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Conmovedores y fuera de serie, así son los regalos que piden por Navidad

Domingo, 18 de diciembre de 2022 a las 00:35
Cinco personas de distintos ámbitos, desde la salud pública hasta medioambiente y pueblos indígenas, comparten sus anhelos en tiempos de celebración y de esperanza

Presencia de Estado. Con eso sueña Maida Peña, indígena chiquitana del territorio Bajo Paraguá, que ‘se supone’ custodia el Parque Nacional Noel Kempff Mercado (PNNKM).

Hace poco que Maida regresó a su comunidad, Porvenir, en esa TCO, de donde fue expulsada tras denunciar las amenazas del narcotráfico: también fue despojada de su cargo como cacique indígena.

“Sueño con presencia de Estado a través de todas las instancias porque no hay paz para nosotros, los indígenas, en estos últimos años”, insistió, ya que continúan las persecuciones y amenazas, tanto de parte de los avasalladores como de los narcotraficantes que no los dejan vivir en paz.

Apuntó a lo que se supone debería ser la institucionalidad. “La Autoridad de Fiscalización y control Social de Bosque y Tierra (ABT) no hace su trabajo, es alcahuete de todo este tema de los narcotraficantes y avasallamientos”, aludió, mencionando los censos forestales.

“De una de las comunidades de la TCO, Florida, se provee todo el material a esa gente. El Gobierno lo sabe porque se hicieron las denuncias y el Gobierno nada hizo”, apuntó.

A Maida, estar en la zona le significa peligro para su vida, ya que antes dio a conocer públicamente las amenazas de muerte por pedir auxilio. Su clamor incluso llegó hasta el Ministerio de Gobierno.

Organizaciones indígenas y autoridades dieron a conocer que en la zona se está generando un desplazamiento de la nación chiquitana, debido a serios problemas de narcotráfico, que involucra consumo y microtráfico entre los jóvenes indígenas, además de prostitución y desplazamiento, debido al temor constante.

Hace tres años que Daniela Justiniano, de la organización ambiental Alas Chiquitanas, tiene la misma lista de pedidos. A pesar de que ninguno de los seis anhelos se le ha cumplido, persiste en todos.

El primero, es que cambien las leyes que dan pie a los incendios forestales, que deje de haber impunidad en este tema. En segundo lugar, y como colaboradora permanente de los bomberos, sueña con equipamiento, vehículos, camiones y combustible todo el año para los voluntarios.

En tercer lugar, pide un helicóptero con ‘bambi bucket’ para uso exclusivo de los bomberos, y que no se dependa de los militares para utilizarlos sin muchos protocolos en caso de emergencia.

También pidió, en su carta en redes sociales, centros de custodia con alimento, medicinas y médicos veterinarios todo el año para la atención de la fauna silvestre.

Como quinto deseo, se atrevió a soñar con un centro de custodia modelo, con muchas hectáreas de área protegida, en la Chiquitania, donde se pueda hacer trabajos de investigación y reinserción de la fauna.

Por último, como soñar es gratis, pidió “leyes de protección de fauna silvestre con sanciones más duras para los que trafican con animales y queman a la biodiversidad”.

Daniela confesó que siente “impotencia” al ver que ni siquiera uno de sus deseos se hace realidad luego de tres años de escribir la carta, especialmente porque cree que cada vez hay más impunidad, y que el medioambiente queda siempre en último plano. “No hay menor regalo que un medioambiente sano”, insistió.

La salud es todo

De 2018 a 2020, Richy Anderson Hurtado estuvo como personal del equipo de intensivistas del Hospital Japonés.

Con la llegada de la pandemia asumió el cargo de jefe de la Unidad de Terapia Intensiva (UTI) de los domos Covid-19 de ese establecimiento de tercer nivel de salud.

De forma descarnada le tocó vivir la realidad del sistema público de salud, a pesar de todos los esfuerzos por dar respuesta a la irrupción del coronavirus.

Como médico, su deseo prioritario es que los políticos y autoridades pongan verdadero interés en atender los hospitales públicos. Y como papá y esposo, salud para su familia, ya que en una de las últimas olas supo lo serio que era el virus, cuando le tocó ser uno de los pacientes, y actualmente está atendiendo a uno de sus pequeños, que atraviesa un cuadro de bronquitis.

Su experiencia en las salas de terapia intensiva le valió ser convocado al equipo de la nueva Clínica Las Américas, donde dice que hay una tecnología increíble, que valora mucho, debido a que, “por lo general, las terapias intensivas en las clínicas son lamentables”, afirmó.

En dos palabras se resumen los anhelos navideños de Gerania Velasco: Casa y salud.

La paciente oncológica debe cuatro meses de alquiler, ya le pidieron desocupación. El SUS le está cubriendo el tratamiento, pero la realidad es que este seguro público no corre con los medicamentos más caros, así que Gerania se mueve entre los voluntariados, trabajo social y amigos para conseguir lo que le falta, casi siempre lo principal.

En medio de todo esto, ya no le alcanza para el pago del alquiler. Antes de todo esto, ella vivía en Trinidad, donde era tramitadora. Tenía una casa y un departamento, que con el cáncer, más operaciones para su hijo menor, se esfumaron.

