En medio de la compleja situación económica que atraviesa nuestro país, muchas familias hacen grandes esfuerzos para sostener la educación de sus hijos. Sin embargo, en diversas instituciones de Santa Cruz, se observa una realidad que merece una reflexión profunda.
Muchos estudiantes que no tienen los textos solicitados para las diferentes asignaturas, no llevan el material completo o, en algunos casos, necesitan acompañamiento adicional —como una maestra integradora o apoyo escolar externo— pero no lo reciben porque la mensualidad escolar ya consume la mayor parte del presupuesto familiar. En algunos casos, incluso cubrir la pensión escolar resulta un desafío constante.
Pero esta situación no ocurre solo en colegios particulares, puede presentarse en cualquier institución donde exista una brecha entre lo que el entorno escolar exige y lo que la familia puede sostener. Lo importante no es el tipo de colegio, sino si el espacio elegido permite cubrir de manera coherente las necesidades académicas y emocionales del niño.
La crisis económica actual ha agravado estas dificultades. El aumento de costos, la inestabilidad laboral y la reducción del poder adquisitivo afectan directamente la capacidad de las familias para garantizar materiales, apoyos especializados y actividades complementarias. Este impacto es inevitable en el contexto educativo. Sin embargo, también recae en los adultos la responsabilidad de priorizar de manera coherente los recursos disponibles. Tomar decisiones educativas sin considerar estas limitaciones puede generar tensiones acumulativas y afectar la experiencia escolar de los niños.
Desde la psicología basada en evidencia, estos efectos se pueden entender mediante la teoría socio-cognitiva de Albert Bandura. El psicólogo canadiense-estadounidense de origen ucraniano explica que la autoeficacia —la percepción de la propia capacidad para realizar tareas— se construye a partir de experiencias de logro repetidas. Cuando un niño cuenta con los recursos y apoyos necesarios, tiene más probabilidades de completar las tareas con éxito. Cuando enfrenta obstáculos constantes, como la falta de material o acompañamiento especializado, las experiencias de error y tareas incompletas se repiten, debilitando su percepción de competencia observable.
En estudiantes con diagnóstico, la ausencia de apoyo especializado aumenta la brecha entre las exigencias del aula y su desempeño. No se trata de privilegio, sino de ajustes educativos necesarios. Cuando estos ajustes no se implementan, los niños buscan adaptarse mediante estrategias conductuales para reducir la exposición a errores o correcciones frecuentes.
Las respuestas observables frente a estas condiciones son variadas: algunos niños presentan conductas disruptivas; otros reducen su participación; otros desarrollan sobreadaptación, intentando cumplir las demandas por sí mismos y pasar desapercibidos. Estas conductas no son caprichosas, son solo intentos de adaptación frente a una situación que el niño no controla.
Además, el aprendizaje por modelado, también descrito por Bandura, demuestra que los niños observan y reproducen las prioridades de los adultos. Cuando, por ejemplo, perciben que mantener una imagen social pesa más que actuar de manera coherente con sus posibilidades, ese patrón puede internalizarse como una forma de entender la realidad.
El modelo ecológico del desarrollo de Urie Bronfenbrenner nos recuerda que el niño crece dentro de sistemas interconectados: familia, escuela, economía y cultura. Una discrepancia sostenida entre las demandas escolares y las posibilidades familiares tiene un impacto directo en su desempeño y ajuste emocional.
En tiempos de crisis económica, elegir con coherencia es un acto de responsabilidad y cuidado. Cuando los adultos no priorizan las necesidades reales del niño, sino que se enfocan en mantener una apariencia social o en que los hijos estudien en un determinado lugar sin tener la capacidad real de sostener la formación en dicha institución, el efecto recae directamente en el desarrollo emocional y en la construcción de la autoeficacia de los niños.
Elegir con criterios de imagen más que de bienestar, genera experiencias repetidas de frustración, adaptación forzada y tensión que los niños deben manejar sin apoyo suficiente. No se trata de juzgar, sino de reflexionar. La educación es un derecho, no un privilegio. Garantizar ese derecho implica asegurar condiciones reales de aprendizaje y no solo la inscripción en una institución “de prestigio”.
La pregunta final es simple y profunda: ¿Estamos tomando decisiones educativas centradas en el bienestar real de nuestros hijos o en la imagen que deseamos proyectar a la sociedad?