El Síndrome de Estocolmo se refiere al fenómeno por el cual una persona que ha sido raptada llega a querer amistarse con su captor, aparentemente contra toda lógica. Eso sucede porque la persona raptada no encuentra otra salida a su situación y opta, ante la presión psicológica extrema de su aislamiento, por darle la razón a aquel que la ha secuestrado, incluso hasta llegar a asociarse con él mismo.
En nuestra relación con Chile pasa algo similar. Nos empeñamos en amistarnos con el que nos enclaustró arrebatándonos nuestro litoral. O sea, precisamente lo contrario a lo que naturalmente se tendría que esperar: una lucha denodada para revertir nuestro enclaustramiento, una lucha que debería guardar relación en magnitud con la inmensa pérdida que experimentamos.
En el caso de nuestra relación con Chile, la percepción o creencia de que es imposible terminar con nuestro enclaustramiento, combinado con una relación hostil, desgastante y enervante, hace que prefiramos amistarnos, aunque eso signifique que tengamos que resignarnos a que nuestro enclaustramiento continúe indefinidamente. Peor aún, para justificar esa amistad creemos que la misma no significa renunciar a nuestra reivindicación marítima.
La realidad es que Chile jamás nos entregaría una salida soberana al mar por amistad. Solo lo haría si llegara a la conclusión de que hacerlo serviría más al interés nacional de Chile que no hacerlo.
Difícilmente se podría ejemplificar mejor esa realidad que con la primerísima medida que adoptó el flamante presidente de Chile, José Antonio Kast, tan pronto fue posesionado. Kast dispuso construir zanjas, muros, cercos perimetrales y torres de vigilancia entre otras medidas, como parte de “una política de cierre de fronteras y realizar una delimitación geográfica del sector más vulnerable de la frontera con Bolivia para su declaración formal como Zona Militar”. Esta iniciativa contará con el liderazgo del ejército y contempla un contingente permanente de tres mil efectivos de las FFAA y de carabineros en la frontera.
Esa medida fue tomada tras repetidas reuniones de Kast con el presidente Rodrigo Paz, todavía siendo Kast solo presidente electo, en las cuales Bolivia se desvivió en demostrar buena voluntad y deseos de mejorar la relación Bolivia Chile. Así haya sido tomada esta medida para detener la migración irregular desde Bolivia, la misma demuestra la visión que tiene Chile de Bolivia y por tanto la actitud y el accionar que deriva de la misma.
Claramente, Chile no comparte la importancia que el actual gobierno de Bolivia concede a la integración económica, a un corredor bioceánico por Bolivia y Chile, a la iniciativa “puerto por puerto”, al intercambio comercial y oportunidades de inversión, y en general, a una relación bilateral de amistad normal entre dos países limítrofes.
Al contrario. Al levantar semejantes obstáculos físicos y desplegar fuerzas de seguridad en la frontera común entre nuestros países, el actual gobierno de Chile inadvertidamente, o sin que le importe, demuestra que la relación con Bolivia es secundaria para sus intereses. De otro modo, si le hubiera dado la misma importancia que Bolivia le da a esa relación y los supuestos beneficios que se derivarían de la misma, no hubiera tomado medidas tan agresivas como las que tomó para cerrar la frontera con Bolivia.
También demuestra que Chile le da una prioridad mucho mayor a la exigencia de solucionar el tema de la migración ilegal que a un posible acercamiento con Bolivia. En la última elección presidencial en ese país uno de los temas más álgidos fue el incremento de la criminalidad causada supuestamente por la migración ilegal. Haya sido o no la realidad un reflejo verdadero de la problemática social migratoria, el hecho es que fue uno de los factores más importantes en la victoria de Kast, habiéndose éste por tanto comprometido a tomar medidas extraordinarias para resolverlo, como ser cerrar la frontera con Bolivia de una manera tan drástica que no se puede menos que ver como una medida hostil, o al menos mínimamente no amigable, y por tanto, no acorde con las iniciativas amistosas del gobierno de Bolivia.
Nada de eso nos debería extrañar, especialmente viniendo de un gobierno que representa a una corriente conservadora chilena, la cual ve altaneramente y hasta con desprecio a Bolivia, con elementos racistas, como aquellas vertidas por una diputada que aducía que los bolivianos son retrasados mentales por “haber nacido con deficiencia de oxígeno a causa de la altura”.
Bolivia, para Chile, no representa una prioridad, ni la relación con nuestro país, piensa, le representa una oportunidad de un potencial beneficio particularmente grande. Ahora bien, la reivindicación marítima de Bolivia le causa un dolor de cabeza, mayor o menor dependiendo de las circunstancias, por lo cual su objetivo principal respecto a Bolivia es, si no eliminarlo del todo, minimizarlo lo más posible. Para eso ahora cuenta con la complicidad del actual gobierno.
(*) Columna circunstancial