Es positivo que Bolivia esté presente en escenarios internacionales de alto nivel. La cumbre del llamado Escudo de las Américas, convocada por el presidente estadounidense Donald Trump, es uno de esos espacios donde se discuten asuntos que trascienden fronteras: seguridad, crimen transnacional y cooperación regional. La presencia del presidente boliviano Rodrigo Paz Pereira permite al país estar en la mesa donde se abordan problemas que también impactan en Bolivia.
Pero el encuentro dejó una señal política difícil de ignorar. Países relevantes como México, Brasil, Colombia, Perú y Uruguay no estuvieron presentes. La ausencia refleja una realidad conocida: en la región, las afinidades ideológicas siguen pesando tanto como —o más que— las relaciones diplomáticas. Algo similar ocurrió durante el ciclo del socialismo del siglo XXI.
La cumbre dejó además un mensaje claro: endurecer la lucha contra los cárteles del narcotráfico, incluso con herramientas militares. No es un secreto que a Trump le atraen las soluciones de fuerza. La pregunta incómoda surge inevitable: ¿estaría Bolivia dispuesta a considerar el uso de las Fuerzas Armadas para enfrentar al crimen organizado?
Más allá de las fotos protocolares o de los elogios diplomáticos de ocasión, lo importante es el debate que debe abrirse puertas adentro. Seguridad regional, narcotráfico y cooperación militar son asuntos demasiado serios para quedar solo en gestos simbólicos. En democracia, los gestos cuentan, pero las decisiones —y sus consecuencias— cuentan mucho más.
(*) El autor es editor