¿Quiere recibir notificaciones de alertas?

Clasificados

Una disyuntiva epocal

Martes, 31 de marzo de 2026 a las 04:00

Edmand Lara no es, en esta lectura, un simple disidente institucional, sino el receptáculo de la narrativa que gobernó este país dos décadas. Su figura encarna ese populismo autoritario que lejos de buscar la modernización democrática, se ancló en una concepción mítica del poder, donde el líder no rinde cuentas a la ley, sino a una suerte de “voluntad ancestral” o una “justicia popular” que él mismo instrumentaba. En Lara, la política se despoja de su carácter racional y deliberativo para convertirse en una puesta en escena ritualista, donde la confrontación y el señalamiento del “enemigo” son los pilares de una legitimidad que desprecia las formas republicanas y democráticas. Es la persistencia de un sustrato premoderno que utiliza las herramientas del presente para perpetuar una estructura de mando vertical y mesiánica a la sombra de un caudillo vencido.

Por el contrario, Rodrigo Paz Pereira representa el advenimiento de una lógica radicalmente distinta, imbuida de los valores del capitalismo liberal propio de la posmodernidad. Su discurso y su praxis política no apelan al mito, sino a la eficiencia, al mercado y a la inserción de lo local en las redes del capitalismo tardío. Para Paz, el Estado ya no es el centro gravitacional de la mística nacional, sino un facilitador de flujos económicos y de libertades individuales. Su visión es la de una Bolivia que se desprende de las pesadas cargas ideológicas del siglo XX para abrazar una pragmática donde la identidad se construye a través del consumo, la conectividad y la gestión tecnocrática. Es, en esencia, la propuesta de una “democracia liberal” que busca sustituir el conflicto étnico-social por la dinámica del capitalismo liberal siglo XXI.

Esta contradicción nos sitúa en un escenario de profunda asimetría narrativa. Mientras Lara intenta cerrar filas en torno a una identidad autoritaria, Paz abre el abanico hacia una subjetividad posmoderna, fragmentada y móvil, propia de un capitalismo que ya no necesita de grandes relatos nacionales para funcionar. La tensión aquí es estructural: es el choque entre una visión “pachamamista” cifrada en un orden sagrado y vertical, y otra que propone la disolución de esos órdenes en favor de la libertad individual y el dinamismo del capital.

Lo que está en juego en esta disputa es la definición misma del futuro boliviano. ¿Seguirá el país atrapado en la recurrencia de liderazgos que confunden la justicia con la venganza y la política con el mito indigenista, o transitará finalmente hacia esa posmodernidad liberal afincada en libertades civiles? La figura de Lara es el recordatorio de que el pasado autoritario siempre está al acecho de la crisis; la de Paz es la apuesta por una modernidad que, para consolidarse, requiere de un ciudadano que se reconozca más como el interlocutor natural de las transformaciones que requiere el país.

En última instancia, la discrepancia entre ambos no es solo política, sino ontológica. Lara habita un tiempo circular, de retornos y reivindicaciones populistas, donde el autoritarismo es la única garantía de orden. Paz habita el tiempo lineal y acelerado de la posmodernidad, donde el cambio es la única constante y el capitalismo liberal es el único horizonte posible. Entre estas dos aguas navega una sociedad boliviana que, exhausta de los experimentos populistas, mira con desconfianza tanto la rigidez del mito como la incertidumbre del mercado.

(*) El autor es sociólogo

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones: