El debate sobre las subvenciones se radicaliza. Desde posiciones ideológicas ortodoxas la pregunta es sencilla. Se mantiene o se suspenden estas subvenciones. Y los discursos son contundentes sobre los beneficios y los perjuicios que provoca. Más allá de estas arengas idealizadas, la respuesta debe llegar desde la realidad y la necesidad misma. Aquí, el escenario es mucho más rico en soluciones: disminución gradual de la subvención, aplicación sectorial a diversos rubros según necesidades particulares, y otras maneras de aplicar la ayuda.
La corrupción es el primer escollo a vencer. Todavía está por cuantificar el daño que ha provocado este desvío intencionado de las ayudas. Los números en YPFB, con la compra de combustible a través de trading coludidos, son de escándalo. En Emapa, ocurre otro tanto con la compra venta de harina. Dirigentes y responsables políticos encontraron en estas prácticas una manera de enriquecerse a costa del dinero público y del sufrimiento de la gente. Cortar estas vías de corrupción es el paso inicial para considerar la real dimensión que implica las subvenciones.
Una pauta sensata se proyectó en el encuentro Bolivia 360 que se realizó en mayo de este año en Harvard. Sí, ese encuentro donde participaron buena parte de los candidatos presidenciales y desde el que emergió un plan económico para el país. Los expertos que allá diseñaron las líneas maestras de la recuperación económica tenían clara una máxima primordial: en la salida de la crisis no se puede dejar a nadie (a ningún sector) atrás. Las medidas, por tanto, deben primar la solidaridad.