Natalia Sánchez (23) y Juana Soberón (67) no se conocen, pero comparten el mismo dolor y la misma incomodidad. De tanto en tanto, el hombro de una sirve de apoyo para la otra mientras permanecen sentadas, conectadas a sueros, sin una cama donde reposar. Pasaron la noche y gran parte del día en esas condiciones, con el cansancio dibujado en el rostro y el cuerpo vencido por la enfermedad.
Natalia llegó desde Arroyito hasta el hospital Los Pocitos del Plan Tres Mil, con la esperanza de ser atendida. Lo consiguió, pero tuvo que resignarse a permanecer en una silla, día y noche, en el servicio de Emergencias.
“Está todo saturado. La gente llega y se va porque no hay campo”, relata. Ingresó a las 17:00 del lunes y hasta el mediodía de ayer no había conseguido una cama para estar más cómoda.
“Me duele todo, no aguanto las piernas. Nos dijeron que, dependiendo de si dan de alta a alguien, nos pueden subir a sala”, comenta.
A su lado, envuelta en una colcha, Juana lleva más de ocho horas sentada, recibiendo suero con fiebre, escalofríos y cólicos. Los médicos le diagnosticaron problemas en la vesícula, pero tampoco había espacio para internarla.
“Está todo lleno, no hay campo”, lamenta. Llegó a las 4:00 de la madrugada de ayer en busca de atención médica. Aunque recibió medicamentos, la incomodidad agravaba sus dolores, ya que no contaba ni siquiera con una camilla para recostarse.
“Siempre vengo y el hospital está lleno, pero jamás así. Hay muchos enfermos con chikunguña. No queda más que esperar y tener paciencia…”, dice resignada.
La epidemia de chikunguña agravó la crisis del sistema sanitario, con hospitales saturados y escasez de medicamentos. Ante esta situación, muchas personas optan por quedarse en casa y recurren a la automedicación para contrarrestar los malestares.
Karen Burgos, en representación de los profesionales del hospital Los Pocitos, advirtió que carecen incluso de insumos básicos.
“Estamos con medicamentos en cero. Hay remedios como tramadol o ketoprofeno que los pacientes necesitan y no hay. Tampoco tenemos jeringas ni bránulas, que son básicas, y los pacientes deben comprarlas”, señaló.
Explicó que la alta demanda de antipiréticos por chikunguña e influenza ha agotado las reservas, por lo que se extienden recetas para que los enfermos adquieran los fármacos por su cuenta.
Secuelas que persisten
Quienes ya atravesaron la enfermedad siguen con las secuelas. Ricardo Marca asegura que aún padece fuertes dolores en las manos, semanas después de haber enfermado.
“Tengo dolor en los dedos de las manos, me cuesta abrir las tapas de las botellas. Intenté volver al gimnasio y fue imposible por el dolor que tengo en el cuerpo. Hace tres semanas que enfermé”, relata.
Mientras tanto, en las salas de Emergencia, pacientes como Natalia Sánchez y Juana Soberón continúan esperando. Sentadas, conectadas a un suero y armadas de paciencia, encarnan el desborde de un sistema sanitario que ya no tiene camas para responder a la avalancha de enfermos.
Según datos oficiales, en lo que va del año el departamento cruceño registra 3.811 casos de chikunguña, de los cuales 2.094, es decir, el 57%, está en la capital cruceña.