Papá Oso está arriba. Mamá Osa guía al visitante. Y el bebé osito acaba de capturar a unos dinosaurios de colores. Para ingresar a la ‘cueva’ hay que subir una sencilla escalinata de cemento. No es difícil. No es como ‘ascender’ hacia el Himalaya. No. Nicol Salce y Carlos Gutiérrez no son unos osos polares que absorben la atmósfera gélida del Polo Norte, pero tienen la ternura y la garra de esos mamíferos. No siempre fue así. Antes de llegar a convertirse en los ‘Ositos’ pasaron por unas tempestades que hicieron trizas su vida privada y los expusieron ante las miradas de millones en Bolivia.
Adentro
Un dinosaurio morado ruge. Maximiliano los aplasta. El animal tiene miles de años, pero el pequeño apenas cumplirá cuatro el 22 de marzo. En su mundo el niño está en una guerra del Triásico, pero en la realidad solo es él jugando. Nicol lleva un strapless que deja su hombro izquierdo al descubierto. Ahí habita un delicado corazoncito tatuado. Carlos usa una polera casi pegada a su abdomen plano y a sus brazos de acero. Esconde la frase “God blesses me” estampada también en el hombro (pero derecho). Más abajo una bermuda blanca acaba en sus muslos marcados y deja libres sus piernas esculpidas por el gimnasio que completan sus 1,81 m. Ella es más baja: 1,67 para ser exacto, pero cuando aparece en una foto se asemeja a un oso de anteojos de casi dos metros.
En la ‘cueva’ de los ‘Ositos’ no habita otro ser viviente. Solo son ellos y el inquieto ‘Maxi’. Hay dos espacios separados por un pasillo que hace de sala y termina en la terraza. En ese lugar Carlos jamás le acierta al cesto de ropa, nunca lava ni sus prendas deportivas ni su ropa interior y solo les saca la mugre a sus zapatos. En la lavadora abundan la ropa del oso mayor y del osito. Y cuando se interroga sobre cuál de los tres ositos es el más dormilón los dedos índices se cruzan entre todos.
En ese primer piso ‘Maxi’ nunca duerme, Carlos está en punta cuando tiene que ir a un trabajo temprano. Se baña a las 6:00 y ya está listo para salir. Nicol no se deja con las sábanas y asegura que le gusta ser disciplinada con sus labores en el mundo exterior.
Mamá Osa se sulfura cuando las cosas no están ordenadas. “Es una obsesionada por el orden y la limpieza”, revela Carlos. Y se queja: “No hace el desayuno”. Ella interviene con un “¡No mintás!”.
La ‘osa’ se queja porque a veces Carlos es muy terco y ‘encerrado’ con sus ideas. Y no le gusta que se vaya a jugar fútbol dos veces a la semana. Él se queja, porque ella es celosa y aburrida. ¿Alguien dijo celos? Ninguno quiere ser el culpable. Ella reconoce que sí lo es, pero también asegura que Carlos está en su misma cancha. Él lo niega. Pero, al parecer, ambos lo son. En ese ambiente el oso menor toma su leche, ensucia ‘harto’ y no deja que ningún extraño se acerque a la cueva. Es huraño.
Adentro los ‘Ositos’ almuerzan. A él le gusta el pollo a la mostaza. A ella, sushi. A ambos los derrite un charque. Cuando van a abandonar la ‘cueva’ él baña sus músculos con un One Million o un Invictus de Paco Rabanne y Nicol se rocía el Sí de Armani. Pero cuando quieren divertirse, una película de terror es la ideal para hacerlo. No han sido capturados por Netflix ni por telenovelas.
Adentro, cuando la cueva está oscura, Papá Oso se despoja de su ropa y Mamá Osa lo imita. La brisa de la madrugada ingresa por la ventana y recorre la piel de los dos. Es momento de confesiones. A la osita le gustan los ojos ‘achinados’, los labios delgados y los glúteos del ‘gran’ oso. Al osito le fascinan los pechos, la cabellera, la sonrisa y también el trasero de su amada. Ahí son solo ellos. El beso surge y el tiempo se congela.
