En el Foro de Davos 2026, el primer ministro de Canadá afirmó con énfasis: “El mundo ya no volverá a ser el de antes. La verdad ha comenzado a salir a la luz.” Aunque su mensaje pretendía proyectar optimismo frente a una nueva era de gobernanza global, para muchos pueblos del sur global esa frase tuvo otro eco: el de una verdad que ya no puede seguir escondida.
Durante décadas se nos vendió una narrativa hegemónica: democracia, justicia, libertad… con Estados Unidos como su faro. Pero los pueblos, con creciente lucidez, están empezando a ver el decorado caer. Detrás de la promesa de bienestar se escondía un sofisticado sistema de control: crédito fácil, consumo compulsivo, trabajo sin fin. Un modelo que ofrecía abundancia a cambio de tiempo, cuerpo y alma. Esclavos del trabajo para mantener un estilo de vida sobredimensionado, dueños de nada porque todo lo deben.
Y aquí, en este escenario de fractura global, Bolivia tiene una pregunta urgente que hacerse:
¿Estamos imitando ese modelo, o estamos construyendo uno propio?
Autonomía no es solo un reclamo político; es una forma de ser. Y ser autónomos empieza por ser soberanos internamente. Porque ningún pueblo será verdaderamente libre si no ha aprendido a ser libre por dentro. ¿Y dónde comienza ese aprendizaje? En la educación.
Nuestra educación, todavía basada en el castigo al error y la repetición mecánica, moldea subjetividades obedientes, no conciencias libres. Enseñamos a memorizar, no a discernir. A cumplir, no a crear. En este modelo, el error se penaliza y con ello se mutila la curiosidad, el pensamiento crítico, la posibilidad de cuestionar.
Si queremos una Bolivia autónoma de verdad, no basta con descentralizar funciones. Tenemos que reimaginar la educación como el corazón del proyecto de país. Una educación que despierte la soberanía interior de cada niña, cada niño. Que los entrene para ser libres en su pensar, creativos en su actuar, y responsables de su comunidad.
Mientras en el norte global muchos descubren que lo que llamaban “bienestar” era en realidad una cárcel disfrazada de confort, aquí en el sur tenemos la oportunidad de evitar ese error. No se trata de idealizar la pobreza ni de rechazar el progreso, sino de preguntarnos: ¿qué tipo de bienestar queremos construir y a qué precio?
Un campesino boliviano que vive en su propia casa, que trabaja para vivir y no vive para trabajar, puede ser más rico que quien debe todo para mantener un confort ficticio. Porque hay una riqueza que no se mide en cosas, sino en libertad interior, sentido comunitario y arraigo a la tierra.
La gran transformación comienza allí. No en Davos, no en los discursos globales, sino en cada aula donde un niño boliviano aprende a conocerse, a pensarse libre, a confiar en su voz. Desde allí, desde esa soberanía del ser, podrá emerger una Bolivia realmente autónoma, no solo de palabra, sino de espíritu.
La pregunta que define este tiempo ya no es “¿quién tiene más?”, sino: ¿quién es más libre?
Y a los candidatos que hoy buscan gobernar nuestras ciudades y regiones, una sola pregunta, clara y urgente: ¿Cuál de sus propuestas tiene la visión del nuevo boliviano?
* Rafael Pacheco C., Psicoterapeuta y consultor en desarrollo humano