El segundo bloque del debate por la Gobernación de Santa Cruz tenía nombres pesados, trayectorias largas y cuentas pendientes con la política regional. Por eso, antes de que empezara, ya circulaba un rótulo que resumía la expectativa: el “grupo de la muerte”.
En ese segmento se juntaron Branko Marinkovic, Juan Pablo Velasco, Luis Fernando Camacho, Otto Ritter y Guido Nayar, cinco candidatos conocidos, con pasado de poder, de confrontación o de protagonismo público, que cerraron la jornada del primer debate simultáneo organizado por el Tribunal Supremo Electoral (TSE).
La promesa era un choque de visiones. Pero en buena parte de la noche lo que apareció fue otra cosa: propuestas similares en salud, autonomía, infraestructura y producción, mezcladas con alusiones personales, pases de factura y reproches cruzados que por momentos desplazaron el fondo del debate.
La escena dejó una idea clara: en este grupo nadie fue un desconocido para nadie. Todos parecían hablarse con historias previas a cuestas.
Marinkovic abrió con un discurso centrado en salud, producción y autonomía. Prometió un nuevo hospital oncológico, mejorar los hospitales de tercer nivel, digitalizar las fichas médicas y reactivar a las provincias con agua, luz y caminos.
También habló del pequeño productor, de la titulación individual y del hub de Viru Viru como una apuesta capaz de generar empleo sin cargarle costo al Estado departamental. Su tono fue de gestor y de reivindicación autonómica: dijo que había llegado la hora de “ser autónomos en serio”.
Pero rápidamente quedó claro que el debate no se quedaría en los planes. Juan Pablo Velasco lo llevó al terreno de los decretos sobre importaciones y exportaciones; Guido Nayar le recordó los años de los demócratas en la Gobernación y la falta de resultados; Otto Ritter, en cambio, le hizo una pregunta amistosa, casi de respaldo, sobre cómo acompañar desde la Gobernación su trabajo como senador. Fue uno de los momentos que reforzó la impresión de que, más que interpelaciones duras, también hubo guiños y coincidencias entre algunos postulantes.
Velasco se movió con un libreto distinto: quiso instalar la idea de futuro, tecnología y renovación generacional. Habló de hospitales especializados, salud mental, descentralización de servicios y formación tecnológica para que los jóvenes dejen de ser solo consumidores digitales y pasen a producir innovación. Su promesa fue ambiciosa: sacar a cientos de miles de personas de la pobreza con educación, tecnología e inversión.
Sin embargo, la noche de Velasco estuvo marcada por sus cruces con Camacho y Marinkovic. Camacho lo apretó con el tema de los avasallamientos y le preguntó si seguía o no en desacuerdo con los desalojos. Velasco respondió que rechazaba la estigmatización y también el “show político”, en una clara alusión a los operativos mediáticos del gobernador.
Ahí apareció uno de los choques más visibles del bloque: Velasco no negó la necesidad de actuar contra los avasalladores, pero cuestionó la forma y el uso político de esas intervenciones.
Más áspero fue su intercambio con Marinkovic. El senador lo acusó de tener un plan con rasgos “centralistas” y cercano a Mario Aguilera, el vicegobernador que tomó el cargo departamental mientras Camacho estuvo preso. Velasco respondió con dureza, le reprochó que debería estar cumpliendo su mandato en La Paz y deslizó la sospecha de que una eventual candidatura a la Gobernación podría ser apenas una escala hacia otra ambición política. El cruce tuvo más carga personal que programática y expuso una de las constantes del bloque: cuando faltaban segundos, varios optaban por el golpe político antes que por la precisión técnica.
Camacho, que llegó al debate con el peso simbólico de haber pasado tres años en prisión, construyó su intervención sobre esa biografía reciente. El Gobernador fue detenido a finales de 2022, acusado por el gobierno del MAS de promover un "golpe de Estado. La Justicia ni la Fiscalía probaron esas denuncias.
Habló de autonomía, federalismo, hospital oncológico, educación sin “ideologías”, lucha contra los avasallamientos y continuidad de proyectos estratégicos como Puerto Busch, el hub de Viru Viru y el impulso productivo al agro. Pero cada vez que fue cuestionado por la falta de obras o por promesas incumplidas, volvió al mismo argumento: estuvo preso tres años y eso interrumpió su gestión.
Esa fue su principal línea defensiva ante Otto Ritter, que le reclamó respuestas concretas para las provincias; ante Guido Nayar, que le recordó ofertas como el agua para todos; y ante Velasco, que lo cuestionó por el brote de chikunguña, las inundaciones y el uso de recursos en campaña. Camacho respondió mezclando defensa política y personal.
Dijo que la lucha de 2019 abrió una oportunidad histórica y que no se puede juzgar su gestión sin tomar en cuenta la persecución y el encierro. Para sus adversarios, en cambio, esa explicación ya no alcanza para responder por caminos, agua, salud o prevención.
Ritter apareció como un candidato de tono más narrativo, con una intervención cargada de imágenes regionales y un recorrido por las provincias. Habló del abandono de comunidades, de niños que caminan kilómetros para ir a la escuela, de mujeres que deben recorrer largas distancias para dar a luz y de productores que no logran sacar su producción por falta de caminos.
También puso sobre la mesa un paquete ambicioso: bioceánica, Puerto Busch, hub de Viru Viru, energía, tierras raras del Cerro Manomó, telemedicina e inteligencia artificial.
Fue, probablemente, el candidato más proclive a mezclar relato, épica regional y promesas de gran escala. Nayar le preguntó cómo financiaría su propuesta hospitalaria; Marinkovic lo apretó por la falta de datos exactos sobre las tierras raras; Velasco lo cuestionó por querer crear nuevos impuestos; y Camacho coincidió con él en la idea de una policía departamental.
Ritter defendió impuestos específicos al alcohol, al tabaco y a la coca para financiar salud, deporte y rehabilitación social, una propuesta que lo diferenció del resto, aunque también lo expuso a críticas por plantear más carga tributaria en un contexto de crisis.
Nayar, por su lado, fue quizá el más insistente en devolver la discusión al terreno fiscal. Su tesis central fue que la Gobernación está quebrada y que, sin resolver el problema de los recursos, las promesas quedan en el aire. Propuso elevar regalías, participar del negocio de los bonos de carbono y exigir el 50/50 con el nivel central. Más que competir por la propuesta más vistosa, buscó instalar la idea de que el verdadero debate no es quién promete más, sino quién explica con qué plata piensa gobernar.
También defendió una memoria más larga de la autonomía cruceña. Cuando Camacho quiso enmarcar el nuevo tiempo político en la gesta de 2019, Nayar replicó que la lucha venía de mucho antes, con exilios, persecuciones y muertos. Ritter se sumó a esa línea y habló de una causa colectiva, no de una sola persona ni de un solo episodio. Allí apareció otra disputa de fondo: no solo compiten por la Gobernación, también compiten por el relato histórico de Santa Cruz.
Al final, el llamado “grupo de la muerte” dejó una conclusión menos dramática de la que sugería su nombre, pero políticamente reveladora: hubo más coincidencias que diferencias en salud, autonomía, infraestructura y producción, aunque esas coincidencias quedaron a menudo tapadas por reproches, ironías y viejas rivalidades. Más que un debate de modelos opuestos, fue una pelea por liderazgo, autoridad moral y credibilidad. Y eso, en campaña, también pesa.