Una mirada a la cultura del miedo y la obediencia que marca nuestra educación y condiciona la manera en que elegimos autoridades, participamos como ciudadanos y proyectamos el futuro del país.
Cada vez que llegan elecciones municipales y departamentales, Bolivia repite una escena conocida. Escuchamos promesas, vemos confrontaciones, sentimos cansancio… y aun así volvemos a votar sin exigir cambios de fondo.
Criticamos a nuestras autoridades, pero rara vez nos preguntamos qué tipo de ciudadanía estamos siendo.
Existe un rasgo profundo de nuestra cultura que explica buena parte de nuestros problemas económicos, sociales y políticos: fuimos educados con miedo al error y obediencia a la autoridad, más que con pensamiento crítico, responsabilidad y capacidad de aprender.
Desde pequeños aprendimos que equivocarse trae castigo, vergüenza o culpa. Que cuestionar es peligroso. Que obedecer es más seguro que pensar. Esa lógica, que nace en la familia y la escuela, no desaparece con los años: se traslada a la política, a la economía y a la vida social.
Un país que castiga el error es un país que innova poco. Muchos jóvenes no emprenden por temor a fracasar y muchos profesionales prefieren la seguridad mínima antes que crear algo nuevo. El resultado es una economía que sobrevive, pero no despega; que depende, pero no se diversifica. No es falta de talento: es miedo cultural aprendido.
En lo social, cuando la obediencia vale más que la conciencia, la ciudadanía se vuelve pasiva o reactiva. Se protesta, pero no se construye; se grita, pero no se dialoga. La desconfianza se instala entre personas e instituciones, debilitando el tejido social y normalizando el conflicto permanente.
En política, este patrón se vuelve especialmente peligroso. Buscamos líderes que “pongan orden”, aunque no expliquen cómo. Elegimos discursos duros, pero vacíos; autoridades que mandan, pero no rinden cuentas. Votamos personas, no proyectos. Emociones, no planes. Y luego nos sorprendemos del resultado.
Gran parte de este problema nace en el sistema educativo. Durante décadas hemos privilegiado un modelo que premia la repetición y castiga el error. Ese modelo puede generar obediencia, pero no forma ciudadanos críticos ni líderes responsables. Hoy el mundo avanza hacia una educación que enseña a pensar, a cuestionar con respeto y a aprender del error. Sin una reforma educativa profunda, Bolivia seguirá eligiendo desde el miedo lo que debería elegir desde la conciencia.
Este desafío es urgente en los jóvenes entre 18 y 24 años, que hoy votan y mañana gobernarán. Muchos llegan a la adultez con títulos, pero sin herramientas para analizar propuestas, exigir planes integrales o participar sin apatía ni violencia.
Hoy, frente a nuevas elecciones para alcaldes y gobernadores, la pregunta no es solo por quién votar, sino qué exigir. Bolivia no necesita más salvadores. Necesita planes integrales de transformación: reforma educativa, participación juvenil real, instituciones que aprendan del error y liderazgos que expliquen y rindan cuentas.
El voto responsable no es solo marcar una papeleta. Es preguntar: ¿cuál es su propuesta concreta de educación?, ¿cómo formará ciudadanos críticos?, ¿qué plan tiene para transformar la cultura política y social?
Bolivia puede transformarse, pero no desde el miedo ni desde la improvisación. Solo desde una ciudadanía que deja de obedecer sin pensar y empieza a participar con responsabilidad y criterio propio.