En agosto, Bolivia enfrentará una nueva elección nacional. Como en cada ciclo electoral, volverán las promesas, las frases hechas y el espejismo de que cambiar de presidente equivale a cambiar de rumbo. Pero si algo nos han enseñado los últimos 25 años es que el problema de la democracia en Bolivia no es solo quién gobierna, sino cómo y para qué se gobierna.}
egún el estudio La democracia en los ojos de la gente, publicado recientemente por la Fundación Konrad Adenauer, el respaldo ciudadano al sistema democrático en Bolivia ha sufrido un deterioro profundo y persistente. La mayoría de los bolivianos ya no confía en las instituciones públicas —ni en la justicia, ni en la Policía, ni en los órganos electorales— y esa pérdida de confianza no se cura con un nuevo rostro en la silla presidencial.
Bolivia no es la excepción en una región donde el autoritarismo gana terreno disfrazado de eficacia. América Latina, golpeada por la desigualdad, la inseguridad y la corrupción, vive una fatiga democrática. La gente ya no quiere discursos, quiere soluciones. Y en medio de esa urgencia, muchas veces se abre la puerta a líderes que prometen orden, pero el peligro es que esa consigna se pueda anteponer al diálogo y al pluralismo, lo que ya ha estado pasando en los últimos años.
Votar no es suficiente. El sufragio es necesario, pero no es garantía. Bolivia tiene una larga tradición de participación electoral. Sin embargo, desde la crisis del 2019 —con la elección anulada por la manipulación del sistema electoral, la renuncia de Evo Morales y una transición turbulenta— las urnas dejaron de ser sinónimo de confianza. Hoy, quienes quieren gobernar a toda costa, ponen en entredicho y amenazan la legitimidad de las elecciones y eso debilita uno de los pilares básicos de cualquier democracia.
La erosión institucional no empezó ayer. La justicia, convertida en escenario de disputas partidarias, ha perdido credibilidad. El sistema político, polarizado hasta la médula, reduce el debate público a trincheras ideológicas. La economía informal, que alcanza más del 80% de la población activa, margina a millones del acceso a derechos sociales. Y la desigualdad sigue tan arraigada como siempre.
Frente a este panorama, el votante se encuentra en una encrucijada: cree menos en los partidos, menos en las promesas, pero no tiene otra vía más que elegir. Así se reproduce un sistema cada vez más frágil, donde la democracia se convierte en una cáscara sin contenido.
Uno de los hallazgos más inquietantes del estudio es la forma en que el apoyo a la democracia se ha vuelto condicional. La gente respalda la democracia solo si simpatiza con quien gobierna. Si le va bien, el sistema es legítimo; si le va mal, se vuelve desechable. Este “modelo plebiscitario” es el camino más corto hacia el autoritarismo, porque confunde democracia con adhesión personal.
En un país marcado por la inestabilidad, esta deriva no sorprende. El caudillismo sigue siendo parte del ADN político boliviano. Muchos ciudadanos aún buscan al líder fuerte que “ponga orden”, sin importar los métodos. Y mientras tanto, las instituciones se vacían, los pesos y contrapesos se debilitan y el futuro democrático se pone en riesgo.
Por eso, esta elección nacional no debe ser leída como un punto de llegada, sino como un punto de partida. Cambiar de presidente sin cambiar las reglas del juego no servirá de mucho. Bolivia necesita reconstruir sus instituciones desde la base. Necesita una justicia independiente, una Policía creíble, partidos que representen algo más que intereses personales o étnico-regionales.
También necesita una ciudadanía activa, crítica y vigilante. No basta con votar cada cinco años. Se necesita participación sostenida, vigilancia social, educación cívica y un periodismo libre que no se convierta en caja de resonancia del poder de turno.
La democracia, al final, es una cultura. Se aprende, se practica, se defiende todos los días. Y esa tarea no se delega. Si no logramos reconstruir ese pacto social de forma profunda y sostenida, ningún presidente —por bien intencionado que sea— podrá evitar que sigamos cayendo en el desencanto y en la tentación autoritaria.
El problema de fondo es que vivimos tiempos cortoplacistas. La política se ha vuelto táctica, emocional, centrada en el presente inmediato. Pero la democracia necesita visión. Requiere pensar en las próximas generaciones, no solo en la próxima elección.
Hoy, más que elegir un nombre en una papeleta, Bolivia necesita hacerse una pregunta más incómoda: ¿estamos dispuestos a defender una democracia con instituciones, límites y diálogo, incluso si no gana “nuestro lado”?
Porque si la respuesta es no, entonces ninguna elección salvará lo que ya empezamos a perder.