Antes
Nicol se crio con su abuela paterna y su papá. Su madre se fue a España. Antes de ingresar a un reality show nacional atendía una venta y estudiaba Comunicación Social. En la otra vereda, Carlos distribuía su día entre el gimnasio, la pensión de su madre y la universidad (quería ser ingeniero comercial). Pero, la magia de la pantalla los unió y los cambió. Les arrebató sus vi - das, los introdujo en la ‘caja’ de los famosos y les permitió soñar y soñar en grande.
Pronto tuvieron fans. Pronto, también, se dieron cuenta de que ya se conocían antes de ingresar a la tele. Se toparon y a los dos les pareció que alguna vez se habían visto antes e incluso ya eran ‘amigos’ en la red de Mark Zuckerberg. Fue en un Carnaval. Ahí la amiga de Nicol le presentó a su cortejo. “Va a venir un churro”, le dijo. A ella le pareció igual. Era Carlos. Ahora, ninguno recuerda cuándo se agregaron a Facebook.
En la pantalla comenzaron a molestarlos. Le crearon una relación, que ambos sabían que era ficticia, pero que la ‘alimentaban’ para tirar de los hilos del show mediático. “¡Beso, beso, beso!”, le exigían sus colegas del reality y ellos nunca accedían. Un día sus labios se unieron y... ahí nació el amor.
Era diciembre de 2014. A los nueve meses se fueron a vivir juntos. Y no se separaron más. Al menos no por mucho tiempo. Un 18 de diciembre de 2015 firmaron el acta del registro civil como marido y mujer, pero antes, en julio de ese mismo año, Nicol quedó estupefacta ante una noticia. El médico la felicitó. La chica, de 21 años, no entendía el porqué. Cuando agarró una ecografía sabía que tenía un mes y cuatro días.
Tormenta
Respiró hondo. Tenía miedo de contarle a su papá sobre su esta - do. Estaba nerviosa, así que primero compartió las buenas nuevas con su amado. Carlos recibió la noticia más incómoda a sus 19 años. La escuchó y a la misma vez no. Como un oso malo le pidió a Nicol que evalúen un aborto. Ella le respondió que, si él no quería tenerlo, ella sí lo haría. “...le dije que no me busque para ver al bebé”, completa. Eso, lo confiesan por primera vez ante un medio.
Ni la familia del oso ni de la osa querían al retoño. En su momento hasta un familiar le ofreció una pensión a Nicol. “Quería darme 100 pesos (para que me aleje de Carlos)”, revela Mamá Osa. Pasaron las aguas turbias y Carlos meditó, se arrepintió y aceptó a su hijo. Y así llegó Maximiliano.
En julio de 2016 ocurrió un torbellino mediático. Salió a la luz que el oso mayor le había sido infiel a su osa. Estuvieron separados por una semana y después se perdonaron. Ahora él asegura que no lo volverá a hacer jamás.
Afuera
Nicol y Carlos ya dejaron la tele, pero son los reyes de las redes sociales. Mañana lanzarán su nuevo proyecto Adopta un osito y a través de él sus seguidores podrán convivir 48 horas con uno de ellos.
Los ‘Ositos’ viven de su talento para el modelaje publicitario. Tienen un food track cercano al parque Los Mangales de la avenida Beni y son socios de un taller de chaperío. No la tienen fácil. Batallan para cumplir con el alquiler de su ‘cueva’. Un día Carlos dijo: “Ya no quiero ser un osito”. Pensó que era muy tierno para él, porque antes de ese apodo era ‘Carlos, el romántico’. “Será: Carlos, el picaflor”, dice su mujer.
Hace años en la tele Nicol expulsó: “Extraño a mi osito”. Y Alejandro Delius los bautizó como los ‘Ositos’. Desde ese día ninguno pudo huir del destino. No tienen anticuerpos con sus fans. Tienen un auto, pero sueñan con una casa propia y con unirse por la iglesia. Al parecer las aventuras de los osos seguirán llegando.
El momento en que Carlos le pide matrimonio a Nicol. Fue en Año Nuevo