Nadie olvidará que el 2024 fue un año políticamente horrible, marcado por la burda disputa, por el mando de la organización política (MAS) que, en los últimos tiempos desconectada de la realidad, solo usufructúa del poder. La bochornosa pugna evolucionó de insultos y sillazos, a criminosos bloqueos parlamentarios, judiciales, ambientales y de carreteras, con efectos fratricidas, cooptación y prórroga del frankestein constitucional, combinados con denuncias de abusos contra menores, hasta actos de corrupción que apuntan a círculos familiares de los confrontados.
Esta necia disputa, ha dañado alevosamente el funcionamiento y credibilidad en los órganos e instituciones del Estado, acelerando la angustiosa situación económica del país y profundizando la anomia institucional. El resultado es cada vez mayor desesperanza, desconfianza, incertidumbre y desencuentros de todo tipo, entre bolivianos. Por ende y como reflejo, es natural que estudios y encuestas recientes, coincidan en que más del 90% de los bolivianos sienten que vamos por mal camino, y que la situación económica del país es mala.
La mala política en el país ha generado enorme desaliento en la economía, que incide en instituciones y familias. No debemos sorprendernos como lo establecen estudios de opinión que 6 de cada 10 bolivianos consideraría la posibilidad de emigrar a otro país, si se le presentará la oportunidad (Ipsos Mori Dic 24). En lo económico prevalece en la población, la sensación de que la inflación se incrementará, los ingresos disminuirán y el desempleo como la precarización laboral, también aumentarán.
Políticamente el 2025 se inició con un discurso avinagrado del Presidente Luis Arce Catacora, con expresiones delirantes y divorciadas de las aflicciones que sufren las familias bolivianas, mensaje emitido nada menos que en la Casa de la Libertad de Sucre. La unidad de la que superficialmente o por tropezón habló, no se construye por decreto, tuvo más de 4 años para tejer el encuentro de los bolivianos, sanear la economía y proteger las instituciones, pero prefirió jugar al duro y no atender aspectos vitales. Eso sí, se sintió el tufo fatuo de candidato que portaba en su aparición, tratando además de sacar de forma oportunista réditos a la conmemoración de nuestro bicentenario. No será el único, con seguridad.
Siendo el año 2025 predominante electoral, es del lamentar que, del lado denominado opositor, tampoco existe claridad ni en liderazgos, ni en cuanto a respuestas a los problemas centrales del país. Han finalizado el año 2024 fragmentados, pero haciendo pasarela política sin mostrar estructuras; difundiendo encuestas, pero sin hacer conocer propuestas, excepto expresar en distintos decibeles un profundo antimasismo, que siendo legitimo no conlleva per se la constitución de un proyecto político alternativo de carácter integral. Ambos bloques, el del MAS y el antimas, convergen en su falta de renovación de liderazgos, insuficiencia de ideas y propuestas para encaminar al país a dimensiones distintas en las que siempre se ubica.
El año que iniciamos tiene un valor historico trascendental en términos de generar espacios de reflexión que lejos de los típicos escenarios belicosos o demagógicos de la política electoral, debe desde otros espacios académicos, cívicos o institucionales priorizar el estudio profundo de nuestra realidad, identificando las causas que provocan que luego de 200 años sigamos siendo un país marcado por la inestabilidad política, la fragilidad institucional, dependencia de materias primas no renovables, fracturas regionales y étnicas, postergación a los jóvenes, sistemas de salud y de educación débiles, entre otros aspectos recurrentes que hacen de Bolivia una manifestación fidedigna del mito de Sísifo.
En síntesis, este 2025 tendremos que cruzar magullados como sociedad un largo desierto, cargando el desaliento generalizado, las expresiones de debilidad y división en la ruta, las limitaciones de carácter material, y sobre todo en el camino remediar la evidente falta de dirección técnica y política para establecer una ruta común que nos lleve a buen destino. La esperanza es que, cruzando el desierto aprendamos de la desolación y nuestros errores, que del dolor acumulado nazca la buena política y forjemos entre todos, una mejor patria, sin distinciones, con mejores condiciones de vida y superior destino para las nuevas generaciones.