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La última llama del gas

Miércoles, 15 de octubre de 2025 a las 04:00

A más de veinte años del proyecto Pacific LNG —aquel intento de mirar el Pacífico no solo como un anhelo histórico sino como una oportunidad estratégica— Bolivia se encuentra, paradójicamente, sin el gas suficiente para generar divisas. De exportador orgulloso, pasó a importador crónico de carburantes; de país que soñaba con diversificar mercados, a uno que no logra acceder a los dólares suficientes para comprar los carburantes necesarios para mantener en pie el aparato productivo y la movilidad.

Lo que parecía el comienzo de una era de prosperidad se convirtió en un ciclo que se extingue. La “guerra del gas”, aquel octubre de 2003 que cambió la historia de la política nacional, fue también el punto de partida de un modelo que hoy llega a su límite. Entonces, el país discutía cómo vender el gas. Hoy, discute cómo conseguirlo para generar recursos.

Durante los primeros años del siglo XXI, Bolivia tenía 52,3 trillones de pies cúbicos de gas, reservas que la convertían en potencia regional. Seguramente habrá quien discuta estas cifras a merced de tecnicismos y percepciones ideológicas respetables, pero también es cierto que, con esas perspectivas de comienzo de siglo, se pretendía alimentar el mercado energético de Estados Unidos y México, a través de un puerto chileno. La “opción” de Perú nunca fue una opción. Allí está Camisea operando y exportando, seguramente en medio de contradicciones propias del desarrollo, pero —eso sí— atrayendo dólares. 

Volviendo a Bolivia, detrás de las tratativas del periodo 2001-2003 había una visión geopolítica que apuntaba a reinsertar al país en la economía global y, al mismo tiempo, abrir una puerta al Pacífico. El proyecto naufragó por una combinación de factores: errores políticos, cálculos electorales, desconfianza interna y el viejo dogma de la soberanía entendida únicamente desde la perspectiva de las guerras perdidas.

El 17 de octubre de 2003, con la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada, se clausuró ese intento. En su lugar nació una nueva narrativa: la nacionalización. Evo Morales construyó sobre las ruinas del Pacific LNG el relato de la recuperación de los recursos naturales y, con ello, el cimiento de un poder político que duró casi dos décadas. Ese ciclo, que comenzó con pozos tomados por militares y reservas abundantes, termina ahora con surtidores vacíos y ductos que retroceden el flujo del gas.

No se trata de nostalgia ni de ajuste de cuentas; menos de volver al debate nacionalista. Se trata de reconocer que, en veinte años, Bolivia transitó de la ilusión de la soberanía energética a la dependencia externa más precaria. Los 20.000 millones de dólares que se prometían en exportaciones se disolvieron entre políticas cortoplacistas, subsidios insostenibles y la pérdida de capacidad exploratoria. El gas, como metáfora y como recurso, fue la llama que encendió un proceso político y la que ahora se apaga lentamente.

El 19 de octubre, los bolivianos acudirán a un balotaje histórico. Una segunda vuelta que no solo definirá un nuevo presidente, sino que marcará el fin de un ciclo político que se extendió por dos décadas bajo la hegemonía del MAS. El 8 de noviembre, cuando jure el nuevo mandatario —cualquiera sea su nombre—, lo hará en un país que debe reinventar su modelo económico y su política exterior sin gas, sin renta y sin margen para el autoengaño.

Quedará por ver si aprendimos las lecciones. Si seremos capaces de mirar el mar —o el futuro— sin miedo, con pragmatismo y con la humildad de un país que ya no puede vivir de sus mitos energéticos. Tal vez el desafío no sea recuperar el gas ni el mar, sino recuperar el sentido de propósito que alguna vez nos hizo soñar con ambos.

Este texto llega a manera de presentación del ensayo “Bolivia y Chile, la fallida integración (2001–2018)”, incluida en la obra colectiva Bolivia/Chile: Pensando juntos, que será presentada en el marco del XVIII Encuentro Chile-Bolivia: Construyendo un futuro común, a realizarse del 20 al 24 de octubre en Santiago de Chile. El evento —organizado por las universidades Finis Terrae, San Sebastián, del Alba y de Santiago de Chile (Usach), bajo la coordinación de la Dra. Loreto Correa— busca repensar los desafíos comunes entre ambos países en materias de migración, fronteras, historia, economía y medio ambiente, con la participación de académicos y diplomáticos, entre ellos el ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Alberto van Klaveren.

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