Está en la lista de personal internacional de la organización Médicos sin Fronteras (MSF), con presencia en unos 70 países.
Karen Zambrana es comunicadora social, y actualmente trabaja en el área de promoción de la salud en San Pedro, una de las ciudades más peligrosas de Honduras, y también de Centroamérica.
De esta organización no gubernamental (ONG) le encanta que apunta a trabajar en el terreno, pero especialmente en sitios de donde otros salen corriendo. “En general, Médicos sin Fronteras se caracteriza por ir a lugares donde otras ONG no van, siempre busca contextos difíciles, de guerra, de alta violencia, etc.”, explica.
Le costó bastante tomar la decisión, el empujón final se lo dio su única hija, hoy con 18 años, que la impulsó a ir en busca de ese sueño que tenía anotado en la lista de cosas por hacer.
Quizás una de las actividades de mayor riesgo sea el recorrido que a veces debe hacer, en compañía de un par de colegas hondureños, por la zona de las trabajadoras sexuales, donde les dan información sobre salud reproductiva y entregan métodos de protección.
Es ahí donde encuentra historias tan duras que han lograda quebrarla, la más reciente sucedió hace menos de una semana.
Karen encontró a una trabajadora sexual conocida y mamá de dos menores. Estaba solo con la más pequeña, entonces el equipo de MSF le preguntó por su hijo mayor de tres añitos. Ella respondió que lo había entregado a alguien, y cuando habló de la más pequeña se puso a llorar.
“Dijo que dejaría a su hija de ocho meses con una amiga, y que cruzaría al otro lado (EEUU). Se me quebró el alma porque ella también lloraba, pero la situación está tan difícil aquí, hay un montón de gente que emigra, son muchas las historias súper conmovedoras”, confiesa.
Por su seguridad, el personal de MSF tiene restringidas sus actividades de esparcimiento, solo pueden moverse por determinados lugares, y no se les permite usar el transporte público.
A Karen le ha pasado que, en sus recorridos por zonas complicadas, le han tomado fotos para verificar si realmente era personal de salud.
Para ser parte de las filas de MSF, médicos y otros profesionales deben firmar una conformidad de que sus familias no pedirán compensación en caso de fallecimiento.
A pesar de las dificultades del contexto, agradece a Dios que nunca le pasó algo malo.
Dura tarea
Como promotora de salud, a Karen le toca acercarse mucho a la gente y palpar una realidad incluso más dura que la boliviana en cuanto a los derechos sexuales y reproductivos.
“La situación de las mujeres es realmente difícil aquí. Es duro cambiar la visión, la violencia sexual es muy normalizada, la comunidad puede saber que un tío embarazó a su sobrina menor, o la pareja obligar a tener relaciones, etc., y a la población no la violenta eso. Hay muchas niñas violadas en las unidades educativas”, lamentó.
Queda en shock cuando su equipo trata de enseñar a los niños a que no deben permitir que les toquen determinadas partes del cuerpo, y estos responden que siempre los tocan ‘ahí’.
Para erradicar mitos, Karen aclara que MSF no es una de las ONG que mejor paga, como muchos piensan, pero reconoce que tiene la posibilidad de ahorrar todo el salario. Sin embargo, la mejor parte para ella es que este trabajo permite estar de la mano con los pacientes, conocer sus historias, y cambiar la calidad de vida, siendo parte de esta ONG que en 1999 recibió el Premio Nobel de la paz.
Quiere regresar a Bolivia, “falta que nos comprometamos con nuestro país”, dice con humildad y sin temor a los retos.