 
 

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