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Una crisis inédita

Viernes, 28 de noviembre de 2025 a las 04:00

Habría que empezar haciendo notar que las tensiones entre la Presidencia y la Vicepresidencia de la república no son una excepción. Varios países en la actualidad atraviesan situaciones similares, lo que distingue el caso nacional es que, al tratarse de un gobierno de transición entre dos “épocas”, el conflicto entre Paz Pereira y Lara parece reflejar dos concepciones diferentes del Poder y una idea divergente de lo que debiera ser la reconstrucción democrática. Se trata, en suma, de dos ideas diferentes de Estado. Esta dinámica hace parte intrínseca de la problemática que en este momento tensiona las relaciones entre el presidente y el vicepresidente, pero además plantea algunas preguntas de fondo: ¿Qué fuerzas se mueven en el proceso de reconstruir la democracia boliviana? ¿Se trata de una disputa entre el populismo neomasista y la democracia liberal?


Por un lado, dialécticamente hablando, el populismo masista es una etapa consumada de la historia y en consecuencia no podría repetirse en los mismos términos en los que se desarrolló a lo largo de veinte años bajo la égida evista. De esto podríamos desprender que Lara no es masista, pero actúa bajo los mismos principios y argumentos. Se trata de un fenómeno neopopulista que se expresa y desarrolla en los interiores de la tan echada a menos democracia popular. Se mueve en el espacio democrático, aunque es lo que en realidad combate. Un connotado político nacional dio en una entrevista en Radio Marítima de Santa Cruz una apreciación bastante cercana a la realidad: Lara es -dijo- el heredero natural de Evo Morales, apreciación que refleja en parte el proceso de constitución del “larismo”, empero, no es exactamente un símil de Evo, aunque es, en cierta forma, una réplica del caudillo con connotaciones propias. Lo que tienen en común, es que ambos son una expresión de las fuerzas antidemocráticas y autoritarias que el MAS ha liberado en medio de su desastrosa derrota electoral, y, sobre todo, como producto de su implosión.


Si esto es así, estamos frente a una situación inédita en la historia nacional, una lucha a muerte en el seno mismo del Estado. En palacio quemado tenemos gobernando el oficialismo y la oposición y no en un sentido de complementariedad, sino, como la proximidad de los opuestos, dialéctica que nadie sabe qué síntesis puede producir.  Las grandes batallas que se avecinan en el campo político tendrán en consecuencia dimensiones inéditas, pues todo indica que los escenarios del conflicto se han trasladado al núcleo mismo del Estado, y, en consecuencia, las tensiones pondrán en el tapete su propia naturaleza, estabilidad, e incluso su legitimidad. De alguna manera presenciamos la batalla final entre dos visiones de sociedad y de Estado que bien podríamos describirlas con el conocido adagio arábico:  “Umm al-Ma’arik” ; “La madre de todas las batallas”. 


Lo que esta situación decanta es la diferencia entre una visión democrática y liberal y una neopopulista. Lara no es Evo, pero se parece mucho. Rodrigo, en cambio, se muestra como su antagónico natural. Ambos son como el agua y el aceite, no solo en el discurso, también en el estilo de hacer política, pero sobre todo en los proyectos de Estado y sociedad que encarnan. 


Es posible que esto nos obligue a reflexionar sobre todo aquello que la historia boliviana tiene pendiente, y que, entre las muchas cosas que aún están en el tintero, la más trascendente sea el destino final de los esfuerzos estatales. Para algunos son los “pobres”, para otros “los indígenas originario-campesinos”, un tercer observador señalaría a las clases medias emergentes, para mí, los destinatarios finales constituyen la nueva burguesía popular, empero, de quién será el Estado postmasista es aún un acápite incierto del que nacen todas estas terribles inquietudes.
 

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