Hace algunas semanas empezó a difundirse un programa de análisis político titulado Acidez, en el formato de “streaming”, en el cual sus conductores Yerko Ilijic y Diego Ayo intercambian opiniones respecto de la coyuntura nacional.
Es durante una de estas emisiones que se refieren al sector agroindustrial cruceño, especialmente al soyero, con imprecisiones técnicas, además de entrar en desaciertos en temas socioculturales e incluso históricos. Corresponde, entonces, realizar múltiples aclaraciones al respecto.
De acuerdo con la versión de uno de los analistas, la producción de soya en Santa Cruz es de sólo una tonelada por hectárea cultivada, en comparación con Argentina, Paraguay o Brasil, que producen cuatro toneladas por hectárea, calificando, por ello, como “agrovagos” a los productores locales. Sin embargo, el rendimiento de la producción local ya bordea las 2,4 toneladas por hectárea, y sólo de 3.2, 2.9 y 3.6 toneladas por hectárea, los registrados en los citados países, respectivamente, valores alcanzados gracias a décadas de acceso a recursos biotecnológicos diversos, además de haber realizado durante todo ese tiempo, una extensa investigación científica para mejorar sus resultados. Si bien el año 2005 se aprobó en Bolivia el uso del evento de soya RR y recientemente se anunció la aplicación del evento de soya HB4, esta última tecnología se encuentra en estudio y validación para la determinación de las variables óptimas de cultivo, en busca de superar el rendimiento ya señalado, esperando resultados más favorables recién el año 2027.
Otro de los desaciertos conseguidos por los conductores de dicho programa fue negar la posibilidad de que Santa Cruz pueda convertirse en un polo de atracción para el resto del país, lo cual atribuyen a una lógica “endogámica y excluyente de los cruceños”, aseverando que el departamento sólo podrá crecer “el momento en que los cruceños se den cuenta de que son bolivianos, y se den cuenta de que tienen que crear un corredor bioceánico, una salida por el Atlántico, y generar dinámicas bolivianas de crecimiento”.
Conviene en este punto, hacer un poco de docencia, y poner en conocimiento del señor Diego Ayo, que sus sugerencias son precisamente los planteamientos del Memorándum de 1904, aquel documento redactado por intelectuales cruceños a principios de S. XX, en el cual se demandaba al Honorable Congreso Nacional, la construcción del ferrocarril hacia el oriente, justamente para salir hacia el Atlántico por el río Paraguay y, a través de este proyecto, vincular el departamento de Santa Cruz con el resto del país, fortaleciendo la economía de sus regiones y no depender de las imposiciones chilenas por el uso de sus puertos; debe destacarse también que, hasta entonces, la política nacional se focalizaba en la lucha entre el norte y el sur del país, es decir entre los empresarios mineros del estaño y los empresarios mineros de la plata, respectivamente, y fue el célebre Memorándum de 1904 que inició un cambió histórico, llevando el eje de discusión entre el occidente y oriente de Bolivia, es decir, debatiendo por primera vez la capacidad de la actividad agrícola de Santa Cruz, desde donde se proponía un proyecto de integración nacional, una alternativa de modelo económico basado en la producción industrial de azúcar, algodón, ganadería, etc., en contraposición con el oligárquico modelo de extracción de minerales de la región andina.
El mensaje del Memorándum de 1904 profundizó en la historia, influenciando en la redacción de nuevos documentos, siendo uno de ellos el Plan Bohan, elaborado por una misión norteamericana el año 1942 y, en el cual se sugería, entre otras propuestas, conectar la región oriental con el resto del país, además de la creación de industrias azucareras en el norte de Santa Cruz, sugerencias que fueron materializadas años más tarde con la creación del Ingenio Azucarero La Esperanza (1944), Ingenio La Bélgica (1952), la empresa estatal Ingenio Azucarero Guabirá (1956), y el Ingenio Azucarero San Aurelio (1957); este es el momento exacto en que Santa Cruz empieza a convertirse en un polo de atracción, motivando a miles de pobladores del occidente del país a enlistarse en la conocida “marcha hacia el oriente”, quienes atraídos por las fuentes de trabajo que ofrecía la zafra cañera, entre otras labores, decidieron sumarse al proyecto cruceño de integración nacional diseñado por los intelectuales cruceños de principios del S. XX. Un nuevo paradigma de desarrollo económico para Bolivia se ponía en marcha, con Santa Cruz como epicentro.
Sin embargo, la actividad agroindustrial de Santa Cruz no empezó el S. XX, sino que tiene su origen con las primeras plantaciones de caña traídas desde Asunción en 1561 para la producción de azúcar, y es a partir de la expansión de los ingenios azucareros del S. XVIII que se evidencia, de acuerdo con los documentos hallados, la palabra “camba”, en referencia al peón que trabajaba en las actividades del ingenio y, por cuyo esfuerzo este recibía un sueldo diferenciado, es decir de acuerdo con sus capacidades, habilidades o conocimientos demostrados, a diferencia de la explotación de esclavos africanos en Santo Domingo o la vecina colonia portuguesa de Brasil. Se demuestra, por tanto, que la categoría “camba” no está ligada con la servidumbre o marginación de pobladores de Santa Cruz, sino que, por el contrario, forma parte de la configuración social y cultural de esta región oriental; basta observar, como prueba de esta influencia, el traje típico del “camba”, pudiendo notarse rápidamente que se trata de la vestimenta usada por el zafrero cruceño.
Por lo tanto, no es aceptable definir a la sociedad cruceña como “endogámica y excluyente”, toda vez que comparte desde 1825 su visión de desarrollo con el resto del país, sirviendo como el polo de atracción más trascendental en la historia de Bolivia.
Y para no estigmatizar el aporte realizado por la agroindustria cruceña, sólo recordar que ninguna actividad económica en la historia del país sirvió como espacio para el encuentro y desarrollo cultural de la bolivianidad, como lo fue la zafra cañera de Santa Cruz. Quedan hechas las aclaraciones necesarias para el conocimiento de la población.