La captura de Nicolás Maduro en Caracas marca un punto de inflexión en la política exterior estadounidense que trasciende el caso venezolano. Lo que presenciamos no es simplemente una operación contra un régimen dictatorial, sino la inauguración de una doctrina que el propio Trump ha bautizado como "Donroe", una fusión narcisista entre su apellido y la histórica Doctrina Monroe de 1823, contra la intervención de las monarquías europeas en el continente americano. Esta nueva era de intervencionismo unilateral amenaza con reconfigurar violentamente el equilibrio geopolítico no solo en América Latina, sino en el conjunto de Occidente.
La audacia de las ambiciones trumpistas resulta casi inverosímil para quienes creían superada la era del expansionismo territorial. Groenlandia, el Canal de Panamá, la anexión de Canadá como "estado 51º" y la intervención militar en el Caribe no son exabruptos aislados de un líder excéntrico, sino componentes de una estrategia coherente que busca redefinir las fronteras del poder estadounidense. Cuando Trump afirma que Estados Unidos controlará Groenlandia "de una forma u otra" y no descarta el uso de la fuerza militar, está dinamitando los fundamentos del orden internacional surgido tras 1945.
La paradoja más reveladora de esta nueva doctrina se evidencia en Europa. La Unión Europea y la OTAN enfrentan un dilema existencial sin precedentes: dependen del paraguas militar estadounidense para contener a Rusia en Ucrania, pero simultáneamente deben contemplar la posibilidad de que su principal aliado ataque militarmente a Dinamarca, miembro pleno de la Alianza Atlántica. La primera ministra danesa ha advertido que tal escenario significaría el fin de la OTAN y del sistema de seguridad construido desde 1945. Sin embargo, los líderes europeos permanecen paralizados, incapaces de confrontar a Washington por temor a perder su apoyo en el conflicto ucraniano. Esta parálisis revela una verdad incómoda: Europa ha cedido su soberanía estratégica a un actor que ya no comparte sus valores fundamentales.
En América Latina, las consecuencias de esta doctrina resultan aún más tangibles y preocupantes. La operación en Venezuela, aunque exitosa en términos tácticos, ha dejado intacta la estructura de poder chavista. Delcy y Jorge Rodríguez, figuras profundamente identificadas con el régimen, mantienen el control institucional mientras rechazan públicamente cualquier colaboración con Washington. Esta situación plantea interrogantes fundamentales sobre la estrategia estadounidense: ¿buscaba Trump realmente una transición democrática o simplemente reemplazar a Maduro por figuras más manejables? Los hermanos Rodríguez supuestamente deberían controlar y capturar a sus archi enemigos militares, como: Diosdado Cabello, quien controlaba las milicias civiles conocidas como colectivos y que ahora se han convertido en bandas criminales descontrolabres y a Vladimir Padrino López , el ministro de defensa quien controlaba las FF.AA – pero ahora también en franca desarticulación-, figuras que son de la cúpula del cartel de los soles, por las que se ofrecen recompensas millonarias por su captura, pero que aún están en posiciones de poder. Lo cual sugiere que la intervención priorizó el espectáculo político sobre el desmantelamiento efectivo del autoritarismo.
El caso venezolano también revela los límites de este intervencionismo militarizado. Cuba y Nicaragua presentan desafíos cualitativamente diferentes. En Cuba, más de seis décadas de control totalitario han creado un sistema de seguridad interna impermeable, donde el Partido Comunista controla absolutamente cada institución. Las protestas del 11J demostraron la existencia de descontento popular, pero también la capacidad represiva del régimen para sofocarlo sin generar fracturas institucionales explotables. Una intervención militar en la isla no solo sería exponencialmente más compleja que en Venezuela, sino que la posible gran cantidad de casualidades fortuitas (muertes más heridos, civiles y militares) evocaría fantasmas históricos capaces de generar un rechazo generalizado en buena parte del continente. Nicaragua, por su parte, presenta un régimen personalizado y militarizado donde Ortega y Murillo han consolidado un control familiar absoluto sobre las fuerzas armadas, eliminando cualquier margen para operaciones de captura selectiva.
La reacción latinoamericana ante estos eventos dibuja un continente dividido pero alerta. Como era de esperar, los gobiernos de izquierda de: Chile, Colombia, Brasil, España, México y Uruguay condenaron conjuntamente la acción militar en Venezuela, invocando principios de soberanía y derecho internacional. Esta coordinación diplomática, aunque simbólica, contrasta con la fragmentación que Estados Unidos esperaría explotar. Paralelamente, las amenazas contra Colombia, donde Trump sugirió intervenciones militares y acusó a Petro de narcotráfico, junto con la presión sobre Panamá para que rompa vínculos con China, demuestran que ningún país de la región está a salvo de convertirse en objetivo de esta nueva doctrina.
Las implicaciones globales de este giro resultan igualmente inquietantes. El rechazo trumpista al multilateralismo y su promoción del unilateralismo agresivo erosionan el sistema de normas que ha regulado las relaciones internacionales durante ocho décadas. Cuando el presidente estadounidense afirma que "cada país debe perseguir agresivamente sus objetivos de manera unilateral", está legitimando implícitamente que Rusia invada Ucrania, que China presione a Taiwán o que cualquier potencia regional imponga su voluntad por la fuerza. Esta es precisamente la lógica que el orden de posguerra buscaba evitar.
El verdadero test de esta doctrina no será su capacidad para ejecutar operaciones militares espectaculares, sino su habilidad para construir alternativas políticas sostenibles. Venezuela post-Maduro ilustra esta limitación: sin un plan coherente de reconstrucción institucional y sin el desmantelamiento de las redes de poder chavistas, la intervención estadounidense corre el riesgo de convertirse en un ejercicio de violencia sin transformación. La historia latinoamericana está plagada de intervenciones que lograron objetivos tácticos inmediatos pero fracasaron estratégicamente al generar inestabilidad prolongada, resentimiento popular y la emergencia de actores aún más radicales.
La doctrina “Donroe” representa, en última instancia, una apuesta faustiana: el sacrificio de la legitimidad internacional y la cohesión occidental en el altar de la dominación hemisférica. Trump parece convencido de que Estados Unidos puede imponer su voluntad sin consecuencias duraderas, que Europa permanecerá sumisa por necesidad estratégica y que América Latina aceptará pasivamente su subordinación. Esta lectura subestima peligrosamente la capacidad de resistencia de las instituciones internacionales, la memoria histórica de los pueblos latinoamericanos y la disposición de potencias como China para capitalizar el resentimiento generado por el unilateralismo estadounidense.
Asistimos así a un momento de ruptura civilizatoria donde el poder busca emanciparse del derecho, donde la fuerza pretende sustituir a la negociación y donde un líder individual se cree capaz de rediseñar el mapa geopolítico según sus caprichos personales. La pregunta que define nuestra época no es si Trump puede ejecutar estas ambiciones militarmente, sino si el mundo tolerará la demolición del orden internacional sin ofrecer resistencia efectiva. La respuesta a esta pregunta determinará si entramos en una nueva era de imperios y esferas de influencia, o si las instituciones y principios construidos tras la Segunda Guerra Mundial conservan aún suficiente vitalidad para contener el retorno de la barbarie geopolítica.
(*) El autor es Ph.D en Economía