En países que intentan levantarse después de un largo experimento con el autoritarismo populista, con instituciones debilitadas, el crimen organizado floreciente y una moral pública diezmada, suele escucharse un consuelo tentador: que la política exterior no es prioridad. Al fin y al cabo, las urgencias están en casa. Es una idea cómoda. También es profundamente equivocada.
La política exterior es el rostro internacional de la República. Y los países, como las personas, son juzgados por su rostro mucho antes de que alguien descubra su carácter. Inversiones, turismo, empleo, cooperación científica, incluso la disposición de otros gobiernos a contestar llamadas: casi todo depende de la reputación. No es glamour diplomático; es pragmatismo. Václav Havel, experto en regenerar democracias dañadas, recordaba que la moral es indispensable para una política realista de resultados. Para países en reconstrucción, es un manual de emergencia.
El requisito inicial es obvio: credibilidad y seguridad jurídica. Los inversionistas, criaturas desconfiadas por naturaleza, no entran en países que tratan la ley como sugerencia. Los organismos financieros huyen de gobiernos que consideran los contratos como literatura flexible. Y los aliados democráticos evitan a los que improvisan políticas como quien cambia de humor. Volver al marco internacional, respetar arbitrajes y proteger inversiones no forma parte de una agenda sofisticada. Es, simplemente, dejar de asustar a la comunidad internacional.
Luego está la diplomacia profesional, una especie que algunos gobiernos han tratado de extinguir con admirable persistencia. Y, sin embargo, pocas instituciones ofrecen un retorno tan alto a tan bajo costo. Una buena diplomacia abre puertas donde los discursos solo abren sospechas; consigue acceso a quienes realmente toman decisiones; ayuda a que empresarios encuentren mercados antes de resignarse a la palabra “imposible”. Las cancillerías modernas son, en esencia, agencias de desarrollo con buen vestir: identifican exportaciones,
promueven productos con valor agregado y conectan al país con cadenas globales de suministro. El turismo, siempre nervioso, agradece la estabilidad aún más que la belleza natural.
La política exterior también interviene en campos donde uno supondría que no tiene nada que hacer: democracia, derechos humanos, seguridad, salud, educación, tecnología. Ningún país se moderniza solo. La ciencia, la innovación digital, la formación universitaria o la energía limpia no llegan por generación espontánea: llegan a través de alianzas. Para una nación en reconstrucción, estas alianzas son un atajo al futuro; prescindir de ellas es un retorno al pasado.
Y luego está el componente moral, ese que los gobiernos preferirían omitir para no incomodar a dictadores bien ubicados. Pero una democracia que se toma en serio no puede ser neutral ante violaciones de derechos humanos en la región. Condenar dictaduras, respaldar elecciones libres, exigir rigor jurídico al Sistema Interamericano y a Naciones Unidas no es romanticismo. Es autoprotección preventiva. Los silencios diplomáticos, como las deudas, siempre vuelven.
Nada de esto funciona sin una diplomacia profesional, experimentada y estable. Los países que lograron reconstruirse entendieron que los embajadores no son flores de protocolo: son la primera línea de defensa económica, política y cultural. Su credibilidad personal, su experiencia diplomática y su capacidad para no decir tonterías, es la primera impresión que el mundo recibe del país. Nombrar aficionados o novatos en su lugar suele ser un acto de irresponsabilidad.
Hoy, los ciudadanos exigen el respeto al Escalafón Diplomático Nacional, una reforma auténtica de la Ley del Servicio de Relaciones Exteriores y, sobre todo, la urgencia de poner fin a una diplomacia que, durante dos décadas, fue reducida a un botín de prebendas, destinado a favorecer a militantes, y parientes carentes de la preparación necesaria. Ha llegado el momento de dejar atrás la cultura tribal instaurada por el MAS, que despojó al país de uno de sus más valiosos instrumentos para impulsar su desarrollo y proyectar una imagen digna y respetada ante el mundo.
La reconstrucción democrática no depende únicamente de reformas internas. Exige una política exterior coherente, ética y moderna. Una política que vea el mundo no como amenaza, sino como una red de oportunidades para sus ciudadanos. Y una diplomacia profesional, formada en la Academia Diplomática, que confirme que, en el escenario internacional, luego del desastre del Socialismo del S. XXI, la República ha decidido ponerse nuevamente de pie.