“La sinceridad nunca ha figurado entre las virtudes políticas y las mentiras siempre han sido consideradas en los ámbitos políticos como medios justificables.”
Hannah Arendt.
“Incluso votar por lo justo es no hacer nada por ello. Es tan solo expresar débilmente el deseo de que la justicia debiera prevalecer. Un hombre prudente no dejará lo justo a merced del azar.”
Henry David Thoreau.
Es evidente que Bolivia se encuentra sumergida en una profunda y severa crisis moral. La derrota de un régimen criminal no bastó para que los actores de tal crisis dejaran de recorrer el mismo camino que nos trajo, como país, a este desolado momento. La derrota electoral del MAS debería significar un cambio de timón, donde los errores cometidos no se vuelvan a cometer; la gente y, sobre todo, los políticos —que en teoría buscan el bien de la gente— deberían haber grabado con fuego un “nunca más”. Empero, no bastó la peor crisis moral de la historia de este país, pues los políticos de oposición —que en teoría significan una mejora al MAS— comenzaron a mostrar su verdadera naturaleza: su sentido de vida.
Si uno elimina la confusa inclinación ideológica de los políticos y trata de encontrar la esencia del político boliviano, se encuentra con un patrón preocupante: su sentido de vida. Pero, ¿qué es el sentido de vida? Ayn Rand entendía por este “al equivalente preconceptual de la metafísica, una apreciación subconscientemente integrada y emocional del hombre y de la existencia”. Es decir, el conjunto de valores —o seudovalores— con los que el hombre reacciona —emocionalmente— a la vida; son los “valores” que uno acepta —consciente o subconscientemente— como principales y que, posteriormente, se automatizan en nuestro subconsciente mediante los juicios que emitimos y las acciones que realizamos. Estos valores son, por definición, los principios que caracterizan nuestra esencia como individuos y desnudan nuestra visión sobre la vida misma, lo que pensamos que está bien o mal. Entonces, para descubrir el sentido de vida de la clase política debemos realizar la siguiente pregunta: ¿qué impulsa realmente a los políticos bolivianos?
Si uno toma lo que ellos, en su generalidad, dicen, podría afirmar que buscan el bien de Bolivia, pues todos se llenan la boca de amor por el país, todos alegan que están realizando un sacrificio digno de encomio y, sobre todo, que son defensores de los menos favorecidos, de quienes sufren, del pueblo. En la práctica, la historia es otra. Debería bastar la realidad del país para convencer hasta al más escéptico de que sus intenciones no son esas; de que todas las acciones que realizan nos llevan a puertos diferentes de los que prometen y, lo más importante, las gráficas mentiras que vierten como excusas deberían ser suficientes para condenarlos.
Viendo que, en la realidad, a la clase política no le interesa el bienestar del país, debemos encontrar cuál es ese valor que buscan. Tengamos en cuenta que todo ser humano, de forma consciente o inconsciente, tiene un valor principal que busca alcanzar y/o mantener y que, al mismo tiempo, sirve de estándar o condición de valor para todas sus acciones y metas. En el caso de la clase política, es el poder. No puede explicarse de otra forma las constantes contradicciones en las que caen, el descaro en las mentiras que vierten y la trivialidad con la que intentan dividir a la gente en grupos de enemigos y amigos.
Es sobre el poder como meta que la clase política estructura su visión del ser humano y de la vida; es sobre el poder que construyen su ética y sus acciones. Lo que quiere decir que ni la vida del ser humano ni el bienestar de este tienen valor en sí mismos: solo el poder lo tiene. Lo peor de todo esto es que la vida del ser humano —ese valor que no se puede reponer si se pierde— solo tiene valor para la clase política si va conforme a su búsqueda de poder. La vida de las personas, entonces, es instrumental y no un valor supremo.
Y uno se puede preguntar: ¿para qué quieren poder? La respuesta es clara: para vivir de los demás. La clase política, en su generalidad, está compuesta por personas que cambian constantemente de posición en función de lo que la gente quiere escuchar. Prometen “salvar” al país en 100 días o menos —algo que es materialmente imposible— con el afán de llegar a la silla del poder (ellos saben la penosa realidad de sus promesas). Son personas que dicen no tener ideología o, peor aún, que son capitalistas de rostro humano y socialdemócratas al mismo tiempo —es decir, son blanco y negro al mismo tiempo—. El fin: no sonar “extremos” y, como dijo la senadora Barrientos, “tener margen de movimiento de cintura”. ¿Para qué? Para agradar al votante y alcanzar el poder.
Estos señores no se dan cuenta, o hacen caso omiso, de que el término “extremista” no se puede aplicar cuando uno habla de un valor como la vida y la libertad. Uno no puede estar más vivo o menos vivo; o uno está vivo y tiene el espacio —libertad— para poder autogenerar su vida o no lo está. No existe un centro cuando se trata de la vida. La inmoralidad brilla en estos profesionales de la política que, además, se presentan a sí mismos como el último bastión de la moralidad en Bolivia. El sentido de vida de la clase política boliviana, en su gran generalidad, queda en evidencia: son personas que no producen ni crean valor, sino que viven del resto.
Para que exista un amo debe existir un esclavo. Sin un siervo que trabaje para ellos, esta clase de personas tiende a desaparecer: no hay quien los mantenga y, al igual que un parásito, necesitan vivo al ser que parasitarán; necesitan que todos los que producimos y trabajamos normalicemos esta clase de conductas y no actuemos con justicia, es decir, que no señalemos sus vicios y, sobre todo, que no hagamos nada al respecto.
Si uno ama realmente su vida, ama realmente su tierra y su familia, debe actuar en consecuencia. Ello significa identificar los valores que permiten y sustentan que florezca la vida y defenderlos radicalmente, de forma “extrema”. Pues, de lo contrario, esta clase de personas continuará viviendo de nosotros y el estado de crisis será constante, donde el bienestar suyo continuará siendo una ilusión imposible de alcanzar. No basta con votar con racionalidad; uno debe presionar al político luego de la elección para que cumpla su única función moral: proteger los derechos de cada persona a la vida, la propiedad y la libertad.