Hay verdaderos servidores públicos que consagraron su vida a la patria. Gustavo Aliaga Palma es uno de ellos. Diplomático y acucioso historiador, dedicó gran parte de sus esfuerzos a rescatar y preservar el valor de la medalla presidencial. También fue autor de obras como Historia del Palacio de Gobierno e Historia de la Cancillería de la República. Antecedentes de la política exterior boliviana. Fue diputado por Comunidad Ciudadana desde 2020 y partió de manera inesperada hace pocas horas. Hombres como él son imprescindibles para toda sociedad. Que reciba los homenajes que merece.
Se van parlamentarios que no queremos volver a ver. Y hay que mencionar, sin lugar a dudas, a los “esforzados políticos” que cierran su triste paso por la historia con legados pintorescos, por decir lo menos: la creación del Día del Hombre, el pedido de celulares para su despedida y las grotescas grescas callejeras en un lugar destinado a construir consensos y a buscar el bien común. Lo único que merecen es el olvido.
Se va silencioso. De vez en cuando alentó el rencor. Es difícil recordar una buena acción suya durante los cinco años en que presidió la Asamblea Legislativa o en los catorce que acompañó a Evo Morales. David Choquehuanca Céspedes, autoproclamado “el último inca”, ejerció su poder para obligar a contrariados relojeros a girar las agujas del reloj del Palacio Legislativo en sentido contrario. Aquel gesto, sin duda, tuvo trascendencia: hombres como él lograron su objetivo, que el país retroceda en lugar de avanzar.