Gerania tiene lo que se conoce como cáncer de mama triple negativo, uno de los más agresivos y, además, con más probabilidades de retornar luego de finalizado el tratamiento. Según ella, hay unos cinco casos de ese tipo en el Instituto Oncológico del Oriente, donde la atienden.

Se supone que no puede hacer esfuerzo físico, pero el pasado sábado, un par de días después de hacer su quimioterapia, realizó un trabajo de limpieza para ganar un poco de dinero y llenar su heladera. Sufrió una hemorragia y tuvo que ‘volar’ al hospital para calmar el sangrado.

Dentro de su amplio deseo de salud, Gerania tiene un pedido específico, que no es tan barato, un examen médico que ella denomina “lámpara genética”, para saber qué partes de su cuerpo están contaminadas con cáncer.

“Es caro, por lo general cuesta $us 4.000, pero por convenio con el Oncológico nos dan a $us 1.700”, contó.

Su hijo menor, Iván, de seis años, tiene un teratoma, un tumor en la cabeza con una capacidad impresionante - y molesta- de regeneración.

El pequeño ya lleva cinco cirugías, necesita una sexta, para que le coloquen una malla en la cabeza. Solamente la malla cuesta Bs 28.000, descontando otros gastos médicos.

Con suerte Gerania tiene dinero para su pasaje, así que esos números están lejos de su alcance. Su hijo que vive en Chile la ayuda con lo que puede, pero los gastos son fuertes.

Lo que sí le resuelven en el Oncológico es la atención psiquiátrica, de la que Gerania hace uso a menudo. “Hago terapia del dolor. Me preguntan si estoy preparada para morir porque tengo mucha depresión, sobre todo cada vez que pienso en las deudas”, confesó.

La Navidad está encima, pero Gerania no tiene idea de cómo será esta fecha. Dice que los dos años anteriores los pasó con su hijo menor hospitalizado, y que la dueña de casa le regaló comida para ella y su hijo mayor.

Ha contemplado todas las posibilidades de desenlace, por eso ya habló con su hijo de Chile sobre el futuro.

“Si me pasa algo, mis dos hijos menores se quedarán con el mayor, que está en Chile. Él y su esposa me dicen que si me pasara algo, se harán cargo, que yo no me preocupe, pero el más chico es el que me da más pena”, dijo emocionada.

Gerania evita usar la palabra “reclamo”, pero confesó que a veces le pregunta a Dios por qué la tiene así, como a Job. “Me dio todo y después me lo quitó. Yo tenía una buena vida, ganaba muy bien en Trinidad, incluso ayudaba a mi familia”, recordó.

Dentro de todo el trance, recibió por adelantado un regalo navideño cuando su hijo, de 17 años, ganó las olimpiadas del colegio, sacó diploma, y con eso le alegró la vida.

Julia Crespo siente que está en el limbo. Llegó a Bolivia hace unos años. Salió de su natal Cuba en busca de mejores días, que allá no encontraba.

Tiene más de 60 años, no solo se encuentra lejos de su patria, sino que tampoco ha podido llegar a Estados Unidos, donde están su madre y su único hijo.

Actualmente vive en un cuarto en alquiler y se sostiene haciendo limpieza de casas, pero luego del paro por el censo su situación se complicó, como la de muchos.

Sabe que es impensable retornar a Cuba, donde la situación está peor que nunca, pero la nostalgia de viejos tiempos es inevitable.

“En Cuba celebraba con toda la familia. Hacíamos carne, tostones, mucha ensalada, estábamos todos juntos, era una especie de banquete, todos participábamos y la pasábamos bien, oyendo alabanzas, canciones, pidiendo cosas a Dios para el nuevo año”, recordó la migrante.

Según ella, antes, la gran mayoría de las familias cubanas celebraba, con sus posibilidades, pocas o muchas. En las reuniones, todo mundo llevaba algo para aportar al encuentro. De ese modo mataban el año viejo y aguardaban esperanzados por el nuevo.

No tiene claro cómo pasará las fiestas, por el momento cree que estará sola en su cuarto, comunicándose con los suyos a través de videollamada, y pidiendo a Dios que acabe de hacerle el milagro, el regalo que su corazón anhela desde hace años: Permitirle que se reúna con su madre, a quien no ve hace cinco años, y a su hijo, al que abrazó por última vez hace ya una década. “Es duro para mí”, confesó.

Por ahora, se conforma con entonar alabanzas en la soledad de su cuarto, la sostiene su fe cristiana, es la que le inyecta fuerzas hasta ver su milagro de Navidad.

Rodolfo Gómez es emprendedor, tenía un negocio de alimentos, con una clientela fija y una marca ya solicitada.

Con la pandemia y los paros, su emprendimiento quedó a la deriva y no logra reactivarlo, a pesar de muchos esfuerzos, quedó sin capital.

Como joven e independiente, lo único que desea es dejar de pensar en sobrevivir y soñar con una gran empresa de sabores. La buena mano la tiene.

Esta Navidad ya puso manos a la obra y empezó a elaborar postres para endulzar las celebraciones, y un año que ha sido difícil para muchos. Por eso deposita mucha fe en el 2023.

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