La producción de la tierra siempre estuvo latente en el oriente boliviano. Hacia 1830, la oferta de azúcar de Santa Cruz, que se desarrolló en el periodo colonial, llegaba en pequeñas cantidades hacia las tierras altas.
Durante los primeros años de la República, el comercio se mantuvo vivo a través de la región de los valles cruceños, donde la ciudad de Vallegrande ocupó un lugar preponderante al erigirse como la puerta de entrada y salida hacia Santa Cruz.
En esa época se destacaba la producción de azúcar, cueros y un poco de café.
Sin embargo, en las últimas siete décadas del siglo XX, el agro boliviano cambió radicalmente: de una economía campesina y fragmentada en los valles y el altiplano, a una agroindustria concentrada en Santa Cruz que impulsa hoy la economía nacional.
El giro decisivo comenzó con el Plan Bohan, ejecutado entre 1942 y la década de 1950, que trazó la ruta del desarrollo en el oriente boliviano mediante la construcción de la carretera Cochabamba–Santa Cruz y la creación del Banco Agrícola y del ingenio azucarero Guabirá. Estas iniciativas abrieron el camino a la producción agroindustrial en Santa Cruz, al margen del modelo minero tradicional.
La Reforma Agraria de 1953, tras la revolución de 1952, redistribuyó tierras de latifundios a comunidades indígenas, favoreciendo la movilización hacia el oriente y posibilitando nuevos actores productivos en tierras cruceñas.
La expansión agropecuaria
Entre 1981 y 2022, la superficie cultivada de soya en Santa Cruz creció más de 35 veces, pasando de 41.000 hectáreas a más de 1,5 millones, multiplicando la producción y generando un efecto dominó sobre otros cultivos como sorgo, maíz, trigo, girasol y chía.
Esta diversificación, junto con la adopción masiva de tecnologías de labranza directa y rotación de cultivos (80 % de las áreas con agricultura de conservación desde los años 90), permitió crear una base agroindustrial sostenible y productiva.
Para 2024, Santa Cruz produjo más del 76% del volumen total de alimentos en Bolivia, lo que equivale a unos 15 millones de toneladas anuales.
En ese año, concentró: el 100% del sorgo; el 99% de la soya y el girasol; el 94% de la caña de azúcar; el 75% del trigo y el arroz; el 61% del maíz y el 32% de las hortalizas.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el Producto Interno Bruto (PIB) de Santa Cruz superó los $us 14.314 millones en 2023, representando un 31,5% del PIB nacional y alcanzando un récord de crecimiento del 3,7% frente al 3,1% del país.
Además, el sector agropecuario cruceño aportó cerca del 47% del PIB agropecuario nacional, mientras que, dentro del propio PIB regional, representó un 20%, seguido por la industria (15%).
El grano de oro
La producción de soya merece un renglón aparte. Santa Cruz concentra casi la totalidad de la producción de soya del país y está entre los diez mayores productores del mundo por superficie sembrada.
En 2024, el sector tuvo una dura prueba: la sequía. Producto de ello, sufrió una caída del 37% en la producción de soya, dejándola en poco más de dos millones de toneladas. Las exportaciones cayeron drásticamente, con pérdidas externas por más de $us 690 millones.
Para la campaña de verano 2024–2025, la Asociación de Productores de Oleaginosas y Trigo (Anapo) proyectó una recuperación a 2,5 millones de toneladas de soya, impulsada por la biotecnología, el uso de semillas mejoradas y condiciones climáticas más favorables.
En el Bicentenario de Bolivia, Santa Cruz se muestra como el resultado de un proceso histórico coherente: desde políticas de infraestructura y agrarias en los años 40‑50, pasando por una explosión productiva en los 80‑90, hasta consolidarse como centro agroindustrial esencial.
Representa no solo la soberanía alimentaria, sino también la diversificación exportadora, la generación de empleo y una economía regional pujante.
El agro boliviano ya no es un sector marginal, sino el corazón de un modelo productivo altamente concentrado en Santa Cruz, que se ha transformado en el verdadero motor económico del país, con desafíos claros que marcarán su futuro: la sostenibilidad ambiental, el uso de tecnologías responsables y una integración equitativa del resto del país al desarrollo agrícola del oriente.
Entre 1981 y 2022, la superficie cultivada de soya en Santa Cruz creció más de 35 veces, pasando de 41.000 hectáreas a más de 1,5 millones, multiplicando la producción y generando un efecto dominó sobre otros cultivos como sorgo, maíz, trigo, girasol y chía.
Esta diversificación, junto con la adopción masiva de tecnologías de labranza directa y rotación de cultivos (80 % de las áreas con agricultura de conservación desde los años 90), permitió crear una base agroindustrial sostenible y productiva.
Para 2024, Santa Cruz produjo más del 76% del volumen total de alimentos en Bolivia, lo que equivale a unos 15 millones de toneladas anuales.
En ese año, concentró: el 100% del sorgo; el 99% de la soya y el girasol; el 94% de la caña de azúcar; el 75% del trigo y el arroz; el 61% del maíz y el 32% de las hortalizas.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el Producto Interno Bruto (PIB) de Santa Cruz superó los $us 14.314 millones en 2023, representando un 31,5% del PIB nacional y alcanzando un récord de crecimiento del 3,7% frente al 3,1% del país.
Además, el sector agropecuario cruceño aportó cerca del 47% del PIB agropecuario nacional, mientras que, dentro del propio PIB regional, representó un 20%, seguido por la industria (15%).
La producción de soya merece un renglón aparte. Santa Cruz concentra casi la totalidad de la producción de soya del país y está entre los diez mayores productores del mundo por superficie sembrada.
En 2024, el sector tuvo una dura prueba: la sequía. Producto de ello, sufrió una caída del 37% en la producción de soya, dejándola en poco más de dos millones de toneladas. Las exportaciones cayeron drásticamente, con pérdidas externas por más de $us 690 millones.
Para la campaña de verano 2024–2025, la Asociación de Productores de Oleaginosas y Trigo (Anapo) proyectó una recuperación a 2,5 millones de toneladas de soya, impulsada por la biotecnología, el uso de semillas mejoradas y condiciones climáticas más favorables.
En el Bicentenario de Bolivia, Santa Cruz se muestra como el resultado de un proceso histórico coherente: desde políticas de infraestructura y agrarias en los años 40‑50, pasando por una explosión productiva en los 80‑90, hasta consolidarse como centro agroindustrial esencial.
Representa no solo la soberanía alimentaria, sino también la diversificación exportadora, la generación de empleo y una economía regional pujante.
El agro boliviano ya no es un sector marginal, sino el corazón de un modelo productivo altamente concentrado en Santa Cruz, que se ha transformado en el verdadero motor económico del país, con desafíos claros que marcarán su futuro: la sostenibilidad ambiental, el uso de tecnologías responsables y una integración equitativa del resto del país al desarrollo agrícola del oriente.