Luis Arce encarna hoy una de las transiciones políticas más abruptas de la historia reciente del país. De haber cumplido apenas cinco años en el poder, pasó a cumplir cinco meses de detención preventiva. El vértigo de ese cambio no solo refleja la fragilidad de su liderazgo, sino también la velocidad con la que el poder puede convertirse en vulnerabilidad cuando los expedientes comienzan a pesar más que los discursos.
El presidente se presentó como el abanderado de la industrialización, pero terminó gobernando en medio de la inflación persistente y un deterioro evidente del bolsillo de la gente. Las promesas de progreso chocaron con la vida diaria: precios que suben, ingresos que no alcanzan y una sensación de retroceso. El gobierno dejó de medirse por anuncios y pasó a evaluarse en el mercado y la mesa familiar.
También se diluyó la épica del “presidente del Bicentenario”. La fecha simbólica que debía coronar una gestión histórica quedó opacada por la condición de procesado en el caso Fondioc, uno de los mayores escándalos de desfalco de recursos públicos destinados a pueblos indígenas. El relato del legado fue reemplazado por la por las pruebas y expedientes de una deplorable corrupción.
Quizás el signo más elocuente sea la soledad. Del coro de “Lucho no estás solo” se pasó al detenido que recibe pocas visitas en el penal de San Pedro. Incluso los familiares más próximos brillan por su ausencia. En política, la soledad no siempre llega con la derrota electoral; a veces llega antes, cuando el poder se queda sin defensores.