Hay una imagen que la tengo presente desde que la vi por primera vez: es una mujer joven que, absolutamente agobiada, va en busca de su abuela, su refugio mayor en la vida. Corre hacia ella en busca de consuelo. La abuela la recibe, de entrada, pidiéndole que se quite esa vestimenta negra que cubre a las mujeres en Irán:
–¿No quieres quitarte esa maldita cogulla? ¡Me da claustrofobia!
–Abuela, ¡es terrible!
–¿Qué es tan terrible?
–Creo que ya no quiero a Reza, me parece que tenemos que separarnos.
–¿Y eso es “terrible”? ¡Dios mío! ¡Me has asustado! ¡Creía que alguien había muerto! ¡Ya sabes que sufro del corazón! ¿Tantas lágrimas por un divorcio?
Concluye así esa mujer, para mí, inolvidable.
Es la abuela de Marjane Sartrapi, la dibujante, escritora y cineasta iraní, que narra su vida en la novela gráfica titulada Persépolis. Una abuela cuya voz resulta una trinchera, esos días de revolución islámica en 1979, o estos días en que vuelve la guerra.
La escena es breve y su potencia política es extraordinaria. Porque esa abuela está diciendo mucho más de lo que parece. En un país donde las mujeres han sido obligadas a cubrir su cuerpo, su voz y su propio destino, ¿cómo podría no ser “terrible” un divorcio en un sistema que vigila la vida privada con celo teocrático? ¡Claro que es terrible! Pero la abuela lleva el drama a otra escala: “¡Creí que alguien había muerto!”, dice. Y ahí está todo.
Porque frente a un régimen que ha cercado las libertades más básicas -las políticas, las civiles, las íntimas- el “problema” de la nieta -su divorcio- es, en el fondo, un gesto de libertad. La abuela no ridiculiza el dolor de Marjane; más bien le recuerda, con elegancia feroz, que todavía existe algo que nadie le puede arrebatar: la posibilidad de elegir. Incluso si esa elección es pequeña. Incluso si esa libertad es apenas una rendija.
La historia de Persépolis es también la historia de una trampa política. La familia de Marjane, como miles de iraníes, había luchado contra el régimen del Sha, un sistema autoritario que con el paso del tiempo se volvió intolerable. Intelectuales, estudiantes, trabajadores, mujeres: muchos celebraron la caída de aquel poder absoluto en 1979.
Muy pronto, el nuevo régimen islamista instauró otro orden de hierro. Pasaron de un totalitarismo a otro. Y entonces surge la pregunta que atraviesa la historia moderna una y otra vez: ¿cómo se liberan los pueblos de sus libertadores? ¿Cómo escapar de los nuevos amos cuando ya se ha celebrado su llegada?
La historia -lo sabemos- tiene un extraño gusto por repetirse. Las sociedades parecen condenadas a tropezar con la misma piedra: derrocar un poder opresivo para instalar otro. Revoluciones que prometen emancipación y terminan administrando nuevas obediencias.
Tal vez por eso la voz más lúcida en Persépolis es la de la abuela.
Las abuelas -esas mujeres que han visto pasar los entusiasmos y los desastres de la historia- parecen poseer una forma particular de sabiduría: una mezcla de memoria, ironía y desconfianza hacia los absolutos. Ellas saben que los imperios caen, que los héroes se vuelven tiranos y que las revoluciones, tarde o temprano, envejecen. Por eso hablan desde otro lugar. Desde los recovecos de la vida cotidiana, desde la cocina, la sala de estar, la conversación íntima. Desde ahí narran la historia por sus pliegues más sutiles. Y así logran atravesar las fronteras.
Porque la abuela de Marjane no sólo le habla a su nieta en Teherán. Le habla también a las mujeres de otros países, a las generaciones que vendrán, a cualquiera que haya sentido alguna vez el peso de una autoridad que pretende decidir por los demás. Y lo hace con una frase simple, casi doméstica, que en medio de un régimen de prohibiciones suena como el terremoto que es: ¡Quítate esa maldita cogulla!
El costo de ello, es lo que se verá.
(*) La autora es periodista