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María, la zapatera, no puede remendar su corazón hasta ver a sus dos hijas

Jueves, 13 de octubre de 2022 a las 23:15
Aprendió a reparar calzados gracias a su esposo y cuando este falleció, ella tomó su lugar para mantener a la familia. Hace 30 años que no ve a una de sus descendientes.

Su esposo, Félix Durán Lazarte, era su compañero, y desde que murió, hace dos décadas, se volvió un poco solitaria.

Desde entonces, llueva o truene, María Rodríguez Ramírez (65) acude a su puesto de reparación de zapatos, ubicado en el tercer anillo, bajo la sombra del árbol de la calle, tan solitario como ella.

Sale de su casa, en el barrio El Balcón 2, por el kilómetro 9 de la doble vía a La Guardia, a las cuatro de la mañana, para tomar el micro o el truffi y retorna a su hogar a las cuatro de la tarde.

“No le gusta que la acompañen”, dice una de sus nietas, mientras escucha atenta la entrevista, y le repite algunas preguntas, ya que a ratos María tiene dificultad para escuchar.

Trabaja desde los diez años, empezó ayudando a algunas señoras en la cocina, a modo de colaborar a su numerosa familia, de una docena de hermanos. Mientras tanto, estaba en el sistema nocturno de educación, con la esperanza de que podía salir profesional en algún momento.

A los 15 años fue mamá, no sabía cómo se ‘hacían’ los niños. “No sabía nada, mi mamá nunca me enseñó, pensé que era juego y supe que estaba embarazada a los cinco meses. Fue recién cuando mi mamá me explicó los detalles, así tuve a la mayor”, recuerda.

Tuvo dos hijos más con su pareja de esa época, que la dejó criando en soledad. Trató de estudiar para profesora de música, pero cuando le faltaba su último examen, se vio forzada a elegir si comprar un instrumento o o víveres para sus hijos y sus hermanitos. Era la única que trabajaba en ese tiempo.

La vida le ha resultado dura, pero no le pesa no haber estudiado, solo tiene una tristeza en el corazón. Desde hace unos 30 años no sabe de su segunda hija, de nombre Viviana Cauriz Rodríguez. Le dijeron que se fue a vivir a Italia, pero no está segura.

“Ya estoy mayor, no quiero que me pase algo y yo sin verla, aunque sea una última vez”, clama.

Igualmente, desea ver a su primogénita, María Lourdes Rodríguez, que hasta donde sabe, vive en Cochabamba. Las últimas noticias que tuvo de la mayor fueron de hace unos cinco años, aproximadamente.

En Santa Cruz tiene a su tercer hijo y único varón, Teddy Yasmany Rodríguez, y a la menor de todas, y única hija con su esposo fallecido, ella se llama María Guadalupe Durán Rodríguez, y es quien espera cada día la llegada a casa de María.

“Le decimos que no trabaje, pero está acostumbrada a ir al mercado, recibir dinero, hablar con la gente, tiene su carácter, como todos, pero ella es buena. Yo quería ir a los medios de comunicación para buscar a mis hermanas, porque mi mamá siempre llora. Soy madre y eso me pone mal, no queremos plata, nada, solo que tengan comunicación”, pide María Guadalupe.

Trabajo sin tregua

“Ahí está, es lo que yo le digo”, dice la nieta de María cuando se le pregunta si alguna vez quiere dejar de trabajar para descansar.

Pero María siente que debe ayudar en casa. “Aunque sea para el pan, pero ya es una ayuda, porque mi hija recibe semanal y mi yerno quincenal, yo compro cosas para mis nietitos”, responde.

Sin embargo, María confiesa que alguna vez quiere tirar la toalla, especialmente al ver que la gente es descorazonada.

“Me han robado mis herramientas, los zapatos cuando he dejado el puesto para comprar clefa o hilo”, cuenta.

Para su buena fortuna, encontró algunas amigas que le cuidan el negocio mientras ella se ausenta por minutos, ya sea para comprar cosas, o para buscarse el desayuno o el almuerzo.

Dice que no le falla la vista y que no se enfermó de Covid-19. “Mi hija menor es cristiana, siempre estamos orando, por eso no nos pasa nada”, agradece.

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